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El patinazo de Ryan Murphy: ¿qué hay de malo en 'Hollywood'?

La última ficción de Netflix viaja al Hollywood de la posguerra para reescribir su historia con más confeti que esmero

El patinazo de Ryan Murphy: ¿qué hay de malo en ‘Hollywood’?

El Código Hays era un verdadero delirio: los productores de Hollywood aceptaron, para contentar a las conciencias más puritanas de la época —no eran pocas—, una serie de principios que debían respetarse en nombre de lo moralmente correcto. Eran principios que abordaban la sexualidad, el crimen, el consumo, el lenguaje. No había que despertar “emociones peligrosas” en los espectadores. El código escrito estuvo vivo, aunque hay quien dice que sigue dando coletazos, entre 1934 y 1967, y explica la ausencia cinematográfica de desnudos y de personajes abiertamente homosexuales, la corrección extrema del vocabulario, la escasez de películas europeas en las carteleras norteamericanas. El Código Hays era el reflejo de un ideal sexista, homófobo, racista —eran tiempos de segregación racial legitimadas por las leyes Jim Crow, no lo pasemos por alto— y receloso de las libertades individuales.

Cuando Ryan Murphy firmó con Netflix en 2018, aseguró la subsistencia de cinco o diez generaciones: el gigante del streaming le puso sobre la mesa un contrato de 300 millones de dólares a cambio de su exclusividad durante cinco años. ¿Creen que Murphy se lo pensó dos veces? El creador de Glee y American Horror Story desembarcó en la compañía con las expectativas por las nubes y un mensaje nítido: «Estoy inundado de auténtico agradecimiento hacia Ted Sarandos, Reed Hastings y Cindy Holland por creer en mí y en el futuro de mi empresa, que continuará defendiendo a las mujeres, las minorías y los héroes y heroínas LGTBQ».

The Politician, su primer trabajo en la nueva etapa, no funcionó tan bien como se podía esperar. Así que recibimos Hollywood con esperanza y entusiasmo: siete episodios que exploran la vida de varios jóvenes con más pasión que posibilidades, todos convencidos de hacerse un hueco en la industria de los sueños; algunos ni siquiera conocen la palabra interpretación, pero saben muy bien qué significa ser una estrella. Tenemos a un superman que persigue su oportunidad a riesgo de perder a su mujer embarazada; un guionista homosexual y negro con la vocación de ser el primero en romper los moldes; una actriz, también negra, dispuesta a ofrecer su talento a papeles más seductores que el de criada; un cineasta medio-filipino que quiere rodar comedias convencionales con compañeros poco convencionales; un Rock Hudson terriblemente azucarado; y otros personajes que, para que nos entendamos, se han cansado de vivir en el extrarradio.

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Jeremy Pope y Darren Criss, en ‘Hollywood’. | Fuente: Netflix

El hilo que los une es una película que debe cambiar para siempre la historia de la industria. Igual que hizo Tarantino con la fabulosa Érase una vez en… Hollywood, Murphy escoge una época muy concreta —los cuarenta, en su caso— e introduce personajes ficticios en un escenario verdadero. El problema es que Hollywood es todo lo que no es Érase una vez en… Hollywood: es tontorrona, aburridamente previsible y nada sutil ni arriesgada. Se hace imposible conectar con los personajes, ni con el viento a favor ni con Mira Sorvino —no es una elección cualquiera— en el reparto.

Sorvino interpreta a una mujer de innegable talento que, agotada por que cada uno de sus esfuerzos acabe en fracaso, inicia un romance con el director del estudio. Pero pasan los años y el papel no llega. Su destino le da un respiro cuando el estudio deja de estar dirigido por hombres grises y toman el poder las coloridas mujeres que antes se ocupaban de la casa, incondicionalmente apoyadas por dos o tres homosexuales que experimentan algo muy parecido a la catarsis. Murphy se propone ser tan reivindicativo, tan evocador, que se olvida de la historia. No hay nada sesudo en la serie; Hollywood es la fiesta del confeti. Hasta la prostitución, cuando la ejercen los hombres, tiene su punto de ensueño. Es el principal problema de la serie, esa falta de profundidad y atrevimiento —ni en el guion, ni en la fotografía, ni en la música—, esa sensación de ocasión perdida; no hay nada de malo en ella, en realidad. Tampoco bueno. Al menos es honesta en su último episodio, Un final hollywoodiense, porque anticipa que todo va a salir bien, y sale mejor. Ni siquiera podemos dar crédito de lo bien que sale.

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