¿Qué es ser español?
La nacionalidad es cuestión de reglas y una clave es la sangre, pero en un mundo globalizado no puede ser la única

Carteles de la campaña «La inmigración masiva tiene consecuencias», frente al Congreso de los Diputados. | Eduardo Parra (Europa Press)
El historiador José Álvarez Junco (Lérida, 1942) recuerda en su magnífico Qué hacer con un pasado sucio cómo a los niños de su generación se les enseñaba que España era «eterna […] sin matices».
Yo soy algo más joven, pero el debate sobre la esencia de la nación todavía seguía de moda cuando cursaba bachillerato y, de todos los intentos por caracterizarla, se me han quedado los humorísticos. Un libro en concreto retrataba el arrebato de un viajero de tren al que se le había exigido el billete sin lo que consideraba el respeto debido a su hidalguía. Finalmente y tras un breve forcejeo, se avenía a que el revisor picara su pasaje, no sin antes puntualizar amenazador:
—¡No sabe usted con quién habla, amigo mío! Tengo mucha mano en ciertos ambientes.
«Cuando alguien llama ‘amigo mío’ a otro —aclaraba el autor— es que lo considera ya su enemigo».
Qué español, ¿verdad?
Lo que pasa es que yo cursé el bachillerato en el Liceo Francés. El libro es Los cuadernos del mayor Thompson de Pierre Daninos y la escena no discurre en un vagón de la Renfe, sino de la Société Nationale des Chemins de Fer.
Estereotipos
A lo largo de los años, la sabiduría popular ha sedimentado la personalidad de los pueblos en clichés categóricos.
Los italianos son informales, pero divertidos; los alemanes cuadriculados, pero cumplidores, y los franceses antipáticos, pero refinados. No es difícil encontrar ejemplos que los desmientan y, de hecho, no recomendaría a nadie que se asociara con un alemán confiando en su lealtad inquebrantable o que se casara con un italiano pensando que iba a hartarse de reír.
Ni siquiera las definiciones de nación basadas en criterios más neutros, y no en los pecados capitales o las virtudes teologales, son capaces de dar cuenta de la realidad. Si la patria es una emanación de la lengua, ¿por qué hay 7.000 idiomas en el mundo y apenas 193 estados reconocidos por la ONU? Lo mismo puede decirse de otros factores supuestamente objetivos, como la raza y la religión: las sociedades étnica o confesionalmente homogéneas son la excepción, no la norma.
‘Homo hispanus’
Los defensores de una esencia nacional han buscado pruebas de su origen en el pasado, y cuanto más lejano, mejor.
El filólogo Américo Castro creía que el momento decisivo había sido la conjunción medieval de tres razas y religiones y que no podemos hablar de un español «completo» hasta Fernán González, el mítico conde que liberó a los castellanos del yugo leonés. José Calvo Sotelo, el político conservador, opinaba en cambio que nuestra nación se había forjado durante la ocupación visigoda y «bajo el signo de la catolicidad». Y el historiador Claudio Sánchez-Albornoz iba aún más lejos: creía en un homo hispanus, oriundo de la noche de los tiempos, de cuya rebeldía ya pudieron dar fe las legiones de Escipión y que habría preservado su naturaleza apasionada a pesar de la romanización, el Renacimiento y la Ilustración.
El invento de la nación
Si el instante preciso en que cristaliza la españolidad ha dado pie a un animado debate, sí podemos establecer cuándo el debate se animó: finales del siglo XVIII y principios del XIX.
El historiador Benedict Anderson subraya esta paradoja. Por un lado y según los nacionalistas, la nación viene irradiando su magia identitaria desde la más remota antigüedad. Por otro lado, y según los historiadores, apenas tenemos referencia de ella hasta muy recientemente. No discuto que haya sido consecuencia de algún comprensible despiste, como tantos otros (por ejemplo, no se nos ocurrió poner ruedas a las maletas hasta 1972). Pero una hipótesis alternativa y bastante plausible es que las naciones no son el fruto del nacionalismo, sino que es el nacionalismo el que concibe las naciones.
¿Y por qué a caballo de los siglos XVIII y XIX?
Lo requería la transformación de la monarquía tradicional en el Estado moderno. Con el advenimiento de las revoluciones liberales, dejamos de ser súbditos de un rey y pasamos a ser ciudadanos de una república, es decir, acreedores de derechos y deberes. Resultaba perentorio dejar claro quién formaba parte y quién no de la nación, una necesidad que se haría más imperativa con el desarrollo del estado del bienestar, que no solo nos reconoce como votantes, sino como titulares de servicios y subsidios.
Prioridad nacional
La nacionalidad es, por tanto, un asunto de reglas.
Una muy importante es la sangre (son nacionales aquellos cuyos padres lo eran), pero en un mundo tan interconectado como el actual no puede ser la única, porque la circulación de personas acabaría creando una bolsa de ciudadanos de segunda, que viven, estudian, trabajan y pagan impuestos, pero no votan ni pueden ocupar cargos públicos. Todos los países combinan la filiación con otros criterios (por ejemplo, son nacionales aquellos que nacen en un territorio y que aceptan sus normas básicas de convivencia), lo que provoca una competencia por los servicios públicos entre los nativos de sangre y el resto.
¿Deben tener preferencia los primeros?
Dos tercios de los encuestados por la Cadena SER y El País son partidarios de «dar prioridad a la población española». Imaginen, sin embargo, que dos pacientes se presentan en urgencias, uno con un ojo en la mano, pero hijo y nieto de extranjeros, y otro con un tobillo hinchado, pero hijo y nieto de españoles. ¿A quién hay que atender antes? O piensen en un alumno brillante y de familia humilde, pero hijo y nieto de extranjeros, y en otro mediocre y rico, pero hijo y nieto de españoles. ¿Quién debe recibir la beca?
La sangre no puede ser el criterio principal de asignación de recursos del Estado en una sociedad que se llama a sí misma democrática y justa.
Un malestar real
El debate sobre qué es ser español aflora y se sumerge al compás de los ciclos políticos y económicos.
La controversia entre Castro y Sánchez-Albornoz, que alcanzó una tensión considerable, nunca se zanjó en favor de uno u otro. Simplemente, se desvaneció porque España dejó de ser un problema. El éxito de la Transición nos devolvió la seguridad en nosotros mismos. Fueron, además, años de prosperidad, en los que había para repartir entre todos.
Con la Gran Recesión, la pandemia y las guerras de Putin y Trump han regresado las estrecheces y la incertidumbre, y muchos han buscado refugio en la tribu. Inventan, en mi opinión, soluciones discutibles como la prioridad nacional, pero el hecho de que sus soluciones sean discutibles no significa que el malestar sea inventado. La carestía de la vivienda, la saturación de la sanidad o la concentración de alumnos inmigrantes en determinados colegios son problemas reales y, en lugar de atajarlos, este Gobierno mira desde su atalaya moral a quienes los sufren y les dice: «Eres un insolidario y una mala persona y un fascista».
Estaría uno tentado de pensar que es la eterna España si no fuera porque pasa también en Italia, Alemania, Francia…
