España y el Papado
«Francisco, humanamente, se equivocó y por ello mejor fue que no viniera»

Ilustración generada con la IA.
Es lógico y natural que los papas vengan a España, no solo porque sea un país católico (está lejos de ser el único), sino porque fue el Imperio que puso dinero y armas al servicio del catolicismo. Ningún país ha hecho tanto —históricamente— por la Iglesia católica como España, que dejó sangre y oro en honor de los vicarios de Cristo en la tierra. Siendo esto como es, parece muy natural pensar que la Iglesia tiene una deuda terrenal con España. Creo que el papa moderno que más tuvo conciencia de lo que digo fue el hoy santo Juan Pablo II, quizás el más prohispano de los últimos papas. Devoto y estudioso de san Juan de la Cruz, místico y poeta, una de las primeras cosas que Juan Pablo II hizo en su primer viaje pastoral a España (1982) fue ir a visitar, en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia —fundado por el santo—, la tumba del místico, sobre quien Juan Pablo II hizo su tesis en Polonia.
El tema, claro está, viene de muy atrás y, es obvio decirlo, mezcla fe y poder a menudo, pero la Monarquía Hispánica (no sin daño) hizo lo máximo, hasta su extenuación, por defender esa fe católica que en nuestra América puso por delante del pendón real. El valenciano Rodrigo Borja (o Borgia, italianizado), que fue un papa muy poco ejemplar en sus costumbres con el nombre de Alejandro VI, fue quien en 1496 concedió a los reyes de España, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, el título de «Reyes Católicos». Es cierto que en ese momento un gran ejército español, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba («el Gran Capitán»), luchaba con gran éxito por mantener en el sur de Italia el poder de la Casa de Aragón y por ayudar al papa contra el rey francés Carlos VIII. El éxito del Gran Capitán al devolver al papado el puerto de Ostia fue tal que, en 1497, Fernández de Córdoba entró en triunfo, al modo de los generales de la Antigüedad, en Roma.
Más tarde, el «rey católico de España» luchará contra la Reforma protestante, contra luteranos y calvinistas, por mantener la unión de la catolicidad y los dominios imperiales españoles en Europa. La guerra contra el protestantismo —a favor de la Iglesia católica— fue larga, cruel y costosa, y después de más de un siglo España la perdió, generando el triunfo de los Países Bajos y de Inglaterra, nuestra más tenaz enemiga, separada de la Iglesia de Roma. El último episodio, entre 1568 y 1648, enfrentó al catolicismo de la Monarquía Hispánica contra el calvinismo en expansión de las Provincias Unidas, que con el calvinismo pretendían asimismo dejar de depender de España. El fin de esa terrible guerra de Flandes está en el origen de dos países: las Provincias Unidas protestantes serán los actuales Países Bajos, mientras que la parte que quedó aún bajo el poder de los Habsburgo españoles está en el origen de Bélgica.
Toda esta crueldad y sangría humana no solo le costó a España la ruina económica, sino también la brutal expansión de la «leyenda negra», que nos pintaba (y algunos españoles lo creyeron) como un país inculto, atrasado y bárbaro. Lo peor es que esa «leyenda negra», de la que no nos supimos defender —y en la que entraba la Iglesia católica como opresora—, pasó de Inglaterra a Estados Unidos a fines del siglo XIX.
Frente a las dietas protestantes, el papa Paulo III, con influjo español, convocó el Concilio de Trento (1545-1563), muy dominado por los españoles, con teólogos y eruditos como Diego Laínez, Bartolomé de Carranza o Melchor Cano. Ahí empieza la Contrarreforma y el auge del Barroco, y España será «luz de Trento» y «espada de la Iglesia». ¿No es natural, visto lo visto someramente, que la Iglesia católica tenga una deuda con España y que los papas deban íntimamente reconocerla? Así lo hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI, con varios viajes a nuestro país, y no lo hizo el papa Francisco, un tanto antihispano y mal conocedor de la historia. Francisco, humanamente, se equivocó y por ello mejor fue que no viniera.
Ahora, León XIV, de fuertes raíces y vivencias hispánicas (no olvidemos que su segundo apellido es Martínez), vuelve a ligar catolicidad e hispanidad como un hecho básico en su viaje pastoral. Francisco no entendió que, sin la llegada de los españoles a América, ahora allí no habría católicos, sino protestantes. Se equivocó, como he dicho.
Sin duda, entre otras cosas, al papa León le interesará saber cómo sigue la «católica España», convertida con razón en un Estado aconfesional. Hacia 1970, cerca del 90% de los españoles se confesaba católico. Claro que pesaba el poder del régimen franquista, donde el bautismo no era jurídicamente obligatorio, pero resultaba indispensable por la simbiosis Iglesia-Estado.
Hoy solo el 50% se dice católico y solo un 18% asegura practicar asiduamente esa religión. La práctica religiosa y las vocaciones sacerdotales han disminuido muchísimo (hay más monjas latinoamericanas que españolas), pero, a la vez, parece que el catolicismo vuelve a interesar a los más jóvenes, en múltiples organizaciones de catolicismo militante. La España naturalmente plural que ve y siente León XIV no es la de Trento, pero no lo olvidemos: venimos de allá. Y, por tanto, enfrentado al laberinto moderno, el papa no puede olvidar que fuimos el absoluto puntal de la catolicidad, y ello no debe olvidarse.
Un detalle final: cuando Rafael Sanzio pintó las estancias vaticanas, hubo de recordar y pintó a Fernando el Católico como «pilar de la cristiandad». La Iglesia apenas se concibe sin España.