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La lección de Gorbachov: la única manera de reformar el comunismo es quitárselo de encima

Como los tradicionales machos alfa de la política soviética, Mijaíl Gorbachov pudo recurrir al Ejército para mantenerse en el poder, pero era demasiado decente

La lección de Gorbachov: la única manera de reformar el comunismo es quitárselo de encima

Mijaíl Gorbachov en una imágen de 1989. | AFP

«¿Es reversible el comunismo?», se preguntaba el periodista Jean-François Revel en un artículo de 1989 al hilo de las expectativas suscitadas por la perestroika y la glásnost. Mijaíl Gorbachov había accedido cuatro años antes a la secretaría general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y se había encontrado con una «economía moribunda», en palabras de Tony Judt. «La deuda exterior», cuenta el historiador en Postguerra, «crecía constantemente, a medida que el precio del petróleo […] abandonaba las cifras récord» de una década atrás. El PIB, que venía desacelerándose desde 1970, había entrado en contracción. Escaseaban los alimentos y había que guardar horas de cola para obtener unas escuálidas patatas cubanas. La ineficiencia se veía agravada por la corrupción: las guarderías no admitían a los niños cuyos padres no realizaban donativos y las enfermeras no cambiaban las sábanas en los hospitales si no eran debidamente sobornadas.

Como el propio Gorbachov le confesaría a su esposa Raísa: «No podemos seguir así».

El principal inconveniente era que no sabía con exactitud adónde quería ir. «En realidad», escribe el periodista Francisco Herranz en su documentadísima biografía Gorbachov: luces y sombras de un camarada, «no tenía un plan concreto, sino el deseo de mejorarlo todo, de arreglar lo que no estaba bien». El propio Gorbachov lo reconocería años después: «Planificarlo todo hasta el mínimo detalle es una insensatez. Nada bueno puede salir de ello. El proceso histórico es el que resuelve el problema. Elegir la dirección, las orientaciones, eso sí. Esa es la tarea del político».

Judt compara el espíritu que lo alentaba con «la recién descubierta tolerancia oficial hacia la música rock», tal y como la concebía el diario Pravda en octubre de 1986: «El rock and roll», pontificaba en un editorial, «tiene derecho a existir, pero si es melodioso, coherente y se interpreta de manera adecuada».

Eso era lo que Gorbachov quería: un comunismo melodioso, coherente y adecuadamente interpretado.

El modelo chino

Inevitablemente surge la duda de por qué no se limitó a imitar a sus correligionarios chinos. Las reformas de Deng Xiaoping llevaban siete años funcionando con resultados notables. ¿Por qué no solicitó el manual de instrucciones?

La razón fundamental es que no había manual de instrucciones. «¿Puede alguien darme el nombre de los economistas o de las investigaciones que impulsaron las reformas chinas?», planteaba el experto en desarrollo Dani Rodrik hace unos años. Hasta la fecha, nadie ha sabido dárselos, porque no existen. El milagro chino fue un triunfo del pragmatismo y la improvisación. No había ningún modelo. Pekín habilitaba zonas especiales y llevaba a cabo sus probaturas. Luego, las que funcionaban las aprovechaba y las que no, las descartaba.

De todos modos, aunque se hubiera dispuesto de una hoja de ruta, «¿habría tolerado el liderazgo colectivo del Politburó un radicalismo que afectara simultáneamente a las áreas política, económica y diplomática?», pregunta Herranz. Gorbachov había promovido una apertura inconcebible en el interior (disidencia, permiso de inmigración, libertades de prensa, religión y asociación) y realizado concesiones no menos inconcebibles en el exterior (supresión del control sobre Europa del Este, retirada de Afganistán, desarme nuclear). No es inaudito que considerara prudente modular la liberalización del aparato productivo.

Los mayores criminales de la historia

Con enorme cautela, Gorbachov empezó a desactivarla planificación central y a fomentar la iniciativa privada, confiando quizás en que de las ruinas del viejo orden emergiera espontáneamente uno nuevo. Se encontró, sin embargo, con que «en la URSS no había experiencia […] de mercado, es decir, casi nadie sabía cómo fabricar algo, ponerle precio y encontrarle un comprador», explica Judt. Tres años después de que la Ley de Actividad Laboral Individual autorizara la figura del empresario, apenas se habían dado de alta 300.000 en una población de 290 millones de personas.

Los defensores de la reconversión atribuyeron su fracaso a la timidez con que se había acometido. «Esto es como cruzar un río por una hilera de piedras», decían. «Hay que hacerlo deprisa, porque si no, pierdes el equilibrio y te caes».

Gorbachov nunca se fio de ellos, pero Boris Yeltsin sí y, de la noche a la mañana, Rusia pasó de las reglas sin mercado al mercado sin reglas. Vladimir Putin describiría posteriormente muy bien las consecuencias caóticas de aquella decisión: «Los mayores criminales de nuestra historia fueron esos peleles que tiraron el poder al suelo, Nicolás II y Mijaíl Gorbachov, y permitieron que lo recogieran una pandilla de histéricos y de locos».

Por fortuna, ahí estaba él para ponerle remedio.

La renuncia a los tanques

En marzo de 1991, Herranz cuenta que el expresidente Richard Nixon viajó a Moscú por indicación de George H. W. Bush y, tras entrevistarse con Gorbachov, elaboró un informe demoledor. «Es un hombre muerto de cansancio emocional, mental e incluso físico […] desanimado, a la defensiva. Sabe que las cosas se van al infierno y no tiene ni idea de cómo remediarlo».

Además del desbarajuste económico, preocupaban los brotes de independentismo a los que la apertura había dado alas. A principios de ese año, uno de los colaboradores de Gorbachov le había alertado de que elementos reaccionarios de la KGB y el PCUS tramaban un golpe. «No tendrán agallas ni entendederas para hacer algo así», le había respondido.

Pero las tuvieron y, en agosto, lo secuestraron junto a su familia en la dacha de Foros, a orillas del mar Negro.

La conjura fracasó y, de vuelta en el Kremlin, Gorbachov pudo reaccionar como los tradicionales machos alfa rusos, desatando una represión salvaje. Se volcó, sin embargo, para impedir la desintegración de la URSS, pero por medios democráticos. Y cuando los periodistas le preguntaron si no pensaba recurrir al Ejército para reconducir la situación, su respuesta fue categórica: «Un político que utiliza a las fuerzas armadas para alcanzar sus objetivos no merece ningún apoyo y debe ser condenado».

La libertad es divisible

Margaret Thatcher declaró en cierta ocasión que la libertad «es indivisible» y que «una vez que el Estado controla los medios de producción, distribución e intercambio, todos pasamos a depender de él». En sentido contrario, cuando el Estado cede el control de los medios de producción, distribución e intercambio, surgen focos de poder que acaban reclamando su participación en el gobierno. Eso es lo que sucedió en China en 1989. Los estudiantes se lanzaron a la plaza de Tiananmén a protestar contra el despotismo y la corrupción, pero a Deng no le tembló el pulso y, a diferencia de Gorbachov, sí que contó con los tanques, refutando de paso la tesis thatcherita. La libertad era divisible, siempre que se aplicara la presión suficiente.

Por eso, la respuesta de Revel a la cuestión de si el comunismo es reversible no puede ser afirmativa. En primer lugar, «sin el factor de la irreversibilidad, la noción misma de socialismo pierde todo significado». Sus militantes nunca han ocultado su concepción instrumental de la democracia. Un confidente de Pierre Mauroy, el que fuera primer ministro de François Mitterrand entre 1981 y 1984, explica en sus memorias: «Mauroy era un demócrata, pero una reversión después de una victoria de la izquierda era para él una idea intelectualmente carente de contenido».

En segundo lugar, observa Revel, no hay documentado ni un caso de democracia comunista. «La única forma real de reformar el socialismo», concluye, «es sacudírselo de encima». Revel no discute que puedan introducirse mejoras de eficiencia, como han hecho los chinos, pero la transformación en un régimen «melodioso, coherente y adecuadamente interpretado» y que no «utiliza a las fuerzas armadas para alcanzar sus objetivos», como Gorbachov pretendía, solo se consigue mediante el harakiri.

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