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La otra cara del dinero

Déjà vu de la Superliga sobre la hierba de Wimbledon

El negocio del tenis se está reconfigurando en una batalla entre las ATP y WTA y los organizadores de los grand slams

Déjà vu de la Superliga sobre la hierba de Wimbledon

Rafa Nadal jugando un partido en Wimbledon. | Agencias

Todo parece transcurrir con calma y precisión en la aristocrática parcela de Wimbledon. Parapetados en la tradición, los ingleses saben proteger su competición fetiche. Sin embargo, estos días se percibe una tensión especial, algo que va más allá del habitual trajín competitivo sobre la hierba. El tenis tal y como lo conocemos está en entredicho por un proyecto que deja una sensación de déjà vu futbolero. Y los árabes, por supuesto, andan de por medio.

Porque toda esta clase y este lujo que rodea los torneos como Wimbledon se mantienen, no lo olvidemos, con dinero. Con mucho dinero. Y, sobre todo, producen dinero. Muchísimo dinero. Hasta ahora lo manejan con mano de hierro dos organizaciones: la ATP y su versión femenina, la WTA, imponen la forma, calendario y gestión de los actuales circuitos. 

Durante décadas lo han hecho sin demasiados problemas. Fundadas en 1972 y 1973 respectivamente, por los propios tenistas para representar sus intereses, han derivado de sindicatos a multinacionales que gestionan millones de dólares a su albedrío. Algo así como la Uefa… hasta que llegó Florentino Pérez a fastidiar con la Superliga.  

Y aquí empieza ese déjà vù. El vórtice del huracán llegó cuando Matthew Futterman filtró en The Athletic una reunión en abril, con la excusa del Mutua Madrid Open en la Caja Mágica, de los gestores de los grand slams con los principales jugadores y sus agentes. 

Los grand slams son, básicamente, los torneos que de verdad le importan al público y, por lo tanto, a televisiones y anunciantes: Roland Garros, Wimbledon y los Open de Australia y EEUU. Solo este último, por ejemplo, tiene un contrato de 11 años con la ESPN por casi 800 millones de dólares. Eso es mucha liquidez. Bastante para hacer jugosos experimentos.

Desde esa posición, ofrecen un «tour premium» que, con su producto estrella como eje, incluya otros 10 torneos mixtos de primer nivel. La gira finalizaría a tiempo para permitir una mini temporada al estilo tradicional… pero solo de seis a ocho semanas. O sea, a la ATP y la WTA le quedarían las raspas.

Lo realmente revolucionario de la propuesta es la igualdad salarial, reivindicación que se hunde en los tiempos de Billie Jean King, magníficamente encarnada por Emma Stone en la película La batalla de los sexos (2017). Según Futterman, supondría duplicar los premios en metálico para los 300 mejores jugadores y casi cuadruplicarlos para las 300 mejores jugadoras. 

La ATP y la WTA, por supuesto, no quieren que el negocio se les escape de las manos. Pero al quebradero de cabeza se le ha unido el desestabilizador de moda en el deporte profesional: Arabia Saudí. Quiénes si no. El tenis no se les podía escapar. 

Simon Briggs ha destapado en The Telegraph una oferta de 2.000 millones de dólares a los nueve directores de los torneos ATP Masters 1000. Una tentadora alternativa al tour premium que ofrecen los de los grand slams.

De momento, la vieja guardia coquetea con los saudíes. El Torneo de las Finales WTA, que enfrenta a las ocho mejores jugadoras individuales y los ocho mejores equipos de dobles femeninos, tendrá lugar en noviembre en Riyadh. A cambio, los árabes soltarán 15,25 millones de dólares en premios, un 70% más que en 2023. 

El acuerdo es por tres años y no les ha gustado nada a activistas feministas y de LGBTQ+; miembros del Salón de la Fama como Chris Evert y Martina Navratilova, por ejemplo, han puesto el grito en el cielo. Pero también hay nombres destacados a favor: acaba de saltar la noticia de que Garbiñe Muguruza, que acababa de anunciar su retirada del tenis profesional, será la directora del torneo. 

No es el primer acercamiento árabe al tenis español. La Federación de Tenis de Arabia Saudí anunció en enero que había fichado a Rafael Nadal como embajador. La noticia levantó un revuelo notable por aquello de la insistencia del jugador en determinados «valores»: aquí contamos su explicación al respecto.

Hay mucho, pero que mucho dinero en juego. Y muchos jugadores

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