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Fórmula 1

Ni aerodinámica ni motores: lo que está transformando la F1 es el público femenino

La categoría más rápida del mundo ha sabido leer el futuro, pero no el de la velocidad, sino el del dinero

Ni aerodinámica ni motores: lo que está transformando la F1 es el público femenino

Un grupo de aficionadas en el paddock del Gran Premio de Austria. | Reuters

Durante décadas, la Fórmula 1 fue un territorio en el que las mujeres aparecían en los márgenes. Eran las azafatas, también llamadas paragüeras, encargadas de prensa, de marketing o camareras. El mundo cambia, y la categoría también. Hoy hay ingenieras, estrategas, jefas de departamentos sensibles o directoras de líneas de producción. Junto a ellas ha llegado algo más: espectadoras.

El paddock ha sido siempre un club privado de ingenieros, magnates y pilotos, un universo en el que la testosterona era casi un combustible más. Nadie planificó ese panorama; simplemente, nadie lo cuestionó. Visto con ojos de hoy, esa imagen pertenece a otro tiempo, y es fácil toparse con mujeres dando órdenes a tipos bragados tras décadas de tarea que no se atreven a rechistar, ni se les pasa por la cabeza discutir su autoridad. Pero ese cambio también es de puertas hacia fuera.

En cifras de la propia organización, la Fórmula 1 de este 2026 va a llegar a 1.500 millones de seguidores a nivel planetario. El 42% serán mujeres y el 43% de ellas tiene menos de 35 años. Son los datos que Liberty Media presentó en su Capital Market Day de Las Vegas el pasado noviembre y que recoge el analista Marc Limacher.

El responsable del anuario económico Business Book GP —nótese la ausencia absoluta de la F1 en su denominación— cree que esos números no han llegado solos. Son el resultado de una transformación deliberada y metódica, ejecutada durante casi una década con la precisión de quien sabe qué es lo que está construyendo.

El primer paso fue Netflix. Su exitoso docudrama Drive to Survive, estrenado en 2019, no era un documental de motor al uso: era un reality show que mostraba, a veces de forma algo exagerada, a millonarios caprichosos, alianzas rotas y dramas larvados en el remolque del tráiler.

Aston Martin ha entendido esto de la feminización antes que nadie con su evento Aston Matcha.

La serie convirtió a pilotos en personajes y a directores de equipo en villanos o héroes según el episodio. Transformó las carreras en el telón de fondo de algo más antiguo y universal: el conflicto humano.

La clave de Drive to Survive no estaba en los tiempos por vuelta, sino en su fauna. Verstappen y Hamilton dejaron de ser pilotos para convertirse en arquetipos narrativos con lealtades, traiciones y egos descomunales… más o menos como en las telenovelas italianas, turcas o colombianas.

La audiencia femenina, que históricamente no había encontrado un punto de entrada en el automovilismo, lo hizo con esa apasionada dinámica. La F1 se había convertido, sin pretenderlo, en el mejor drama de época, aunque con trajes ignífugos repletos de patrocinadores.

El segundo acelerador llegó con la gran pantalla. La película F1, protagonizada por Brad Pitt y estrenada en 2025 con el respaldo de Apple, no fue un producto de nicho para iniciados: fue un pelotazo cinematográfico dirigido a quien no distingue un pistón de un amortiguador.

Su éxito de taquilla certificó lo que Liberty Media ya sabía: la Fórmula 1 era una marca de entretenimiento global. Y el entretenimiento global no tiene género, fronteras ni idioma, pero sí negocio. Y la transformación no fue únicamente narrativa.

Adiós, azafatas. Hola, mujeres

La supresión de las sexualizadas azafatas en 2018, adoptada bajo la presión de los nuevos tiempos y de patrocinadores sensibles a la reputación de marca, fue el primer gesto visible de que se buscaba un cambio de las reglas. Las mujeres que antes adornaban la parrilla fueron sustituidas por cantantes, actrices, atletas de élite, youtubers de postín y referentes culturales que ahora entregan trofeos, agitan banderas y hacen declaraciones. Pero hay más.

Las cámaras ahora se detienen sobre las parejas de los pilotos, cuyos estilismos parecen extraídos de las pasarelas de Milán o París. Su influencia en redes multiplica el alcance del deporte con cada Gran Premio. Si además añadimos que a pilotos como Lewis Hamilton se les ha relacionado con Shakira, Rihanna o Kim Kardashian, acabamos de inventar la dinamita mediática. Estamos a diez minutos de que acaben protagonizando sus propios espacios televisivos personalizados.

Al final, todo esto es marketing y proyección de imagen, cuyo coste para la organización es cero. Su rendimiento, medido en millones de impresiones en TikTok o Instagram, resulta difícil de calcular y mucho más difícil aún de comprar.

La demografía y su dinero

La consecuencia económica de ese giro demográfico ha producido movimientos de orden mayor en el mundo del patrocinio. La última jugada resulta paradigmática. El equipo Alpine no será patrocinado el año que viene por una tabaquera —porque está prohibido—, una marca de coches o un fabricante de maquinillas de afeitar, sino por Gucci, una marca que marca pautas en la moda y el llamado lifestyle.

Kering, el grupo propietario de Gucci, Saint Laurent y Balenciaga, ha firmado un acuerdo con la escudería Alpine que dirige Flavio Briatore. Para Gucci y sus firmas asociadas, no es patrocinar un deporte: es comprar acceso a una audiencia predispuesta hacia lo aspiracional.

Aston Martin ha llevado esa lógica más lejos que nadie. La escudería de Fernando Alonso no solo tiene un público más joven —el 54% de sus seguidores tiene menos de 35 años, frente al 44% del resto de la parrilla—, sino que ha identificado a las mujeres como su segmento de crecimiento prioritario. Su catálogo de marcas asociadas lo confirma: la firma de cosmética Elemis, la marca de esmaltes Glaize y colaboraciones con artistas como la cantautora nigeriana Tems.

Aston Martin es líder en algo

Mientras McLaren, Ferrari o Red Bull compiten por el mismo público masculino ya conquistado, la escudería verde ha elegido salirse de la trayectoria conocida e ir a por un mercado sin competencia directa. ¿Un ejemplo? Una pop-up store en Covent Garden donde el 70% de los visitantes fueron mujeres que tomaron un Aston Matcha junto a un monoplaza aparcado en plena calle.

El detalle más elocuente de esa estrategia es el esmalte de uñas. Glaize lanzó un gel exactamente del mismo verde Racing Green que lucen los monoplazas de la escudería. La inspiración declarada fueron los 30.000 millones de visualizaciones del hashtag #nailtok en TikTok. Un equipo de Fórmula 1 mirando las tendencias de belleza en redes sociales para decidir su próximo movimiento comercial. Según Limacher, «esta es una jugada de gran calado y muy pensada, nada espontáneo, ni una ocurrencia exótica de un relaciones públicas atrevido».

El lujo que antes habitaba en los relojes del podio o en las botellas de champán ha encontrado en la F1 actual un ecosistema mucho más sofisticado. Ya no se trata de poner un logo en el alerón y esperar que las cámaras lo capturen. Se trata de construir una experiencia de marca que siga al aficionado fuera del circuito.

El análisis de Marc Limacher ve algo más. Detrás de todo esto subyace una historia de capital y demografía. El consejero delegado del grupo inversor Carlyle Group —recién asociado a Red Bull Racing— explicó en Mónaco que más del 40% de su clientela son mujeres. La transferencia de riqueza hacia ellas y la generación milenial es uno de los grandes movimientos estructurales de las próximas décadas. La F1 lo ha entendido antes que muchos.

Una categoría propia dentro de la propia categoría

La creación de la F1 Academy completa el círculo. Si la audiencia se feminiza, la lógica exige que la cantera también lo haga. No es un gesto de paridad cosmética: es un mecanismo de identificación. Las audiencias que han llegado a la F1 a través de Netflix o de Brad Pitt necesitan referentes dentro de la pista, no solo en las gradas. Las académicas confirman que Liberty Media está rediseñando los cimientos.

El Gran Premio de Las Vegas, cuyo contrato se ha renovado hasta 2037 por un importe cercano a los 1.200 millones de euros, es el síntoma más elocuente de este cambio de paradigma. Las Vegas no es un circuito clásico: es un escaparate global de entretenimiento de grado prémium. Organizar allí una carrera no responde a una lógica deportiva, sino de audiencia. La carrera es una excusa para algo mayor.

El deporte que durante décadas vendió velocidad exclusivamente a los hombres ha descubierto que el negocio más rentable del siglo XXI pasa por otro lado. El paddock sigue siendo el mismo laberinto de fibra de carbono y petróleo. Lo que ha cambiado, y de manera irreversible, es quién lo mira.

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