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Cultura

La metáfora del ajedrez: peones que soñaron con ser damas o apostar la vida a un ideal

En ‘El peón’, Paco Cerdà explora la perversidad con la que las grandes estructuras manejan a los seres humanos.

La metáfora del ajedrez: peones que soñaron con ser damas o apostar la vida a un ideal
Purificació Mascarell Cedida por la editorial

Como dice Paco Cerdà, escritor de El peón (Pepitas de Calabaza), “el ajedrez es casi la metáfora de la vida”. En el tablero de nuestra existencia todos sabemos qué movimientos podemos realizar bajo las normas establecidas, incluso aquellos que podemos/debemos llegar a subvertir. Haciendo uso de esta perfecta metáfora, Cerdà ha tomado la partida que disputaron Arturito Pomar, un peón del régimen franquista que fue alabado y desprestigiado en pocos años, y Bobby Fisher, peón utilizado por la maquinaria capitalista estadounidense como arma intelectual contra los soviéticos en plena Guerra Fría y que luego fue perseguido por su propio país, para crear un libro en el que mostrar las hazañas de personas que se jugaron la vida para asentar el mundo en el que vivimos hoy. Así, intercalando capítulos de esa histórica partida, se cuelan luchas raciales en Estados Unidos, maquis antifranquistas o mujeres del Women Strike for Peace. Es decir, aquellos peones que soñaron con ser damas.

¿Es el ajedrez una buena metáfora de la vida?

Sí. Yo diría que es casi la metáfora por definición. En muchos sentidos. Todos somos una pieza en este mundo tan acotado como el del tablero, con unas normas que nos han venido impuestas y que a veces nos constriñen y otras nos permiten una creatividad mágica.

Una de esas piezas que parece que no tiene importancia, ni en el tablero ni en la vida, es el peón. Parece que únicamente son utilizados por el rey.

Como declaración de intenciones, en las primeras páginas del libro pongo dos frases que describen muy bien lo que quiero exponer: “Los peones son el alma del ajedrez”, frase dicha por Danican Philidor, uno de los mejores ajedrecistas del S. XVIII, y: “Si la partida tiene un destino, ellos son los juguetes del destino; si bien a veces, por ironía, el destino depende de ellos”, frase dicha por Ezequiel Martínez Estrada, otro grande aunque poco conocido.

Esas ideas he querido reflejar en este libro: muchas veces la Historia presta poca atención al peón, a la persona que se sacrifica por una causa colectiva, y se fija más en esos reyes que movieron esas piezas. Justamente ese olvido he querido compensarlo abordando la historia de Arturito Pomar, un peón del régimen franquista, y la historia de Bobby Fisher, un peón a su pesar del todopoderoso capitalista Estados Unidos en la Guerra Fría. También la vida de numerosos peones que en el año 62 fueron fundamentales para entender las luchas de aquel momento.

Es curiosa la historia de Arturito Pomar, ya que fue un peón utilizado por el régimen, pero que en su momento cumbre fue olvidado.

Exacto. Más que una figura del régimen, fue una figura utilizada por el régimen. Para ellos fue como un trébol de cuatro hojas: en aquella España de pobreza, miseria, blanco y negro, que simbolizaba lo contrario a la inteligencia y al talento, el niño Arturito fue una baza muy importante en dos sentidos: para el interior, ya que a través del NO-DO había un niño que representaba la España que Franco quería proyectar, y, hacia el exterior, a través de los torneos internacionales se forzó la imagen de que en España también había grandes genios y proeza de la inteligencia.

Luego se comprobó que ni les interesaba Pomar ni el ajedrez. Como dices, en el momento de su carrera en el que se podía clasificar para el campeonato del mundo de ajedrez, lo dejaron abandonado y no se preocuparon por él. Era un simple funcionario de Correos que tuvo que pedirse días para disputarlo. Cualquier gobierno a día de hoy estaría orgulloso de tener una figura así.

La metáfora del ajedrez: peones que soñaron con ser damas o apostar la vida a un ideal
Imagen vía Pepitas.
Muestras ese contraste a través de documentación de los periódicos.

Todo el libro parte de la premisa de no-ficción, de hechos reales. La documentación de la época es muy interesante para mostrar esa pomposidad de los primeros momentos de la carrera de Arturito Pomar, que queda con los años traducida a lenguaje telegráfico y seco en las páginas de ABC. Es decir, lo que en un momento era oropel y brillo, al final no fue más que marginalidad.

Esta vida de Pomar, parece que sigue la misma línea que la de Bobby Fisher: una figura que fue utilizada por Estados Unidos para mostrar su fuerza contra la Unión Soviética, pero que al final es perseguida.

Es muy similar y muy diferente a la vez. Es una leyenda del ajedrez, un peón de la Guerra Fría que fue casi obligado a jugar contra el ruso Spassky en el 72 porque debía servir a la patria, jugar un papel diplomático. Posteriormente no fue olvidado como Pomar, sino que fue perseguido por su propio país: Estados Unidos emitió una orden de búsqueda y captura porque disputó una partida en Yugoslavia en plena guerra en el 92. Circunstancias de la vida, acaba siendo un fugitivo que es detenido, encarcelado, posiblemente torturado… y finalmente muere en Islandia.

Aunque los dos quisieron dedicarse al ajedrez, no pudieron separarse de la instrumentalización política que sus propios reyes, Franco y Estados Unidos, hicieron de sus figuras. Esa frase de Borges “¿Qué dios detrás de dios la trama empieza?” viene a decir que detrás de los peones, siempre hay una sombra que hace que cumplan su papel. Aunque puede ser que los peones rompan con su destino. Y ese es el interés del libro: mostrar cuándo esos peones han roto su destino y el precio que pagan por ello. Pero sin ellos no se entiende la partida.

Aparte de estas dos figuras, hay otros muchos peones que insertas en el libro. Esos peones que al igual que Pomar y Fisher, llegaron a soñar ser damas.

En realidad, la partida Pomar-Fisher es un pretexto; el ajedrez, una invitación a contar el meollo del libro: el papel de numerosas personas poco conocidas en muchos casos que se entregaron creyéndose que podían metamorfosearse en damas. Por ejemplo, personas negras que dieron todo por transformar el devenir de su raza y que acabaron pagándolo con su propia vida, con cárcel. También peones antifranquistas que se creyeron capaces de subvertir un régimen, pero que obtuvieron exilios dolorosos, cárceles frías y horrendas, asesinatos…

Eso deja un doble regusto: por un lado de admiración por el convencimiento de unos ideales que llevaron a esas personas a querer disputar esa partida. Pero por otro lado el regusto amargo de la reflexión: ¿compensa, vale la pena? Solo tenemos una vida. En torno a esas coordenadas tan ajedrecísticas del sacrificio, de la ilusión de convertirse en más de lo que uno está destinado a ser, de la caracterización de la debilidad del peón… en torno a esas coordenadas he intentado desfilar a muchos personajes de la historia.

Como bien dices, más que ajedrez, habla de historias de lucha.

Sí. Habla de luchas personales, de luchas políticas que están, por desgracia o por fortuna, tan de moda ahora mismo en Estados Unidos como es la causa negra. Por el libro aparecen historias de personas negras que lucharon por cambiar la historia de su pueblo. Personas como James Meredith, el universitario negro que consiguió romper con la segregación en la universidad por primera vez en Misisipi y tiene que aguantar que le hagan la vida imposible por estudiar. Algo que ahora parece normal, en aquel momento era revolucionario. Ves todo el sacrificio y todo su desgaste, pero también su firmeza para abrir el camino a todos los peones que vinieron después y que se encontraron una vida más fácil que él.

También la vida de Blanche Posner y todas las mujeres pacifistas del movimiento Women Strike for Peace. Ese movimiento que quiso desafiar a una visión militarizada como era y es la de Estados Unidos. En fin, muchos peones desconocidos del año 62 para muchos de nosotros, que muestran qué estaba pasando en diferentes tableros.

En esta línea que comentas del compromiso de algunos peones, llama la atención la figura de Marcos Ana: el prisionero que mayor tiempo estuvo en la cárcel durante el franquismo. Y que, cuando salió, todavía tenía fuerzas para seguir luchando.

Esa frase que dice él: “Si viviera de nuevo esta vida, volvería a hacer lo mismo”. Y sí, ha sido la persona que más tiempo ha estado en prisión durante el franquismo. A él que se le privó de tantas cosas como el amor y, aún así, seguiría haciendo lo mismo. Ese tipo de reacciones, ese comportamiento heroico diría yo, es lo que me llevó a bucear en estas historias. Intentar comprender el por qué.

Pero aparte de personas que se movían por compromisos políticos, también hablas de aquellos que, como Pomar, fueron utilizados para blanquear los regímenes. Me refiero, por ejemplo, a Marisol, Joselito o Marilyn Monroe.

Sí, fueron utilizados para blanquear, pero también para entretener a las masas, para divertirlas en el sentido etimológico de la palabra di-vertir, de enfocarlas hacia otro lado. Son juguetes de usar y tirar, las secuelas quedan en ellos. Pero el circo romano pide eso. Ese lado personal y no sólo político es otro de los ejes del libro: la perversidad con la que las grandes estructuras manejan a los seres humanos. ¿Sirve? Pues a por él.

Esto ayuda a hacer una idea de los peones: de sus victorias, de sus fracasos, de todos los movimientos que pueden hacer en el tablero.

Y te pregunto yo a ti. ¿Qué lectura sacas de esa observación?

Me pregunto hasta qué punto sirve. Porque tú pones muchos ejemplos de personas cuya lucha ha servido para algo. Pero, ¿cuántas luchas se quedaron en nada y no tuvieron reconocimiento?

Totalmente. Al final la conclusión a la que podemos llegar es que hay que estar hecho de una pasta especial. No es tanto la causa. Aquí se habla de la causa negra, de maquis, de universitarios… pero también del falangista Ramón Urdiales que en pleno Valle de los Caídos lanza una bomba verbal y retórica contra Franco. No me importa en este caso el sentido de sus ideales, sino ver la adhesión emocional a esa causa. Esa voz que grita “Franco eres un traidor” porque le vendieron que iba a producirse una revolución joseantoniana y ha visto que el franquismo se ha convertido en algo casi tecnócrata, completamente conservador y que busca eternizarse en el poder. Ese hombre falangista grita eso y uno se dice que hay que tener cojones para hacer eso. Que tomen nota tantos que dicen hoy defender ideologías.

A lo mejor, la fuerza está en que, como dices para describir las partidas de ajedrez, “al final peones y reyes acaban todos en la misma caja”.

Esa reflexión tan existencialista puede dar empuje para cometer proezas, pero al mismo tiempo puede ser un instigador hacia el nihilismo: si al final vamos a acabar en una caja, ¿voy a desperdiciar los años que me han dado en este mundo de forma que sólo tenga preocupaciones? Esa reflexión puede funcionar hacia ambos lados. Es difícil el equilibrio para el común de los mortales. Por eso, más que un libro de tesis, me gusta pensar que El peón es un libro que plantea muchas preguntas en torno a cómo vivir o a cómo entender las vidas de quienes han hecho que tengamos el mundo que tenemos porque se han sacrificado por determinadas causas cuyos resultados que disfrutamos todos los demás. 

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