La simulación mundialista en México: sermones de austeridad y placeres de primera clase
La Copa del Mundo manifiesta la enorme distancia que separa la estética de la escasez predicada por Morena

Protestas en Ciudad de México durante la ceremonia de inauguración de la Copa del Mundo. | Carlos Tischler (EP)
La discusión sobre el precio de los boletos para el Mundial de fútbol en México ha encendido el debate sobre la coherencia política y los privilegios. La locura de la reventa ha alcanzado cotas inverosímiles, con entradas que rozan los 120.000 pesos mexicanos, el equivalente a más de 5.000 euros, una cifra prohibitiva para la inmensa mayoría de la población.
En este escenario, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, tomó la decisión de no asistir a los partidos del torneo. Aunque en un principio sus portavoces evitaron vincular directamente esta ausencia con el desorbitado coste de los accesos, la decisión no tardó en interpretarse bajo una óptica estrictamente política. Para muchos analistas y ciudadanos, el verdadero motivo de su ausencia fue el temor a convertirse en el blanco de un abucheo monumental en un estadio abarrotado.
La memoria histórica mexicana guarda un registro muy nítido de este fenómeno: los expresidentes Gustavo Díaz Ordaz y Miguel de la Madrid sufrieron sonoras y humillantes pitadas populares durante las ceremonias de inauguración de los Mundiales de 1970 y 1986, respectivamente. Ante el riesgo de replicar esas traumáticas imágenes en televisión internacional, la estrategia más segura parecía ser la de ver los partidos desde el despacho.
Originalmente, Sheinbaum pensaba seguir la inauguración del Mundial y el partido de debut entre México y Sudáfrica en el FIFA Fan Fest instalado en el Zócalo, pero, hasta última hora, este permaneció cerrado por los bloqueos que instalaron en el centro de la capital los profesores en paro.
Impedida de acudir allí, la mandataria debió cambiar de plan. Su equipo evitó dar a conocer con anticipación el lugar exacto desde donde vería el encuentro, manteniendo el secreto hasta unos minutos antes del silbatazo inicial. Esta extrema discreción respondió, aparentemente, a una estrategia para evitar que los manifestantes que en esos días protestaban activamente en las calles de la Ciudad de México pudieran trasladarse al sitio e increparla en un momento de alta exposición mediática. Al final, apareció en un entorno controlado, rodeada de seguidores.
Mientras la mandataria optaba por este repliegue táctico, la maquinaria discursiva del oficialismo se apresuró a fijar una estricta postura ideológica y moral ante el evento. Una de las voces de esta línea fue la de Ariadna Montiel, lideresa del partido gobernante, Morena, quien lanzó una advertencia tajante a la militancia: «Respetamos y felicitamos a quienes puedan tener los recursos para comprar un boleto para asistir al Mundial y ser parte de esta fiesta. Nosotros consideramos que quienes militamos en Morena no debemos hacerlo; ojalá que ningún compañero o compañera ande ahí en el estadio con boletos de 120 mil pesos. Hay que estar con el pueblo. Ahí en el Fan Fest podemos entrar de manera gratuita. Esto es importante porque nosotros debemos ser ejemplares. Nuestra presidenta nos ha puesto el ejemplo de estar con el pueblo».
Bajo esta premisa de supuesta virtud colectiva, los portavoces gubernamentales fijaron sus críticas en los políticos de la oposición que sí decidieron lucirse en los palcos de la inauguración. El principal objetivo de estos señalamientos fue Alejandro Moreno Cárdenas, el polémico líder nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuya presencia en las zonas VIP del estadio fue utilizada para ejemplificar la supuesta desconexión de los viejos partidos con la realidad del país, contraponiéndola a la alternativa del Fan Fest recomendada por Montiel.
Sin embargo, el oficialismo mexicano se encuentra en una posición muy poco autorizada para dar sermones sobre la sobriedad económica o para erigirse en juez contra los lujos de la vida moderna. El movimiento gobernante, que ha hecho de la doctrina de la «austeridad republicana» su principal bandera moral, cuenta en sus filas con destacados cuadros que contradicen sistemáticamente este discurso.
Un ejemplo flagrante es el del senador Gerardo Fernández Noroña, un político que suele presentarse como el defensor más radical de las clases populares. En reiteradas ocasiones, Fernández Noroña ha sido captado y exhibido mientras viajaba plácidamente en los asientos de primera clase de vuelos transatlánticos. Llegó incluso a decir —en el mejor estilo de Rockefeller— que se merecía viajar así porque trabajaba mucho. En una endeble defensa de su correligionario, la presidenta Sheinbaum llegó a decir que el senador requería viajar en ese tipo de asientos porque es muy alto y no cabe en los otros.
Lo mismo ocurre con Manuel Bartlett Díaz, un viejo y cuestionado operador político que durante años dirigió la Comisión Federal de Electricidad, la empresa estatal de energía. Bartlett no solo acumula un opulento e inexplicado patrimonio inmobiliario, sino que también ha sido retratado disfrutando de las exclusivas comodidades que ofrece la primera clase de la aviación comercial internacional, lejos de la incomodidad de la clase turista que su partido prescribe para el resto de los mortales.
Esta desconexión entre el relato oficial y la conducta privada resulta aún más evidente cuando se observa el entorno de la familia del propio expresidente Andrés Manuel López Obrador, el fundador del movimiento. Sus hijos han protagonizado diversos escándalos que echan por tierra cualquier pretensión de humildad franciscana. José Ramón López Beltrán, el primogénito, ha sido fotografiado en restaurantes de lujo o haciendo compras en boutiques exclusivas. Más recientemente, su hermano menor, Jesús Ernesto López Gutiérrez, causó una fuerte indignación al ser captado en la pomposa inauguración del restaurante Nusr-Et, propiedad del famoso chef turco conocido como Salt Bae, ubicado en el exclusivo hotel The St. Regis de la Ciudad de México. Otro de los hermanos, Andrés Manuel hijo —conocido popularmente como Andy—, quien claramente aspira a heredar el imán político del padre, fue exhibido mientras tomaba unas vacaciones nada baratas en Japón.
Los ejemplos de esta contradicción estética e ideológica abundan entre los rostros del partido oficial. Se ha vuelto habitual ver a legisladores, alcaldes y funcionarios del movimiento lucir relojes y prendas de diseñador que contrastan drásticamente con sus discursos de justicia social, o desplazarse en automóviles carísimos.
Antes de ser relevada por Montiel, la entonces dirigente de Morena, Luisa María Alcalde —hoy consejera jurídica de la Presidencia—, recomendó a sus correligionarios esconder su riqueza.
El problema en México no radica en que un ciudadano con recursos legítimos decida gastar su dinero en un boleto de fútbol de 120.000 pesos o en un viaje trasatlántico; el verdadero conflicto es la simulación de una élite gobernante que predica la pobreza franciscana para sus gobernados mientras en la intimidad se rinde a los placeres del capitalismo más exclusivo.
