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Fernando Garcia Iglesias

Obama en La Habana

Las fotografías y vídeos que tenemos de la última visita de un Presidente americano en ejercicio a Cuba son en blanco y negro. Calvin Coolidge llegó en un barco militar al puerto de La Habana, que se había engalanado para su visita. Miles de cubanos le esperaban en el puerto, por las grandes avenidas, vestidos en sus mejores galas. Las mujeres con vestidos de tres cuartos de la época y pamelas; los hombres de traje y sombreros panameños, la gran mayoría, y bombines, los más aristocráticos. Era enero de 1928.

Opinión

Obama en La Habana

Las fotografías y vídeos que tenemos de la última visita de un Presidente americano en ejercicio a Cuba son en blanco y negro. Calvin Coolidge llegó en un barco militar al puerto de La Habana, que se había engalanado para su visita. Miles de cubanos le esperaban en el puerto, por las grandes avenidas, vestidos en sus mejores galas. Las mujeres con vestidos de tres cuartos de la época y pamelas; los hombres de traje y sombreros panameños, la gran mayoría, y bombines, los más aristocráticos. Era enero de 1928.

Noventa años y catorce presidentes después, Barack Obama llega a Cuba. Muy poco tienen en común esta visita y la del Presidente Coolidge. En aquella ocasión, Cuba, como muchos otros países del Caribe, tenía una vínculos muy estrechos con sus vecinos yankis. La enmienda Platt ―que daba ciertos poderes al gobierno americano para garantizar la salvaguarda de la isla― todavía estaba vigente y otros tratados comerciales de gran importancia se estaban implementando. Ahora, no obstante, Obama llega a una Cuba aislada tras más de medio siglo de dictadura castrista. El antiamericanismo connatural a la Revolución cubana, el odio visceral de Fidel Castro a sus vecinos del Norte y el larguísimo embargo impuesto desde los Estados Unidos han enfriado las relaciones de estos dos gobiernos que antaño eran formidables aliados.
En cierto sentido, la visita de Obama a Cuba se parece, o se debería parecer más, a la del Presidente Reagan ―gran admirador de Coolidge, por cierto― a la Unión Soviética de Gorbachov. Ronald Reagan, como Obama, era un gran orador, y en sus discursos nunca perdía la oportunidad de ensalzar los valores democráticos y liberales en los que creía, no solo como valores americanos, sino como valores universales que debía defender allá donde fuere. En su viaje a Moscú, Reagan se reunió con un centenar de disidentes y familiares de los represaliados en los gulags. Habló sin remilgos de la defensa de la libertad y de los derechos humanos, pero también de la importancia fundamental de la apertura económica, íntimamente relacionada con la libertad individual. Obama tiene ahora una oportunidad de oro para dirigirse al pueblo cubano en esta visita histórica, hablarles de las bondades de los valores que representa su país y hacer de esta visita ―como aquella de Reagan― el principio del fin del tan calamitoso comunismo que ha anegado a la isla durante los últimos sesenta años.

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