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Literatura

Milena Busquets y todas las personas del singular

La escritora, cuya obra explora el costumbrismo autorreferencial con desenfado e ironía, publica 'Mujeres elegantes'

Milena Busquets y todas las personas del singular

La escritora Milena Busquets. | Wikipedia

Hay quienes viven la vida como una tragedia y otros, en cambio, que la conciben, con independencia de lo que les suceda, al modo de un entremés: la miniatura dramática —de un solo acto y espíritu cómico— que funcionaba como divertimento pasajero entre dos piezas teatrales mayores. Un enredo leve sobre los hábitos sociales de época. Algo muy semejante son los libros —todos ellos publicados por Anagrama, salvo Hombres elegantes y el último, Mujeres elegantes, los dos en Lumen— de Milena Busquets (Barcelona, 1972), donde se explora el costumbrismo autorreferencial de su generación —que también es la nuestra— desde una concepción de la literatura liviana, sin excesivas complicaciones y netamente confesional.

Muchos de los libros de los escritores nacidos en los años setenta del pasado siglo, en el quicio entre el final de la dictadura y los albores (imperfectos) de la democracia, tienen como temas preferentes no tanto los cambios sociales que en aquel tiempo acontecían en España como los conflictos íntimos y los problemas de índole familiar. Es un indicio de la evolución de la sociedad española, alejada —por fortuna— de las grandes tragedias colectivas y, por así decirlo, plenamente normalizada en ese bienestar (con sombras) que duró hasta la crisis inmobiliaria de 2008. A modo de conjuro ante los descreídos, enumeraremos algunos ejemplos: desde el ciclo confesional de Marcos Giralt TorrenteTiempo de vida y Los ilusionistas—, a No entres dócilmente en esa noche quieta, de Ricardo Menéndez Salmón, pasando por el reciente volumen de memorias de Ignacio Martínez de Pisón (Ropa de casa), o la Ordesa de Manuel Vilas, aunque estos dos últimos autores nacieran casi una década antes.

Salvo en el caso de Isaac Rosa (Sevilla, 1974), que desde su primer libro optó por una narrativa con clara mirada política, centrada en los efectos y en las consecuencias de la precariedad laboral y existencial en la España del presente reciente, muchos de sus coetáneos, y especialmente algunos de los escritores procedentes de Cataluña —es el caso de Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) o de Milena Busquets— eligieron como asuntos de sus obras, aunque con enfoques y estilos divergentes, los conflictos vitales de los vástagos de la burguesía catalana, sumidos en episodios como la crisis de la mediana edad o el deterioro de sus relaciones sentimentales.

Torné, atento a la tradición de la literatura inglesa y norteamericana, que conoce, ha traducido y domina, ha escrito varias novelas —Años felices, Divorcio en el aire, Hilos de sangre, El corazón de la fiesta o Brujería— acerca de la colisión entre los anhelos de su generación y el rudo y obstinado desmentido de la realidad. En todas ellas huye de forma consciente, y cabe decir que también inteligente, de la epidemia de la autoficción —una de las tendencias editoriales que relevaron a la nueva narrativa española nacida (por interés editorial) en los años ochenta— y destacan por sus ricos registros narrativos. Por decirlo de forma simple: Torné escribe obras de ficción sólidas. No se limita, como tantos otros, a hacer de su vida el objeto capital y casi único de su escritura.

Los libros de Milena Busquets, en cambio, indagan en el yacimiento autobiográfico. La obra de la escritora catalana comenzó de forma discreta con Hoy recuerdo la tarde (2008) y alcanzó pronto el éxito de ventas —y la correspondiente e inevitable adaptación cinematográfica— con También esto pasará, una afortunada narración inspirada en su duelo por la muerte de su madre, la editora Esther Tusquets, propietaria del sello Lumen. Acto seguido, publicó una segunda obra —Gema (2021)— dedicada a una amiga del colegio fallecida por leucemia; un dietario —Las palabras justas (2022)—, una crónica sobre el rodaje cinematográfico de su libro más conocido —La dulce existencia (2025)—, dos antologías de artículos y piezas breves —Hombres elegantes y Mujeres elegantes (Lumen, 2026) y Ensayo general (2024), unas memorias (prematuras) sobre instantes, personas y experiencias íntimas.

Naturalidad y ligereza

Busquets es descendiente de la histórica generación de la gauche divine barcelonesa: hijos de familias conservadoras que, en el tardofranquismo, sin renunciar a los privilegios de su clase social de nacimiento, decidieron hacerse activistas de izquierdas, soñaron con convertirse en artistas modernos, se divirtieron todo lo posible y más y hasta llegaron a declararse maoístas, sin dejar de adorar al dinero. En sus libros practica la autoficción de forma consciente. Todos, de forma expresa o implícita, parten de su biografía y comparten entre sí una serie de derivaciones —la figura de la madre, Barcelona, los veranos de la infancia en Cadaqués, las relaciones sentimentales— que han hecho que una parte de la crítica la clasifique, en buena medida debido a su éxito de ventas, como una escritora muy femenina, incluso algo frívola, en el mismo registro de Françoise Sagan.

Es cierto que sus libros son breves —rara vez superan las 200 páginas— y están hechos con un espíritu casual, más que con una ambición literaria declarada. En esta ausencia radica su eficacia y, también, parte del interés que han causado entre lectores no solo españoles, sino europeos o internacionales. Su universo narrativo es de partida limitado —su vida, la elegía sentimental de su infancia, sus recuerdos familiares, la figura de la madre— y su método de composición huye de la complejidad. Todo su interés reside en la naturalidad, el desenfado, el desaliño consciente y la ligereza con la que están escritos. Busquets escribe con franqueza y sin remordimientos. Con sensibilidad y una felicísima inconsciencia.

Teniendo una mirada inequívocamente femenina, no cae en los habituales lugares comunes (y taras morales) de la literatura feminista, que en nuestro tiempo es como una reformulación, adaptada a las tendencias editoriales en boga, del realismo social de mediados del pasado siglo. Así es como seduce a lectores a los que las técnicas narrativas, los registros retóricos o las innovaciones compositivas les importan poco porque lo que buscan en un libro es cercanía, sencillez y la emoción de la identificación directa.

Busquets ha sabido encontrar una fórmula que está entre la vida sport y la existencia cotidiana. Lo suyo no es exactamente sofisticación. Es sinceridad. En sus novelas aparece el universo mental de los vástagos de los señores de Sarriá. Habla siempre de sí misma, de su familia y de los veranos de su infancia, de criaturas a quienes una vez conoció y todavía conoce —niñeras, exparejas, hijos, amantes— y conecta, sin instalarse ni en la tragedia ni en el drama, con las experiencias banales de la vida mundana. Los escenarios, los personajes y el marco narrativo de sus libros dan la impresión de ser creados por una autora superficial, pero, bajo esta epidermis, late una sensibilidad que es capaz de expresar de forma simple emociones universales.

Busquets no tiene necesidad de ser sublime. Para eso ya están otros. Le basta con ser natural. No es casualidad que su carrera literaria, que crece después de la muerte de su madre, Esther Tusquets, que firmó hasta tres libros de memorias —Habíamos ganado la guerra, Confesiones de una editora poco mentirosa y Confesiones de una vieja indigna—, se orientase hacia otra estirpe de memorialismo: despreocupado, hedonista e irónico, que huye del testimonio grave y del apunte biográfico brutal y evidencia, sin pretenderlo, todo lo que ha cambiado España.

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