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Internacional

Ciudad de México recibe el Mundial entre bloqueos, protestas y parálisis urbana

La CNTE cerca el Zócalo en vísperas del estreno y obliga al Gobierno de Sheinbaum a adoptar medidas excepcionales

Ciudad de México recibe el Mundial entre bloqueos, protestas y parálisis urbana

Bloqueo policial en Ciudad de México con motivo de las protestas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. | Josué Pérez (EP)

Llevo más de 50 años viviendo en la Ciudad de México y, sinceramente, hoy me cuesta trabajo reconocerla. La capital mexicana ha sido siempre un torrente incontrolable de ruido y vitalidad, pero en estas últimas horas ofrece una estampa desconcertante.

El primer cuadro de la urbe, el corazón histórico que debería vibrar con la tercera Copa Mundial de Fútbol que organiza el país, presentaba —al momento de escribir estas líneas— un vacío fantasmal que irremediablemente evocaba los peores días de la pandemia. Las tiendas permanecían cerradas, las persianas metálicas estaban echadas y el silencio reinaba donde debió haber una fiesta internacional.

Hace exactamente 40 años, en 1986, México fue sede de su segundo Mundial. El país entero, y muy especialmente su capital, venía de encajar el golpe brutal de los terremotos de 1985 y arrastraba una crisis económica profunda y asfixiante. Sin embargo, nada parecido a lo que presenciamos hoy se vivió entonces. En aquella ocasión, la tragedia y la escasez se superaron con un espíritu de hospitalidad y un orgullo nacional que desbordó las calles. Hoy, a tan solo 24 horas del silbatazo inicial, la atmósfera estaba copada por la tensión, el blindaje policial y el colapso urbano.

El epicentro de este sinsentido era el emblemático Zócalo, lugar donde se fundó esta ciudad hace más de 700 años. La FIFA instaló allí el fastuoso Fan Fest, el espacio público destinado a que miles de aficionados locales y extranjeros —principalmente aquellos que no pudieron adquirir un boleto— disfrutaran de las transmisiones y del ambiente festivo.

Pero la plaza pública estaba desierta para el aficionado común. Días antes del torneo, los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) intentaron irrumpir por la fuerza en el lugar. Tras ser repelidos por los cuerpos de seguridad, los docentes optaron por una estrategia de asfixia: levantar campamentos permanentes y bloquear las arterias vitales que confluyen en la plaza, como la avenida 20 de Noviembre, la calle 5 de Mayo y el emblemático paseo peatonal de Madero. El resultado era devastador: casi nadie podía pasar. Los seguidores del fútbol contemplaban las vallas a la distancia, despojados de su acceso al Fan Fest, mientras el comercio local desangraba sus finanzas por la imposibilidad de abrir.

Escribo estas líneas al mediodía del miércoles 10 de junio —hora mexicana—, una fecha de honda y trágica significación para la memoria colectiva del país. Se cumple el 55.º aniversario de la masacre del 10 de junio de 1971, el llamado «Halconazo», aquel jueves de Corpus en el que una manifestación estudiantil fue salvajemente reprimida por policías vestidos de civil y paramilitares armados con varas de kendo. Este peso histórico no es un dato menor; explica de manera nítida el nudo ideológico que mantiene de manos atadas al Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum y a la jefa de Gobierno de la ciudad, Clara Brugada. Ambas se nutren políticamente de aquellos movimientos estudiantiles de izquierda y, ante el temor reverencial de ser tildadas de «represoras», han permitido que la autoridad se disuelva.

En su discurso cotidiano, la presidenta Sheinbaum ha caído en un evidente enredo conceptual. Ha confundido de manera sistemática la represión con la simple y llana aplicación de la ley. Bajo la premisa de no usar la fuerza pública para desactivar protestas, el Estado ha abdicado de su obligación de garantizar el orden y el libre tránsito. Es una parálisis gubernamental que la CNTE conoce a la perfección.

Este gremio radical —enfant terrible del SNTE, el sindicato magisterial oficial— lleva 40 años practicando la extorsión callejera como método infalible para arrancar al erario ventajas económicas, plazas automáticas y privilegios gremiales.

Hace diez años, en junio de 2016, la hoy presidenta de México celebraba las movilizaciones que realizaba entonces la Coordinadora por las calles de la Ciudad de México. «No están solos», escribió. «Viva la lucha de los maestros de México». Las demandas actuales de la CNTE —que van desde aumentos salariales desproporcionados hasta la derogación completa de reformas educativas y laborales— se imponen mediante el secuestro de la movilidad ciudadana, cosa que hoy no complace a Sheinbaum y la conduce a la suspicacia. El habitual menosprecio de estos manifestantes por lo público ha escalado tanto que, en los días previos, la propia jefa de Gobierno capitalina tuvo que cancelar diversas presentaciones y eventos institucionales ante el asedio de las marchas.

Pero los maestros no están solos en el asfalto. Al olor de la vitrina internacional que supone el Mundial, otros colectivos han decidido sumarse al bloqueo como altavoz de sus legítimas o desesperadas causas. Los colectivos de familiares que buscan a personas desaparecidas, así como diversos grupos de jubilados descontentos con sus pensiones, campesinos, transportistas e incluso trabajadores sexuales, también han estrangulado las calles de la metrópoli. En México se ha impuesto la nefasta costumbre de que cualquier conflicto, cualquier reclamo —justificado o no— o cualquier ambición de canonjías debe resolverse mediante el chantaje del bloqueo callejero. El marco de la Copa del Mundo se ha convertido en el rehén perfecto.

La parálisis de la movilidad urbana no solo ha afectado a los turistas extranjeros que ya pueblan los hoteles de la zona metropolitana, sino que castiga con dureza el día a día de los millones de habitantes que intentan llegar a sus puestos de trabajo o abrir sus pequeños negocios. Hay una notoria falta de gobernabilidad que se respira en cada esquina.

Mientras tanto, los contingentes de la policía se despliegan en puntos neurálgicos, limitándose a contener y formar barricadas humanas para impedir que las marchas avancen hacia el Fan Fest o a cercar los accesos al Estadio Ciudad de México, llamado así para efectos de esta justa mundialista. El mítico e histórico Estadio Azteca ha concentrado las miradas del planeta por ser el único en el mundo que ha albergado tres inauguraciones de la Copa.

Ante la innegable evidencia del colapso, la respuesta oficial se ha refugiado en la descalificación. El martes 9 de junio, la presidenta Claudia Sheinbaum utilizó su conferencia diaria para acusar frontalmente a los medios de comunicación y a la oposición política de propalar deliberadamente la idea de que hay un «caos» en México con la única intención de empañar un evento internacional largamente preparado. Según la mandataria, se trata de una estrategia de provocación orquestada por sectores de la ultraderecha. «Los extremos se juntan y quieren dar una idea de que hay caos, de que hay problemas», afirmó textualmente, sosteniendo que en el país «no hay un asunto que tenga que ver con un descontento social, no existe».

Lo curioso es que la mandataria tache a la CNTE de ultraderechista cuando esta aboga por la revolución socialista y adorna su logo con la efigie de guerrilleros caídos, como Lucio Cabañas, quien murió en un combate con el Ejército en 1974. Más incomprensible aún cuando hasta hace pocos años era una sólida aliada del movimiento político que hoy gobierna el país.

Sin embargo, los hechos contradicen la narrativa oficial de normalidad. Ese mismo martes, ante la gravedad de los problemas de transporte y movilidad que se anticipaban en las inmediaciones del coloso de Santa Úrsula y las principales arterias de la capital, el Gobierno federal publicó un decreto extraordinario en el Diario Oficial de la Federación. El documento ordenó de manera obligatoria el trabajo a distancia —home office— para la burocracia de la Administración pública federal en la Ciudad de México y determinó la suspensión total de clases en todos los niveles educativos dependientes de la Secretaría de Educación Pública durante la jornada del jueves 11 de junio. Asimismo, lanzó un exhorto prioritario a las empresas privadas y corporativos para que adoptaran la misma modalidad remota.

Si el país gozara de una paz inquebrantable, no habría habido necesidad de confinar administrativamente a la capital del país el día de su gran estreno ante el mundo.

El miércoles, Sheinbaum admitió que era probable que el Fan Fest del Zócalo no abriera y que, si ese era el caso, ella tendría que ver el partido en otro lado, como en alguno de los sitios que había dispuesto el Gobierno de la Ciudad de México para que la gente pudiera ver los partidos de forma gratuita.

Fue realmente surrealista escuchar que la presidenta de México —quien desde hace rato dijo que no acudiría a los estadios, presumiblemente para evitar un abucheo como el que se llevaron sus antecesores en 1970 y 1986— no supiera dónde iba a ver la inauguración y el primer partido de la Copa, en el que se enfrentarían las selecciones de México y Sudáfrica. Había siete manifestaciones previstas para esa jornada, casi todas en la zona sur de la ciudad, donde se encuentra el estadio.

Ayer jueves debió rodar por primera vez el balón en el Mundial e iniciarse la gran fiesta del fútbol. Sin embargo, salvo que haya ocurrido un arreglo de última hora en la mesa de negociación —un pacto contrarreloj en el que el Gobierno cedió a las habituales exigencias económicas de la CNTE—, todo hacía prever que el panorama para los asistentes a la inauguración sería una carrera de obstáculos.

Como sea, los aficionados locales y los miles de seguidores españoles y de otras latitudes que han cruzado el Atlántico verán un México en el que la fiesta no es para todos y quizá tengan que atestiguarlo sorteando bloqueos, rodeando campamentos y caminando largas avenidas entre vallas policiales para poder llegar al estadio.

La capital mexicana, esa urbe inigualable, entra en su tercer Mundial irreconocible, atrapada entre el escaparate de la modernidad global y el laberinto de sus propias e irresueltas tensiones políticas.

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