La independencia de EEUU cumple 250 años con el peor presidente de la historia
El trumpismo conmemora este sábado una fecha clave con actos partidistas y pocas cosas que celebrar

Ilustración generada mediante IA.
Bueno, quizá el segundo peor, si tenemos en cuenta la lamentable presidencia de James Buchanan (1857-1861), cuya incapacidad y torpeza condujeron al país a la guerra civil. Pero Donald Trump está haciendo méritos para alzarse con la medalla de oro —por lo menos tendrá la satisfacción del color, a tono con la Casa Dorada que dejará al irse— cuando aún no lleva año y medio de mandato.
El Segundo Congreso Continental proclamó en Filadelfia el 4 de julio de 1776 la separación de Gran Bretaña de las Trece Colonias y los principios de libertad e igualdad de la nueva nación independiente. Allí estaban George Washington, Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin y medio centenar más de colonos que dieron un paso que inspiraría a muchos países en todo el mundo.
El 4 de julio de 2026 hay desfiles, espectáculos y fuegos artificiales —también actos de inconmensurable estupidez, como la carísima demolición del Ala Este de la Casa Blanca para construir un gigantesco salón de baile, el no menos caro y ridículo fiasco del estanque del Mall en Washington y el grotesco intento de cambiar de nombre al Kennedy Center— para evocar la conmemoración, como es natural. Para recordar que aquellos fundadores de la nación se alzaron contra la autocracia británica y se atrevieron a afirmar «que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». El Gobierno sirve para garantizar esos derechos y, si los destruye, hay que quitarlo y elegir otro Gobierno.
Las celebraciones de una fecha así —la idea fundacional de un país— son muy importantes, y no conviene politizarlas. Eso es lo que hizo la Casa Blanca con el proyecto de un gran concierto, Freedom 250, previsto para estas dos semanas, que ha tenido que suspender porque siete de los nueve cantantes convocados decidieron no acudir al comprobar que se trataba de un acto partidista de propaganda de Trump. Frustrado —y dándoles la razón—, el presidente lo sustituyó directamente por un mitin político y una especie de feria de artesanía que está siendo otra exhibición de mediocridad partidista. Cuando uno —en EEUU o en España— solo vale para levantar muros y dividir a la sociedad, eso es lo que hace: levantar muros y dividir a la sociedad en cada oportunidad que se presenta.
Triste celebración de una importante fecha. Triste lo que aporta Trump: una lamentable operación bélica en Irán que deja más preguntas que respuestas, una indecisión deplorable en el escenario de la guerra de Ucrania y una sucesión de decisiones egocéntricas: su rostro estampado en monedas, billetes y hasta el pasaporte, su imagen exhibida en carteles en el centro de Washington, la pelea televisada en una jaula en los jardines de la Casa Blanca el día de su cumpleaños… El culto a la personalidad de alguien que ofrece a diario muestras de diversos desequilibrios psicológicos.
¿Serán contraproducentes para sus intereses los excesos del becerro de oro, los caprichos que destrozan Washington y deterioran el prestigio de la nación dentro y fuera de EEUU? Para eso hay que esperar al 3 de noviembre, el día previsto para la celebración de las elecciones legislativas de mitad de mandato. Los 17 meses y pico que Donald Trump lleva en la Casa Blanca han abundado en prácticas autocráticas y corrupción desenfrenada, actuaciones crueles de la policía antiinmigración, estrechamiento de lazos con otros autócratas como Vladímir Putin e insultos, desplantes y chantajes a amigos y aliados. Todo ello coronado con el fracaso de la guerra de Irán y los despropósitos en la celebración del 250 aniversario de la independencia.
Hasta ahora, prácticamente todas las elecciones parciales que ha habido en los últimos meses las han ganado los demócratas, aun desnortados y sin liderazgo como están, y todavía pagando el precio de contemporizar o estimular el wokismo durante años; algunos congresistas republicanos —pocos todavía— empiezan a desmarcarse del presidente. Millones de personas se han manifestado contra «el rey Trump» y los abusos de las partidas de la porra del ICE; el Tribunal Supremo votó en contra de los aranceles; las peores ministras de Trump han sido cesadas —las mujeres, el eslabón débil, porque la mayoría de los ministros son todavía peores y siguen ahí— y muchos de sus fervientes seguidores están diciendo en voz alta que no votaron para librar guerras reales con Irán o dialécticas con el Vaticano, ni para que los precios siguieran por las nubes.
Si los republicanos pierden el control de la Cámara de Representantes el próximo 3 de noviembre, Trump —que va a tratar por todos los medios a su alcance de intervenir en la campaña— empezará a ser un pato cojo. Mantendrá todo su despliegue de extravagancias y no hay nada que haga pensar que va a sustituir el actual reality show por un Gobierno serio del país, pero habrá empezado su declive, aunque pueda haber carambolas en el desarrollo de los acontecimientos en Oriente Próximo y Ucrania. Los demócratas tendrán que hacer muchísimo más de lo que han hecho hasta ahora —entre otras cosas, finalizar la indigestión de su derrota electoral de hace año y medio— para ofrecer a los ciudadanos propuestas que frenen la degradación de la política y ofrezcan un horizonte de reparación.
En ese caso, se podrá decir que la celebración de la independencia, que tendría que haber sido un momento de exaltación y orgullo, dejará de ser una chapuza encaminada a ridiculizar 250 años de democracia constitucional para convertirse en el punto de partida de algo tan estadounidense como la recuperación y la renovación del mensaje de los Padres Fundadores. De aquellos que, hace 250 años, declararon la independencia sobre los derechos inalienables de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
