El peligro de los datos
«En el fondo, las soluciones dan igual. Lo único que importa son los problemas: cómo explotarlos políticamente, cómo proyectarlos en el adversario. Y cómo perpetuarlos»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Los datos son muy peligrosos. Pueden ser, por ejemplo, ciertos y, a la vez, indeseables. El periodista e ingeniero Kiko Llaneras comentaba hace poco que a menudo publica datos en El País y recibe respuestas como: «Lo que dices es cierto, pero hay gente que lo va a malinterpretar».
Lo que significa es: no tengo manera de rebatir empíricamente o con hechos, pero lo que dices no es «útil» políticamente. Es algo contra lo que se enfrentó Juan Soto Ivars cuando publicó su libro sobre las denuncias falsas. La principal contestación a su libro no era una refutación de sus cifras, sino un argumento estratégico: «esto va a darle alas a la extrema derecha».
Desde hace unos años, el economista Jon González lleva escribiendo en redes sociales sobre varias cuestiones económicas, y especialmente sobre las pensiones en España. Sus datos son siempre muy transparentes, y hace una pedagogía loable con ellos. Sus adversarios en redes nunca le rebaten la veracidad de lo que dice, porque normalmente no son capaces; le rebaten sus intenciones. En ese proceso, tiran el bebé con el agua sucia. Como sus investigaciones demuestran que el sistema público de pensiones no es sostenible, deducen que es lo que el autor está realmente deseando: la desmantelación del sistema público y la creación de un modelo totalmente privado. Es una postura muy común en la izquierda. Criticar el funcionamiento de lo público se interpreta solo como un ataque a lo público, cuando no siempre es así: precisamente si nos preocupa lo público debe preocuparnos que funcione bien.
Esta semana, esa lógica ha alcanzado su cénit cuando varios tuiteros han desvelado que Jon González trabaja para el BBVA, algo que sabía cualquiera que lo leyera. Si antes sus investigaciones eran verdaderas pero tóxicas, ahora siguen siendo verdaderas (porque nadie las ha cuestionado) pero interesadas. El objetivo no es refutar, sino insinuar, malmeter, cuestionar su legitimidad: no se habla nunca de qué dicen sus datos, sino de quién los emite y para qué. Porque tiene que haber necesariamente un objetivo oscuro.
Un tuitero decía que estaba claro que el BBVA le pagaba por su activismo en redes, porque resulta incomprensible que alguien haga gratis todo eso. Se mezclan la ignorancia y el cinismo: hay individuos que genuinamente quieren mejorar su país, y deberíamos estarles agradecidos. Otros decían con sutileza que aunque sus datos eran ciertos, había «ideología» tras ellos, porque siempre hay ideología en todo, hasta en una suma.
«¿Cómo vamos a ponernos de acuerdo en las soluciones, si no somos capaces de ponernos de acuerdo ni siquiera en los problemas?»
Como escribía en este periódico Victoria Carvajal, este episodio «confirma uno de los males más preocupantes que aquejan a nuestras democracias: la incapacidad creciente de ponerse de acuerdo sobre los hechos». ¿Cómo vamos a ponernos de acuerdo en las soluciones, si no somos capaces de ponernos de acuerdo ni siquiera en los problemas? Es parte de la segmentación que ocurre con la polarización: no hay soluciones de izquierdas y soluciones de derechas, sino problemas de izquierdas y problemas de derechas.
Hay cuestiones a las que la derecha da importancia y que la izquierda directamente considera inexistentes, y viceversa. En el fondo, las soluciones dan igual. Lo único que importa son los problemas: cómo explotarlos políticamente, cómo proyectarlos en el adversario. Y cómo perpetuarlos. Porque si los problemas se solucionan, ¿a quién podemos echar la culpa?