The Objective
Cristina Casabón

Del 15-M a la crisis de natalidad

«Aún recuerdo mi perplejidad cuando Irene Montero nos confesó que era conservadora en su vida privada: toda una revelación»

Opinión
Del 15-M a la crisis de natalidad

Ilustración de Alejandra Svriz.

El 15-M era nuestro mayo de 1968. Como la mayoría de aquellos a los que se comenzaba a llamar, con una ternura en la que apuntaba ya la deferencia, «los jóvenes», fui atrapada y me acerqué a curiosear. Aquella protesta tenía a mi generación en marcha, pero pasaban los días y me iba reconociendo cada vez menos en sus consignas tajantes.

Nacieron nuevos líderes políticos que se quedaron ahí a vivir mentalmente. Se revivió la liberación sexual en los pasillos de Somosaguas y en Malasaña; se reafirmó, con un tono perentorio, que «lo personal es político»; se amenazó con asaltar los cielos para apoltronarse en los sillones, y el «desposeído generacional», con carrera, pero sin trabajo, fue el sujeto de este laboratorio de cobayas.

Pasaron los años izquierdistas de la deconstrucción de los valores heredados, del cuestionamiento renovado de todas las modalidades del Poder y de la aspiración a un cambio radical del mundo. Bajo los efectos del combate entablado por los disidentes, volvieron las feministas, femeninas, liberadas, politiqueras, podemitas… Nos dijeron de pronto que nuestros derechos no solo nunca fueron conquistados plenamente, sino que tampoco servían para revertir un sistema de dominación masculino, según enseñaba la ortodoxia.

Una pensaba que nunca se erigiría en modelo de conducta a esos personajes tan poco competitivos de la izquierda divina, pero, a mi vuelta a España tras cinco años fuera —ahora nos llaman «generación maleta»—, me encontré con que parte de las mujeres estaban huérfanas y se enganchaban a estas modas políticas; que estas consignas hacían vibrar a la vanguardia militante de mi generación.

Muchas de las que habían adoptado estos estilos de vida volátiles, sin cargas familiares y sin lazos sólidos, siguiendo la estela de aquel 15-M, desposeídas generacionales que se indignaron primero con Stéphane Hessel y luego con Irene Montero, aprendieron que ensalzar este estilo de vida «sin cargas, liberal» era el único feminismo posible.

Poco a poco conocimos la marca de la casa de estos líderes revolucionarios que se enganchaban, aparentemente, a todas las modas. Aún recuerdo mi perplejidad cuando Irene Montero nos confesó que era conservadora en su vida privada: toda una revelación. Los farolillos del 15-M se apagaban lentamente, pero la revolución feminista ahora se hacía en los ministerios y, al parecer, no era igual para todas.

Las ministras con carné feminista de Podemos, Más Madrid y PSOE formaban sus familias felices con sus parejas, compraban un chalet con piscina, tenían vidas laborales envidiables, eran influencers, colocaban a sus parejas en los ministerios y aumentaban el sueldo, los cargos y el patrimonio de forma exponencial. Una vida muy alejada de sus eslóganes y pancartas.

Por otro lado, las chais, las jais y todas las demás reservas femeninas políticas que lideraban el cotarro callejero, las rebeldes del griterío y moscas en el pelo, también tenían carné, pero seguían haciendo de su individualismo un estilo de vida y se olvidaron de relojes biológicos, de necesidades materiales y afectivas.

Sucedió lo impensable: el fascismo de las políticas feministas se reveló más poderoso que el fascismo de la naturaleza, contradiciendo así las teorías de Camille Paglia.

La naturaleza biológica y sus complicaciones eran detalles menores, refutables. Se nos quería enseñar a desconfiar de todo vínculo estable: de la familia, porque era opresiva y arcaica; de la nación, porque era un reducto del fascismo; del compromiso, porque limitaba; de la maternidad, porque parecía una renuncia a la libertad, y hasta del amor, porque había que estar cabreada con todos los hombres, una panda de capullos indeseables y, paradójicamente, el monotema de todas las conversaciones de mujeres despechadas. El individuo soberano, emancipado de cualquier deber o atadura personal, fue elevado a ideal moral.

Hoy, 15 años después del 15-M, empieza a verse el coste de oportunidad de aquella «revolución» de los afectos. Nada de esto nació de la nada. El 15-M fue menos una protesta económica que una mutación de algo más grande, porque cristalizó una sensibilidad profundamente desconfiada hacia cualquier estilo de vida heredado. Y después llegó el 8M, que transformó esa energía difusa en una moral de confrontación permanente entre los sexos y atacó directamente el concepto de la familia. Solo algunos analistas —de izquierdas— han estudiado profundamente estos vínculos entre ambos movimientos.

Hoy, 15 años después, España envejece en silencio mientras esta revolución feminista se ha quedado a vivir en la cultura política. No nacen niños españoles. Las ciudades están llenas de adultos exhaustos que encadenan alquileres, relaciones provisionales y mascotas convertidas en sustituto afectivo.

El divorcio se ha normalizado como horizonte estadístico, con una de las tasas más elevadas del mundo. Nuestra izquierda se ha instalado en el corazón de la trivialidad y pocos en la derecha han conseguido promover la natalidad y ayudar a las madres españolas a conciliar trabajo y familia; a las familias jóvenes, a iniciar el trámite de una hipoteca, y a los jóvenes, a emanciparse de sus padres.

Las propuestas más comunes pasan por atraer más inmigrantes para poder pagar las pensiones, pero los últimos datos de Funcas demuestran que los inmigrantes tampoco van a solucionarnos la papeleta, ya que el grupo de personas nacidas en el extranjero mayores de cincuenta años es el que más está creciendo. Quizás el aniversario del 15-M pueda llevarnos a reflexionar sobre cómo dejamos que lo personal se convirtiera en el juego de unos políticos.

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