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Cultura

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

Han muerto muchos y muchos eran despreciables, pero hay algunos que se recuerdan con especial atención. Aquí las muertes más satisfactorias de la serie (las más tristes todos las recordamos).

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

Han muerto muchos y muchos eran despreciables, pero hay algunos que se recuerdan con especial atención. Aquí las muertes más satisfactorias de la serie (las más tristes todos las recordamos).

 

(SPOILER ALERT)

En Juego de tronos han muerto personajes queridos, por ejemplo la mayoría de los Stark o Shireen Baratheon, y animales queridos, por ejemplo, los lobos de los niños de Invernalia o Viserion, pero también han muerto muchos indeseables. Los Siete Reinos es un lugar lleno de seres cuestionables y en una serie con una alta tasa de mortalidad era solo justo que algunos cayeran. Pero quiénes son los que más ha disfrutado ver morir el público. Sí, no es bueno matar, pero la catarsis de ver a un ser cruel, violento y asesino encontrar su fin es irrepetible, más cuando han hecho tanto como en Juego de tronos. Aquí van.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 5
El hermano ególatra de Daenerys | Imagen vía HBO

Viserys Targaryen

Relaciones: Hermano de Daenerys Targaryen/ “Heredero legítimo” al trono (esto se pondría en duda con la revelación de la verdadera paternidad de Jon Snow).

¿Por qué lo odiamos? Bueno, realmente no era alguien que la caería bien a nadie. Altivo, ególatra, egoísta, cruel, violento, malcriado… se creía además el dueño del destino y el cuerpo de su hermana, la vende para comprar un ejército y es incapaz de tratar bien a nadie. Es básicamente un imbécil redomado.

¿Cómo murió? En la primera temporada, episodio siete, Khal Drogo decide matarlo, tras la aprobación de su mujer, Daenerys, cuando entra en la tienda de las ceremonias armado con una espada (nadie puede estar armado en los campamentos Dothraki) y amenaza con asesinar a Daenerys y al hijo que lleva en el vientre. El episodio se llama “La corona dorada” en referencia al fin de Viserys. Gracias a su insistencia, Drogo le asegura que sí, que le dará su corona de oro. Prosigue a derretir un cinturón de ese metal y verter el líquido hirviente sobre la cabeza del varón Targaryen. ¡Ups! Resultó que no era resistente al fuego como tanto decía.

Grado se satisfacción: 8/10. En este momento aún no habíamos vivido a tantos malvados insoportables y Viserys era realmente molesto, además de ser una piltrafa humana.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 6
Joffrey, el personaje más detestado de la serie | Imagen vía HBO

Joffrey Baratheon

Relaciones: Rey de los Siete Reinos. Hijo de Cersei y Jaime Lannister (aunque oficialmente es hijo de Robert Baratheon). Esposo de Margery Tyrrell.

¿Por qué lo odiamos? Por dónde empezar… Joffrey puede ser el personaje más odiado de toda la serie -en una serie en que hay muuuuuuucha gente despreciable- por una suma de razones muy válidas: desde que lo conocemos es obvio que es un malcriado arrogante que siempre se sale con la suya, y que además es cruel y sádico. Es el responsable de la muerte de Lady, la direwolf de Sansa; tortura prostitutas, da la orden de cortar la cabeza a Ned Stark y luego lleva a su hija Sansa (en ese momento su prometida y prisionera) a ver su cabeza en una estaca; es cruel y violento hasta con su madre (la malvada número uno); ya ni hablemos de cómo trata a su tío… en fin, es un imbécil integral, despreciable a niveles de revolver el estómago y producir accesos de ira.

¿Cómo muere? El día de su banquete de bodas, después de humillar públicamente a su tío y a Sansa y básicamente demostrar por qué alguien tenía que matarlo de una vez, bebe de su copa de vino para brindar y comienza a toser. Los ojos se le inyectan, vomita sangre, la cara se le pone morada… y en manos de su madre muere, no sin antes acusar, sin ninguna base, a Tyrion Lannister de su muerte.

Grado de satisfacción: 10/10. No sólo muere de forma inesperada, sino que lo mata Olena Tyrrell que logra morir vencedora en la temporada siete, aunque hayan invadido sus tierras y esté a punto de morir, cuando le cuenta a Jaime cómo asesinó a su hijo ilegítimo y le dice: «Quiero que le cuentes a Cersei que fui yo».

 

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 7
El mentor de los Lannister | Imagen vía HBO

Tywin Lannister

Relaciones: Padre de Cersei, Jaime y Tyrion Lannister. Mano del rey de Joffrey Baratheon. Rey de los Siete Reinos (por muy poco tiempo).

¿Por qué lo odiamos? Para empezar no ha sido el mejor padre. Salvo Tyrion, sus hijos son bastante malas personas (Cersei no requiere más descripción, es malvada, y Jaime puede haber mejorado, pero recordemos que era un imbécil y casi asesino que tiró a Bran de la torre en Invernalia). Y con Tyrion ha sido especialmente cruel, incluso llegó a condenarlo a muerte sabiendo que no había cometido del crimen del que se le acusaba. ¡Ah! Y orquestó la boda roja.

¿Cómo muere? Herido por una ballesta a manos de su hijo Tyrion y sentado en un vater. No la muerte más honorable.

Grado de satisfacción: 6/10. Da un regustico ver a Tyrion por fin vengar años de maltrato y decirle las cosas a la cara, pero Tywin era un gran personaje y perderlo no fue del todo satisfactorio.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos
El padre del ser más malo de Juego de Tronos | Imagen vía HBO

Roose Bolton

Relaciones: Jefe de la casa Bolton. Señor de Invernalia. Padre de Ramsay Bolton.  

¿Por qué lo odiamos? Bueno, para empezar traicionó a la casa a la que le debía lealtad cuando participó en la boda roja para quedarse con Invernalia. Luego… bueno digamos que alguien que tiene como imagen de su casa a un hombre despellejado vivo no es alguien que vaya a caer bien en general.

¿Cómo muere? Acuchillado por su propio hijo, Ramsay. Sí, tampoco era un padre modelo… qué sorpresa.

Grado de satisfacción: 7/10. Su muerte deja al horrible Ramsay a cargo (y eso no es nada bueno), pero su muerte sigue siendo disfrutable. Alguna consecuencia tenía que tener la cobarde masacre de Starks en la boda roja.

 

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 1
Selyse Baratheon | Imagen vía HBO

Selyse Baratheon

Relaciones: Esposa de Stannis Baratheon. Madre de Shireen Baratheon. Seguidora empedernida del Señor de la luz.

¿Por qué la odiamos? Básicamente por ser la peor mamá del mundo (y en este mundo vive Cersei). Fanática religiosa, odia a su hija porque piensa que es un monstruo (la niña quedó marcada por un contagio de escama gris) y al final aprueba que la quemen viva en la hoguera para que su esposo gane una batalla y el trono.

¿Cómo muere? Viendo a su hija morir en dolor en la hoguera suelta un doloroso grito. Más tarde, consumida por la culpa, se cuelga de un árbol.

Nivel de satisfacción: 9/10. Vale, al final se arrepiente, pero su pobre y dulce hija igualmente murió de forma horrorosa por su culpa.

 

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo.
El otro bastardo | Imagen vía HBO

Ramsay Bolton

Relaciones: Hijo bastardo (luego reconocido) de Roose Bolton. Señor de Invernalia.

¿Por qué lo odiamos? Compite con Joffrey por la antorcha del más odiado de toda la serie. Es cruel y sádico a niveles indescriptibles. Tortura a Theon Greyjoy hasta convertirlo en algo menos que una persona. Tortura y viola a Sansa. Despelleja a la dama de compañía que trata de ayudar a Sansa. Mata, con sus perros a quienes mata de hambre para que sean salvajes, a su madrastra y hermanastro. Mata a Osha de una puñalada en el cuello. Mata a Rickon Stark frente a sus hermano Jon, tras jugar a lanzarle flechas a ver si logra escapar… en fin, queda claro.

¿Cómo muere? Tras perder la Batalla de los Bastardos es prisionero de Jon Snow y Sansa Stark en Invernalia. Sansa lo lleva donde sus perros, hambrientos y entrenados para matar, y lo amarra en la jaula en que los tiene. Y allí lo ve morir.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un asco de persona y aunque su muerte sea una salvajada que nadie se merecería es satisfactorio verlo morir a manos de Sansa.

 

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 2
El pedófilo de la serie | Imagen vía HBO

Meryn Trant

Relaciones: Miembro de la Guardia del Rey. Fiel a los Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cuando los Lannister hacen su jugada por el trono en la primera temporada, Trant busca a Arya, quien está entrenando con su maestro de esgrima, Syrio Forel. Forel la protege y Trant lo asesina (fuera de cámara, suponemos). Luego es quien acompaña a Joffrey y Sansa a ver la cabeza de Ned. Es también un testigo (que miente obviamente) en el juicio contra Tyrion. Y que no se olvide, su peor pecado, es un pedófilo.

¿Cómo muere? Después de pasar varios años como miembro de la lista de Arya la chica, que está en Braavos entrenando en la casa del Blanco y Negro, lo reconoce. Utilizando su magia de cambiar caras se hace pasar por una niña que le envían a Trant y cuando están solos revela su cara y procede a matarlo: le clava un puñal en ambos ojos y en el pecho y luego le corta la garganta.

Grado de satisfacción: 8/10. Su cara despreciable ha estado presente en muchos momentos horribles y si se le suma que antes de su muerte descubrimos que es un agresor sexual… pues el número se escribe solo.

 

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 4
Recuerdan quién fue el culpable de que Cersei caminara desnuda, este señor | Imagen vía HBO

Gorrión Supremo

Relaciones: Alto sacerdote de los siete. Responsable de la encarcelación de Loras y Margaery Tyrrell y  de Cersei Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cruel y fanático se adueñó del poder en Desembarco del rey a base de consignas dogmáticas y populismo (¿les suena?). Un inquisidor vestido con piel de cordero (o en este caso bata maloliente) utilizó su poder para acabar con la monarquía y tomar el poder en sus manos siempre defendiendo que lo hacía en nombre de dios. ¡Ah! Y no, como los inquisidores, no perdonaba tus pecados, aunque te humillaras completamente, siempre quería un castigo mayor.

¿Cómo muere? Cuando Cersei es sometida a juicio le queda sólo una opción (¿o es que no conocemos a Cersei?): En el septo de Baelor, reunidos para el juicio, están todos los nobles de la corte, la reina, su hermano y todos los hermanos de la orden de los gorriones. ¿Cersei y Tommen? No. Margaery logra ver su destino antes de que suceda y exige que le dejen salir de allí, que salgan todos de allí. Pero el Gorrión Supremo es supremamente arrogante y se cree invencible. Su muerte se da en medio de una gigantesca explosión de fuego valirio que acaba con el edificio.

Grado de satisfacción: 9/10. Era un fanático religioso cruel y violento, pero su arrogancia y su muerte conllevaron la de otros personajes queridos. Sin embargo, verlo desaparecer fue motivo de celebración.

 

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 2
Frey, la mente macabra detrás de la boda roja | Imagen vía HBO

Walder Frey

Relación: Señor de Los gemelos. Ejecutor de los asesinatos de la boda roja.

¿Por qué lo odiamos? Además de tener un despreciable, y al parecer no tan poco común en los Siete Reinos, por las esposas niñas; es quien asesina a Robb Stark, su esposa embarazada y Kathelyn Stark (junto a todo su ejército) cuando les ofrece una tregua de paso por su tierra y les invita a la que luego se llamará la boda roja.

¿Cómo muere? A manos de Arya Stark, que le corta la garganta disfrazada de una de las niñas a las que manosea cuando le sirven el vino, no sin antes revelarle su identidad, y tras comer un pastel de carne elaborado con los cadáveres de sus hijos.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un hombre repugnante y cobarde. Y nunca sintió arrepentimiento.

 

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 3
Meñique, la muerte impactante de esta última temporada | Imagen vía HBO

Littlefinger

Relación: Amigo de la infancia de Kathelyn Stark. Miembro del Consejo del rey. Traidor a Ned Stark. Prometido de Lysa Arryn. Señor protector del Valle.

¿Por qué lo odiamos? ¿Por dónde empezar? Este tipo, el mayor manipulador de todos los Siete Reinos, ha conspirado y traicionado a todos. Por su culpa comenzó la guerra entre Starks y Lannisters, por su culpa murió Ned, por su culpa Sansa fue culpada de matar a Joffrey y fue quien la casó con Ramsay Bolton, por su culpa murió Lysa Arryn, conspiró para asesinar a Jon Arryn… y esos con sólo algunas de sus culpas.

¿Cómo murió? Las hermanas Stark, junto a Bran, utilizaron sus propias armas contra él: manipulación y engaño, y cuando estaba convencido de haber ganado otra conspiración para separar aliados (en este caso a las Stark) su propia estrategia se devolvió a morderlo…o mejor, a matarlo. Tras acusarlo de sus crímenes, y obtener corroboración de un omnipresente Bran, Sansa lo condenó a muerte. Y allí, rodeado de sus soldados y los de los Stark, suplicante y llorón, murió a manos de Arya Stark, observado por los niños de la familia a la que hizo tanto daño.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un personaje de los peores y su culpabilidad en básicamente todo lo malo que ha pasado en la historia (“el caos es una escalera”) lo convierten en una muerte deseada hace años. Bien que fuese como fue.

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