Historia, relato y poder: quién cuenta el pasado en América Latina
Las dictaduras no solo secuestran el presente; también el pasado, y una democracia verdadera necesita liberar ambos
En este episodio de Las dos orillas, Manuel Burón, Douglas Castro, Luz Escobar y Julio Borges se adentran en un tema decisivo para entender la política latinoamericana: el uso del relato histórico como herramienta de poder. La conversación parte de una pregunta aparentemente académica, pero profundamente política: ¿cómo se cuenta la historia oficial en países como Nicaragua, Cuba y Venezuela? A partir de ahí, el programa muestra cómo las dictaduras y los proyectos populistas no solo reprimen el presente, sino que también reescriben el pasado para legitimarse, dividir a la sociedad y presentarse como culminación inevitable de una supuesta lucha de liberación.
Desde Nicaragua, Douglas Castro describe el relato dominante del sandinismo como una caricatura ideológica que simplifica toda la historia nacional en un mismo esquema: primero España como invasor, luego Estados Unidos como imperialismo sustituto y, finalmente, el sandinismo como redentor. Para Castro, esa narrativa borra deliberadamente la complejidad histórica del país y hasta niega algo elemental: que Nicaragua, como el resto de Hispanoamérica, forma parte de Occidente, aunque sea desde una periferia histórica y desigual. El problema no es solo la deformación del pasado, sino su uso como arma cultural para dividir entre «patriotas» y «vendepatrias», «pueblo» y enemigos. La historia se convierte así en un instrumento político para fracturar la sociedad.
Luz Escobar, al abordar el caso cubano, explica cómo Fidel Castro convirtió la historia nacional en una línea recta que desembocaba gloriosamente en la Revolución de 1959. En esa versión oficial, todo lo anterior aparecía como corrupción, dependencia, desigualdad o fracaso, mientras que el castrismo se presentaba como punto culminante de las luchas independentistas y republicanas. Para sostener esa operación simbólica, Castro secuestró figuras como José Martí, apeló obsesivamente al antiimperialismo y redujo décadas enteras de vida republicana a una caricatura. Escobar subraya que el resultado fue devastador: generaciones enteras crecieron bajo una historia adulterada, enseñada en la escuela, repetida en discursos interminables y naturalizada como verdad nacional.
Julio Borges lleva esa reflexión al caso venezolano con una formulación potente: Chávez llegó con un «diccionario gigante» que Venezuela terminó hablando durante 25 años. En su relato, los enemigos de Bolívar seguían siendo los enemigos del presente; los oprimidos de hace dos siglos eran los mismos oprimidos de hoy; y la llamada IV República pasó a ser narrada como un infierno moral e histórico. Así, la historia dejó de ser explicación para convertirse en dispositivo de fractura nacional. Borges conecta esa operación con la idea de Orwell en 1984: quien controla el pasado controla también el presente y el futuro. En el caso venezolano, esa manipulación no solo redefinió el lenguaje político, sino también la identidad misma del país.
Los cuatro participantes discuten un fenómeno común en América Latina: la historia como relato de liberación permanente. Desde las independencias hasta las revoluciones del siglo XX, pasando por la teología y la pedagogía de la liberación, muchas narrativas nacionales han sido estructuradas como una sucesión de emancipaciones inacabadas. Burón recuerda incluso el gesto simbólico de Hugo Chávez cuando regaló a Barack Obama Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano: un libro que condensó como pocos la idea de que la historia regional ha sido, sobre todo, la historia de un saqueo continuo. El problema, señala el programa, no es solo que ese relato exista, sino que se utilice para justificar nuevas formas de poder personalista y autoritario.
En uno de los tramos más interesantes del debate, Luz Escobar reivindica la necesidad de recuperar períodos de la historia cubana que el castrismo quiso borrar o degradar, como las décadas de 1920 a 1950, básicamente para devolverles sus matices: modernización, vida cultural intensa, reformas, conflictos sociales, desigualdades y también construcción nacional. El mensaje es claro: la historia no puede seguir contándose en blanco y negro. Lo mismo ocurre con Nicaragua o Venezuela, donde los relatos oficiales han convertido derrotas en victorias, represión en paz y monopolio del poder en «soberanía popular». En ese sentido, el programa advierte que una futura transición democrática no solo tendrá que cambiar gobiernos, sino también reconstruir la memoria pública.
El cierre del episodio deja una reflexión de fondo: si algún día Cuba, Venezuela o Nicaragua transitan plenamente hacia la democracia, no bastará con recuperar instituciones. Habrá que escribir libros, hacer documentales, abrir archivos, escuchar testimonios y disputar el sentido del pasado. Borges cree que en Venezuela persistirá durante mucho tiempo una pugna por la interpretación del chavismo, como ocurre todavía con el peronismo en Argentina. Escobar, por su parte, sostiene que en Cuba será imprescindible contar tanto la historia manipulada por Fidel como la historia silenciada de estos casi setenta años. Las dictaduras no solo secuestran el presente; también secuestran el pasado, y una democracia verdadera necesita liberar ambos.


