El refugio de Eugenia Martínez de Irujo en la campiña de Jerez no tiene las vistas de Liria, pero está rodeado de campo y animales
La hija de la duquesa de Alba se ha escapado, en varias ocasiones, hasta este punto de la geografía andaluza

Eugenia Martínez de Irujo junto a Narcís Rebollo. | EP
Eugenia Martínez de Irujo, tras la muerte de su madre, disfruta de varias de sus posesiones. Probablemente, la más especial siempre ha sido el Palacio de Liria, donde su madre pasó los mejores momentos de su vida. También, le dejó el Palacio de Dueñas, un rincón de lo más importante en la capital hispalense, donde siempre encontró su refugio frente a las tormentas. Más allá de estas dos posesiones, Eugenia sigue disfrutando de otros lugares que no tienen tan solemnidad como un palacio. Es el caso, por ejemplo, de Las Mesas, una finca en la campiña de Jerez, a la que se ha escapado en alguna que otra ocasión y que está rodeada de campo y animales.
Este lugar no pertenece históricamente al patrimonio de la Casa de Alba, sino que tanto ella como su marido han pasado por ahí en numerosas ocasiones. Sin embargo, Eugenia Martínez de Irujo la ha adoptado por completo como su segunda casa en el sur, transformándola en un oasis de desconexión rural y ecuestre. La finca se encuentra en una ubicación estratégica, rodeada de los paisajes típicos de la campiña gaditana, jalonada por viñedos y campos de cultivo. Para Narcís Rebollo, nacido en Figueras (Gerona), Jerez se convirtió en su patria adoptiva hace años debido a su profunda vinculación profesional y personal con el mundo del flamenco y los artistas de la zona.
Así es la bonita finca de Eugenia Martínez de Irujo y Narcís en la campiña de Jerez

Si hay algo que hace que Eugenia adore de la zona es que es la cuna del caballo cartujano y la cultura ecuestre. La finca cuenta con unas instalaciones hípicas fantásticas: cuadras, picadero y boxes de primer nivel. Eugenia, que heredó de su madre la pasión por la hípica y es una excelente amazona, encuentra allí el escenario perfecto para montar a caballo por el campo en total libertad. Es muy habitual verla compartir en sus redes sociales vídeos e imágenes cepillando, alimentando o paseando a lomos de los caballos de la finca, a los que trata con el mismo cariño que a los animales que tiene rescatados en Sevilla.
Se trata de un caserío de campo andaluz tradicional pero adaptado a las comodidades modernas. El jardín cuenta con un espectacular porche cubierto de vegetación, con vigas de madera vista y decorado con muebles de enea y textiles alegres, donde pasan las horas leyendo, pintando o escuchando música. Además, toda la vivienda está rodeada de un frondoso jardín con olivos centenarios, palmeras y una preciosa piscina ideal para cuando hay que enfrentarse a las altas temperaturas —es decir, en la mayoría de ocasiones en los meses de verano—. El refugio, propiedad de la familia López de Carrizosa, destaca por su historia, que se remonta a finales del siglo XVI.
Por allí, han pasado infinidad de nombres de la cultura y la música. Las reuniones en los jardines de la finca suelen terminar con guitarras, cante jondo y cenas eternas bajo las estrellas, siempre con la máxima discreción y completamente blindados de la prensa del corazón. Para Eugenia y Narcís, es el lugar perfecto para combinar sus dos grandes pasiones: el arte y la vida en el campo. La campiña jerezana es una de las comarcas más singulares, ricas y visualmente impactantes de toda Andalucía. Ocupa una inmensa extensión de terreno que rodea a la ciudad de Jerez de la Frontera —en la provincia de Cádiz— y es famosa en el mundo entero por ser el motor de tres grandes pasiones universales: el vino, el caballo y el flamenco.
Un espectacular enclave rodeado de naturaleza y animales
El rasgo físico más característico de la campiña es su suelo, compuesto por la famosa tierra albariza. Es una roca caliza, de un color blanco deslumbrante durante los meses de verano, que tiene una propiedad mágica para la agricultura: funciona como una esponja natural. Durante el lluvioso invierno andaluz absorbe toda el agua y, cuando llega el seco y abrasador verano, crea una costra exterior que retiene la humedad en las capas profundas, permitiendo que las raíces de las uvas Palomino —con las que se hace el Vino de Jerez— sobrevivan y den un fruto excepcional.

El paisaje de la campiña jerezana es una sucesión infinita de lomas onduladas. Dependiendo de la época en la que la visites, la estampa es completamente distinta. El primavera podemos observar un manto verde brillante y explosivo debido al crecimiento de las vides y los campos de cereal. Tras la vendimia, la tierra se vuelve de un blanco cegador —por la albariza— salpicado por los tonos tostados del sol. El contraste de las viñas alineadas con los míticos caseríos y viñas —las casas de campo tradicionales con fachadas encaladas— es de una belleza poética. La campiña jerezana no se entiende sin la figura del caballo. Estas tierras albergan algunas de las yeguadas más importantes del mundo, destacando la estirpe del caballo cartujano —criado originalmente por los monjes de la Cartuja de Jerez en el siglo XV—.
Hoy en día, la campiña jerezana ha sabido reconvertirse. Muchos de esos antiguos cortijos señoriales y casas de viña se han transformado en hoteles boutique de super lujo o en residencias privadas de alta gama. Sin duda alguna, comparar la finca con el Palacio de Liria es adentrarse en dos mundos que son totalmente distintos. El Palacio de Liria es una de las residencias privadas más imponentes y valiosas del mundo. Es un palacio urbano del siglo XVIII de estilo neoclásico —el hermano madrileño del Palacio de Oriente—. Funciona como la sede de la Fundación Casa de Alba; gran parte es un museo que alberga obras de Goya, Velázquez, Rubens o Tiziano, además de los diarios de a bordo de Crisetóbal Colón. Es un lugar solemne, protocolario y regio. Su residencia oficial está en manos del actual duque de Alba —Carlos Martínez de Irujo, hermano de Eugenia—.
No tiene vistas a Liria, pero es su refugio más especial
Por su parte, las fincas son hogares de campo reales y funcionales. No hay obras de arte del siglo de oro custodiadas por vigilantes ni turistas haciendo cola. Son espacios donde se hace vida familiar de verdad, se pisa el suelo con barro, se cocina de forma informal y se busca la intimidad total. En el Palacio impera la rigidez del patrimonio histórico: tapices medievales, lámparas de cristal de roca, cuberterías de plata heráldica, suelos de mármol y retratos de antepasados con armadura. Todo debe respetar una estética inalterable. En todas sus fincas, Eugenia Martínez de Irujo ha dado rienda suelta a sus pasiones, utilizando loza colorida y mantelerías alegres; en lugar de muebles Luis XV, prefiere sofás de mimbre, textiles étnicos, alfombras de colores y sillas desparejadas. Incluso tiene su propio piso privado en un edificio anexo que da a los jardines de Liria, y lo ha reformado por completo con este mismo estilo desenfadado, huyendo de cualquier atmósfera sobrecargada.
En Liria los animales forman parte de la estética de los jardines versallescos de inspiración francesa —aunque a veces Eugenia se lleve allí a pasear a sus perros o a su nuevo cerdito Gordi, rompiendo un poco el protocolo del perfecto césped cortado—. En sus fincas, el espacio es literalmente un santuario de rescate. Allí, los animales —con burros, cerdos, perros y caballos— conviven con ella en libertad absoluta. Es su hábitat natural, donde no tiene que preocuparse de si un caballo estropea un parterre diseñado en el siglo XVIII.
Liria es el escenario de las grandes galas de la alta sociedad madrileña, las puestas de largo, los eventos culturales de élite y las recepciones oficiales. Las fincas son el búnker donde Eugenia y su marido, Narcís Rebollo, reúnen a artistas flamencos, guitarristas y amigos íntimos para celebrar cenas informales en el porche, cantar bajo las estrellas en vaqueros y alpargatas y montar a caballo por la campiña sin un solo paparazzi a la vista. Sí que es cierto que, además, ambos tienen establecida su residencia habitual en uno de los pisos que dan al jardín de Liria, por lo que aunque no viven dentro de sus muros, sí que siempre están en contacto con esa pequeña parte que la duquesa dejó en la tierra tras su marcha.
