La izquierda actual continúa en el velorio de Che Guevara
«Cuando oí los primeros discursos mitineros del inmaduro y tremendo Pablo Iglesias, me dije: '¿No he escuchado yo estos aullidos con el puño en alto ya?'»

Ilustración generada con IA.
Me acuerdo muy bien de mis primeros tiempos en la Universidad Complutense de Madrid en el último trimestre de un año mítico: 1968. La policía franquista aún no entraba en las facultades y el ambiente general estaba enormemente politizado, con un abanico de izquierda marxista y comunista como banderín de enganche. Quizá nadie era tan activo como el PCE tradicional, cuyo periódico Mundo obrero encontrábamos cada mañana ciclostilado sobre nuestros pupitres. Tenía buenos amigos comunistas, aunque si alguno lo era de verdad y se jugaba el tipo, en absoluto faltaban los que solo seguían apariencias y modas de un izquierdismo que marcaba línea. Pero si el PCE era lo más sólido, quienes resultaban más figurantes y atractivos eran los disidentes trotskistas y maoístas. Ellos eran la verdadera izquierda radical, que podía lucir atuendos hippies, pero su función parecía sobre todo de pose, grito, mitin y lucha en la teoría.
Cuando oí los primeros discursos mitineros del inmaduro y tremendo Pablo Iglesias, me dije: «¿No he escuchado yo estos aullidos con el puño en alto ya?». Los había oído, y muchas veces (por distintos oradores jóvenes), en la Universidad madrileña de 1968/69 y algo adelante. Cuando el ardoroso mitin terminaba con cánticos y banderas rojas, ¿qué ocurría después? Aparte de huir de la policía montada, nada de nada. Aquellos chicos y chicas no tenían más soluciones que la fantasía socialista sovietizante. Hacía poco más de un año que el comandante Ernesto Che Guevara había sido fusilado en Bolivia, tras ser capturado como líder de un grupo guerrillero que hacía la revolución con las armas. El póster del Che barbado, con cabello largo y la boina de luchador con estrella roja, era puro romanticismo. Mi luego amiga Ana María Moix, muy jovencita, había publicado un poema que olvidó después, en el que juntaba a «dos sombras para siempre enamoradas: Gustavo Adolfo Bécquer y Che Guevara». Naturalmente, la imagen moderna y libre del Che se imponía omnímoda a la realidad de un personaje que hablaba con naturalidad de fusilar a sus enemigos y que, cuando dirigió en Cuba la prisión de La Cabaña, supervisaba minuciosamente juicios y ejecuciones…
La izquierda radical era bella y era sagrada hasta que llegó (abril de 1971) el llamado caso Padilla. El poeta Heberto Padilla, inicialmente seguidor de la Revolución cubana —para la que trabajó— y devoto de Fidel Castro, se fue dando cuenta de que la tal «revolución» era una dictadura cruel y que Castro seguía los usos del tremendo padrecito Stalin. En su libro de 1968, Fuera del juego —título significativo—, comienza a alejarse de esa revolución-dictadura soviética, lo que hace más efectivo (ya estaba bajo sospecha) al leer en público su libro Provocaciones. Era demasiado. Padilla es detenido y encarcelado, lo que provoca una carta de intelectuales a Fidel pidiendo la liberación del poeta; la firman desde Jean Paul Sartre o Marguerite Duras hasta Carlos Fuentes, Alberto Moravia, Octavio Paz, Susan Sontag o Mario Vargas Llosa, entre otros. El poeta Padilla es liberado tras ser obligado a leer en público un texto redactado por él donde abomina de su obra, se arrepiente de sus amistades y declara deber el denunciar a los contrarrevolucionarios. Padilla lo hace y queda en el ostracismo hasta que puede abandonar Cuba (nunca volverá) en 1980. Padilla nunca tornará a ser el que fue ni la Revolución cubana tampoco, porque muchos —antes cercanos— descubren la realidad del estalinismo castrista. Pero Cuba ha seguido y sigue cada vez peor.
Como los chavistas bolivarianos o tantas derivas de populismo gauchiste, pese a la estrepitosa caída del muro de Berlín la noche del 9 de noviembre de 1989, lo que conllevaría el fin de las dictaduras soviéticas y la visión espantosa que había ocultado el telón de acero. Fueron los jóvenes quienes huyeron y celebraron ese final, desde Rusia a Hungría, Rumanía o Bulgaria. El comunismo fue una dictadura empobrecedora y cruel, llena de falta de libertad y de cárceles. Quizá las «democracias occidentales» no sean el bien sumo, pero hay —hubo— muchas diferencias. ¿Por qué se trata de olvidar el jubiloso fin del comunismo en la Europa del Este? ¿Cómo pueden seguir existiendo Raúl Castro, Delcy Rodríguez o lugares —en este mundo malo que vivimos— como Corea del Norte? La idea de una revolución igualitaria tenía sentido desde 1917, pero todas han fracasado entre el autoritarismo, la falta de libertad y el crimen o la tortura contra cualquier disidente.
El panorama parece nítido, pero si en 1968 las nieblas líricas de la contracultura idealizaron el izquierdismo radical, eso ya no ocurre. Vemos que a la aún llamada izquierda le ha faltado y le falta autocrítica, ese acto tan aclamado en la teoría marxista. Decir que Lenin, Stalin y sus sucesores fueron sátrapas y asesinos, como fueron vergonzosos Hitler, Mussolini o Franco. Declarar que Fidel Castro no era mejor que Batista y que los dos robaron. Firmar que Che Guevara (el único que no robó) era un dictador desalmado. Si la izquierda no ve el fracaso y el horror general del comunismo y sus revoluciones, si no sale ya del eterno velatorio por «el guerrillero que mataron en Bolivia», si la izquierda no se renueva, sino recupera credibilidad, sino abjura de mitos obsoletos, para que de veras surja una izquierda «nueva» (que falta hace), ¿cómo pedirá cuentas a los tremendos Trump o Netanyahu o a la brutalidad del islamismo radical? Pero es mal momento, pues al parecer —oh, ¡delicado Zapatero!— todos anhelan ser multimillonarios por el modo que sea y, detrás de los que «normalmente tienen muy poco», salen los presuntos mafiosos desfalcadores… ¿Por dónde remediar tanto desastre? Me pueden criticar; hoy por hoy soy claramente conservador —como decía Pessoa—, pero me es imposible ser reaccionario.