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Manuel Ruiz Zamora

Adivina quién no viene a cenar

«Al Sidney Poitier de ‘Adivina quién viene esta noche’ hoy se le diría que su fe en la pertenencia a una humanidad común era un engaño»

Opinión

Adivina quién no viene a cenar
Sidney Poitier.|SMP (Zuma Press)

Hay películas que uno se complace en ver una otra vez. No tienen que ser indiscutibles obras maestras, aunque, claro está, tampoco pueden ser del todo deleznables. Suelen ser películas de una cierta excelencia que apelan a algún resorte particularmente íntimo de nuestra sensibilidad. Se puede decir que en ellas nos sentimos cómodos o, por expresarlo en términos estéticos, son obras que nos ponen más en contacto con el reino de lo bello que con el de lo sublime, como suele ocurrirnos con las verdaderamente excelsas. En mi santoral particular ocupa un lugar destacado Adivina quién viene esta noche, que, revisitada ahora, tras la muerte de Sidney Poitier y a la luz de la llamada cancel culture, nos procura significados maravillosamente paradójicos e inéditos.

Se recordará que en ella Spencer Tracy encarna a un director de periódico liberal, en el sentido americano del término, que se ve confrontado inesperadamente con sus propias contradicciones ideológicas cuando su hija se presenta de improviso acompañada de un hombre negro con el que anuncia, de forma igualmente repentina, que se va a casar. El hombre negro es Sidney Poitier, un joven doctor del que, tras unas indagaciones del suspicaz padre de la chica, se descubre que le adornan cualidades poco menos que celestiales. Entre estos dos polos dialécticos, el padre blanco liberal y el hombre negro que aspira a convertirse en su yerno, se desarrolla, con la inestimable contribución del resto de los personajes, un apasionante drama en el que los protagonistas indiscutibles son los prejuicios raciales y la lucha por los derechos civiles que se estaba produciendo, con particular intensidad, en esos años.

Hay en la película varios momentos especialmente significativos en términos ideológicos, pero uno de ellos adquiere una importancia singular, en la medida en que viene a poner de manifiesto de dónde venimos y adónde hemos llegado. Sidney Poitier se ha retirado a discutir con su padre, un humilde cartero que se opone más firmemente que nadie al matrimonio interracial y que le recuerda a su hijo los enormes sacrificios que han tenido hacer él y su madre para poder brindarle la educación y el estatus social de los que disfruta. A ello, Poitier responde, airado, que no le debe nada, puesto que desde el momento en que vino al mundo, él, como padre, asumía la obligación de subvenir todas sus necesidades. Y, ya en un tono más cariñoso, le dice algo que puede acogerse como una impagable declaración de principios: «La diferencia entre usted y yo, padre, es que usted se considera un hombre negro y yo, simplemente, me considero un hombre».

En esa frase se resume perfectamente la distancia que va desde un progresismo clásico que reivindicaba los valores del universalismo ilustrado, a la ideología que ha usurpado su nombre en nuestros días y que se presenta enarbolando dogmas de fe en un identitarismo de corte perfectamente reaccionario. El universalismo de Poitier, que es, además, una piedra angular en la Constitución (y en la constitución) de los Estados Unidos, no es otra cosa que la vieja convicción de que solo el ideal regulativo de humanidad puede funcionar como condición de posibilidad en la lucha por la consecución de la igualdad y la justicia. La propia película, aunque sea de forma involuntariamente profética, se convierte en buena prueba de ello.

Hay un personaje en la trama cuya exultante ingenuidad, estrictamente panglosiana, no puede sino producir sonrojo. Es el personaje de Joey, la hija de Tracy. «No es que no le preocupe la diferencia de piel —dice de ella Poitier—, es que parece que ni siquiera la ve». Pues bien, si hay algo que puede decirse a la luz de la evolución de los acontecimientos desde aquellos agitados años 60 del siglo pasado hasta los no menos convulsos nuestros es que, de entre todos los personajes de la película, ella era la que vislumbró con mayor claridad las tendencias históricas. En una conversación que tiene lugar en el jardín entre Sidney Poitier y Spencer Tracy, este le pregunta a su futuro yerno si habían contemplado las infinitas dificultades con las que habrían de enfrentarse sus hijos. Poitier, con divertido escepticismo, le responde que, según Joey, uno de ellos llegaría a ser presidente de los Estados Unidos. En aquellos años, dicha posibilidad se consideraba algo aun más impensable que la llegada del hombre a la Luna y, sin embargo, no quedaba tanto para que Barack Obama diera cuenta de aquel sueño tan inimaginable por ingenuo.

El problema es que, desde aquellos días de lucha por la igualdad y los derechos civiles, han ocurrido, posmodernidad mediante, otras muchas cosas no tan agradables. Por ejemplo: a Sidney Poitier hoy se le diría que su fe en la pertenencia a una humanidad común no era más que un engaño perverso, y que la única adscripción admisible para un hombre negro es, precisamente, la de su negritud. Es decir, antes que hombre, como el reputado científico, negro, como el humilde cartero. Que a esta involución de los principios se le siga aplicando, no sabemos en virtud de qué taumatúrgicos fundamentos, el nombre de «progreso» es una de las mejores pruebas de que el viejo progresismo no es ya otra cosa que una reiterativa petición de principio. A Joey, por su parte, se la instaría, a pesar de su privilegiado estatus social, a tomar conciencia de su intrínseca condición de víctima de una sociedad perversamente heteropatriarcal en la que, ironías del destino, su marido negro, en tanto hombre, jugaría un papel determinante como victimario.

Como ya nos enseñara el viejo Hegel, el concepto de progreso no es otra cosa que el avance imparable en la eliminación de todos los elementos accidentales hasta la identificación común en la condición sustancial de ciudadanos. Pues bien, de la mano de quienes se han apropiado de él, queda condenado a ser sinónimo de valores bastante parecidos a los que han enarbolado siempre en la historia sus enemigos más acérrimos, hasta el punto de el viejo cartero negro, superado, al parecer, el estadio de desarrollo dialéctico que representaba su hijo, ha sido devuelto sin contemplaciones al que, se le dice, es su único destino. Y ello, además, con el pretexto de su emancipación. Si toda la dialéctica hegeliana puede ser interpretada como el intento filosófico de liberarse de la condición de esclavitud, es decir, de inmovilidad que el concepto de identidad representaba, el moderno progresismo no es más que el regreso a ese principio de inmovilidad original: lo que es está condenado a no ser sino lo que es en sí mismo.

Sidney Poitier fue el primer actor negro en ganar un Oscar, pero dudo mucho de que se hubiera sentido complacido si tal cosa hubiera tenido efecto a causa del color de su piel y no del valor de su interpretación. En el valor de una interpretación, en la excelencia del talento, en el alcance de un descubrimiento científico, en la ejemplaridad moral de una conducta desaparecen por completo las contingencias identitarias. Precisamente, por ello resulta tan reivindicable en estos tiempo la actitud del personaje más ingenuo de la película, el único que es capaz de atravesar con su mirada las propiedades accidentales y concentrarse en lo verdaderamente sustancial. Cualquier cosa que no sea eso no es sino una reedición más o menos simulada de los prejuicios del Antiguo Régimen.

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