The Objective
Cristina Casabón

Grajos y avutardas

«Las dinámicas políticas actuales fragmentan a nuestras sociedades en grupos que buscan el refuerzo constante de sus prejuicios»

Opinión
Grajos y avutardas

Imagen generada con IA.

Delibes nos dejó un relato curioso, observando a una bandada de cuervos que participaban en lo que parecía ser un juicio en la planicie de Molacegos del Trigo. Los jueces se posaban sobre las crestas desnudas de los chopos, mientras el reo, rodeado por una nube de grajos, lo hacía sobre las ramas del olmo. Cuenta que, mientras duraba el juicio, los cuervos se mantenían en silencio, a excepción de uno que graznaba patéticamente ante el jurado. Una vez que el informador confluía, los jueces intercambiaban unos graznidos y, por último, salían de entre las filas de espectadores tres verdugos que ejecutaban al reo a picotazos sin que la víctima ofreciera resistencia. En tanto que duraba la ejecución, la algarabía del bando se hacía estridente…

Curiosamente, encontramos que aún quedan tipos casi trágicos con dilemas morales, como el pobre cuervo desplumado de Delibes, que se atreven a ejercer su derecho a la crítica. Nos recuerdan que el juicio de la mayoría, o al menos de los que más ruido hacen, no siempre tiene que ser el veredicto correcto.

Quien realmente desee vivir conforme a sus pensamientos, convicciones y principios, ha de ser capaz de vencer algunas certezas en el ámbito de la opinión publicada. Alain Finkielkraut es un pensador exigente que se ha rebelado contra la palabra de moda que se arroja a los críticos: «Reaccionario». «La ‘R’ es la nueva ‘letra escarlata’ que señala a los que se niegan a reconocer la superioridad moral de la izquierda progresista». Resume así su experiencia en determinados círculos intelectuales de la Francia: «En mí entablan disputa la incompetencia con la insensibilidad: no solo soy vil, sino también una nulidad […], se desea reparar el escándalo de mi presencia en los medios de comunicación expulsándome de los templos del saber».

En algunos casos, los intelectuales estarían dispuestos a cuestionar los nuevos templos del saber, pero muchos se autocensuran para evitar ser juzgados en los nuevos tribunales. El plumífero, tras sopesar el peligro de depreciación social, se dispone, con ojos húmedos de obediencia, a abrazar la virtud resolutoria de la moral de la izquierda beata. En esta pajarera, a menudo se expresa desdén por el debate de ideas porque se considera que algunas pueden herir la sensibilidad de los nuevos diletantes; por el contrario, todos parecen manejarse bien con el lenguaje moralista y además, nos ahorra la tediosa tarea de pensar. La tarea del comentador político, por ejemplo, ya no es la discusión argumentada, sino la tarea de señalar con el dedito. El truco por excelencia de la intelligentsia progresista es la idea de que su falso progresismo es moralmente superior. El pensamiento ha sido sustituido por la labor de concienciación.

El enfoque de esta comunicación política conciencia al ciudadano, desaprovecha el peso de la batalla de ideas para lograr consensos en política, desaprovecha el talante de un pensador que puede entrar en cualquier debate con ideas propias y originales, sin filtros. En este nuevo estado hipervigilante, sentimos una necesidad involuntaria de defender nuestra moral y atacar al otro. Esa ansiedad nos hace inmunes a nueva información y nuevas ideas.

Es más fácil y más efectivo crear una especie de imagen inmoral del enemigo y arrojar etiquetas a las cabezas de los ciudadanos que argumentar y aportar ideas en un debate. Lo curioso es que este tono sentimental, solemne, de paternalismo moral típico del sanchismo, que busca simplificar el mundo en «buenos y malos», sea efectivo. Aburrir a las audiencias con el prestigio de la moral y personal sobriedad, y no, desde luego, deslumbrar con el fundamento de las ideas o de los valores; este es el talento de algunas voces que, en la izquierda, llevan el sello de calidad moral.

Los juicios morales unidos a técnicas de manipulación como la «luz de gas» ejercidas desde el aparato del Gobierno implícitamente anulan la «autonomía moral» del ciudadano, y esta autonomía, que se ejercita con la libertad de pensamiento y opinión, es básica para el fundamento de toda sociedad liberal, y para superar la «moral de la obediencia», o la obediencia ciega, un debate del que se ocuparon autores como Kant o Arendt. 

Al ignorar estas dinámicas, estamos bloqueando de nuestro debate social todo tema que es incómodo y anulando toda contradicción. Todos estos escándalos de corrupción solo ponen de relieve nuestra propia fragilidad, nuestra vulnerabilidad como democracia y nuestros niveles de represión social.

Isaiah Berlin creía que cada persona y cada época tiene, por lo menos, dos planos: «una superficie superior, pública, iluminada, fácilmente perceptible, claramente descriptible» y, por debajo de esta superficie, una «senda hacia características menos evidentes, pero más íntimas y profundas, mezcladas demasiado estrechamente con sentimientos y actividades como para ser fácilmente distinguibles de ellos». Ahora bien, este segundo plano de conocimiento, que se basa en la propia subjetividad y complejidad de la esfera social, a veces es ignorado o cancelado, por su carácter revelador.

Hay muchos que son incapaces de pensar en otras ideas políticas como opciones legítimas, libres de sospecha. Cuando alguien piensa esto, cede, alegremente, su autonomía moral. Esto nos conduce a sociedades de ciudadanos tuteados que solo repiten vaciedades políticas sin ningún tipo de escrúpulo, y a un tipo de política que destaca por su tono inquisitorial.

Gracias a los nuevos ejemplares diletantes, hemos creado una sociedad modélica; nos hemos colocado en el lado bueno de la historia. La tendencia al puritanismo, el intento de apartar de nuestra conciencia toda idea que nos contradice o desagrada, toda oposición, son una constante. Es hoy mucho menos importante que un pensador no se preocupe por la verdad o escarbe bajo la superficie de lo políticamente correcto; lo importante es que estemos todos de acuerdo y que no nos saquen de la zona de confort de nuestras certezas. El bulshiter no se preocupa por decir lo que considera verdadero; rellena tiempo y espacio en los medios de comunicación. No es fiel a la verdad, es fiel a su audiencia. Podríamos denominar a este tipo de audiencias como un corro de pájaros cantarines, hinchados de superioridad moral, que siempre se ve amenazado por el alfiler que pincha el globo abotargado de sus pomposas certezas.

Lo políticamente correcto es una construcción ficticia que solo puede mantenerse gracias al pensamiento homogéneo, a una visión compartida pero muchas veces limitante, y simplista, en tanto que anula toda crítica y la califica de bulo, de mentira fabricada. 

Me pregunto en qué proporción desastrosa disminuiría inmediatamente el número de artistas e intelectuales avalados por el Gobierno si se eliminaran estas dinámicas. El tuerto persigue al ciego, y los «hombres de cabezas toscas», que diría Ortega, no logran ir más allá de la disyuntiva de opiniones y relatos maximalistas. A menudo, las personas que tienen estos defectos odian argumentos originales e ideas acrobáticas que contradigan sus opiniones.

Las sociedades se vuelven intolerantes si en el debate público no hay voces críticas, personas con un tono menos rígido, más desengañado, humorístico y optimista, propio de los espíritus acostumbrados a sus propias contradicciones. El reto, decía Paul Valéry, es dejar de abolir las ideas disonantes. La mayoría de nuestras percepciones suscitan en nosotros, cuando suscitan algo, lo necesario para anularlas. Existe en nosotros, respecto a ellas, una propensión constante a volver cuanto antes al estado en el que estábamos antes de que se impusieran.

El mimetismo basado en las identidades e ideologías nos protege en el espacio de nuestras certezas. Mantenerse dentro de este espacio protegido tiene un efecto de cohesión grupal que tiende al dogmatismo, al antiintelectualismo y al pensamiento de cruzada. Cuando el pobrecito vampirizado adopta todas las ideas y las etiquetas identitarias, a su vez hace una renuncia: concede, alegremente, a otros la capacidad de construir su visión, y de hacer que esa sea su visión definitiva de las cosas. Las consideraciones simples permiten separar o definir con bastante claridad ese ámbito nebuloso resultante de nuestras percepciones y enteramente construido por las relaciones internas y por las variaciones de nuestra sensibilidad.

El hombre desconectado de su propia percepción y sensibilidad acaba utilizando palabras inertes, términos políticamente correctos, consignas de partido. El problema no es que haya personas que elijan pensar siguiendo estas pautas, sino que aspiren mediante códigos de conveniencia social o moral a imponer la censura de forma tiránica, controlando el debate público, desterrando la libertad de pensar. En lugar de dejar que otros creen ficciones sobre quiénes somos, sobre cuál es la postura correcta, debemos apostar por una visión más individualista y amplia, perder el miedo al uso de la palabra.

Necesitamos menos lecciones de grandilocuencia moral y más liberalismo, que no es otra cosa que adultismo, tratar a los ciudadanos como adultos. Rechazar la «ética del Gran Inquisidor», que supone que los ciudadanos son incapaces de cargar con el peso de su propia moral y libertad de opinión, o que su juicio moral es irrelevante o erróneo cuando no coincide con el de la mayoría, o el del Gobierno. No hay libertad sin una opinión pública que se atreva a contradecir al que nos acusa con el dedito, o ese anacronismo político que aspira a dividirnos en buenas y malas personas y que hoy algunos han normalizado.

Nos encontramos en un punto crítico del debate sobre el lugar y el precio de la libertad de expresión, que experimentan aquellos que rechazan pasar por el tamiz del juicio moral. Son muchos los que se han sumado a la «fila de los intocables», y muchos los que se han vuelto ridículos, pues un intelectual se vuelve ridículo si se disfraza de cura o de político, y más aún cuando moviliza para sus fines de adoctrinamiento al aparato de la cultura.

No se puede discernir ninguna verdad, ningún valor, sin abrazar las contradicciones y sin ir más allá de las apariencias, los relatos maximalistas y las identidades colectivas. Quizás uno de los retos de nuestro tiempo sea gestionar el dilema entre la conciencia individual y la dependencia hacia los colectivos identitarios. Para romper estos esquemas tan rígidos y estos modelos de pensamiento, debemos aspirar a convertirnos en «personas non gratas».

Hay periodos en que el hombre occidental no sabe vivir sin alguna máscara, sin adoptar una identidad que corresponda a la euforia del presente, la agitación, o sin adoptar una identidad política. Todo es política, y en un mundo politizado, hasta la cultura corre la misma suerte que la moral, al ser supeditada a una ideología determinada.

Sabemos que una de las causas de la politización es estar conectados permanentemente al ruido, la actualidad, respirar nuestra dosis diaria de propaganda. En la vorágine actual, a los temas difíciles les cuesta encontrar la calma y el tiempo necesarios para permitir que el pensamiento se exprese, para que haya un debate más exigente y cada cual pueda formarse su propia opinión. Algunos malogramos seguir siendo nosotros mismos y confundimos la participación en el debate en redes sociales con la pertenencia a un colectivo identitario. Hay que saber abandonar las redes y los aplausos de los corrillos de aficionados antes de contagiarse de tanta estupidez, antes de perder el derecho a cambiar de opinión y de contradecirse a uno mismo.

Estas dinámicas se ven hoy acompañadas por la cultura de la cancelación y bloqueo de otras opiniones y voces denominadas reaccionarias. Las dinámicas políticas actuales fragmentan a nuestras sociedades en grupos que buscan el refuerzo constante de sus prejuicios. Todavía estamos intentando comprender estos movimientos que parecen no tener precedentes en su nebulosidad ideológica, pero que también parecen anticipar el fin, o al menos el peligro de erosión del pensamiento crítico.

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