The Objective
Análisis internacional

La paradoja sanchista de Donald Trump

«El presidente de EEUU está dilapidando el poder blando de su país y ofreciendo a Sánchez un adversario perfecto»

La paradoja sanchista de Donald Trump

Excentricidades como organizar un evento de la UFC en los jardines de la Casa Blanca erosionan el poder blando de Estados Unidos. | Reuters

Hace unas semanas un amigo me pidió un favor. Su hijo había conseguido plaza en una universidad estadounidense, pero el consulado le había dado cita para el visado en septiembre. Las clases empezaban en agosto. No era la primera vez que me encontraba con un caso así. En otras ocasiones había bastado un correo a un contacto diplomático para desbloquear el expediente. Esta vez fue imposible. La explicación era sencilla. El atasco en la tramitación de visados es ya tan grande que el personal consular tiene instrucciones de no dar prioridad ni siquiera a los estudiantes.

Puede que simplemente ya no tenga la capacidad de influencia de antes. Pero sospecho que ocurrió algo distinto. Fue otro pequeño recordatorio de que la Administración Trump ha decidido reducir deliberadamente la presencia de Estados Unidos en el mundo. No solo en las grandes decisiones geopolíticas. También en esos pequeños gestos administrativos que, sumados, terminan proyectando una imagen de país menos abierto y menos acogedor.

La ironía es que el problema acabó resolviéndose gracias a una empresa china que rastrea automáticamente los huecos que aparecen en la agenda consular estadounidense y los reserva para sus clientes. La anécdota ilustra bastante bien lo que está ocurriendo.

En 1988, el profesor de Harvard Joseph Nye acuñó el concepto de «poder blando» (soft power): la capacidad de un país para conseguir lo que quiere no mediante la fuerza o el dinero, sino porque otros desean parecerse a él o colaborar con él. Cultura, universidades, innovación, valores democráticos, ayuda al desarrollo, diplomacia, ciencia, entretenimiento… Todo ello forma parte del mismo ecosistema. Durante décadas, Estados Unidos fue el gran maestro de ese juego.

Su atractivo ayudó a construir la coalición internacional de la Guerra del Golfo en 1991. Facilitó el acuerdo nuclear con Irán de 2015. Dio cohesión a una OTAN basada no solo en la superioridad militar estadounidense, sino también en una comunidad de valores que muchos aliados compartían y admiraban.

Ese activo tardó generaciones en construirse. Y puede destruirse sorprendentemente deprisa.

Había algo casi inevitable en que la palabra «blando» despertara el desprecio de la Administración Trump. «Podemos hablar todo lo que queramos sobre valores. Los valores son importantes, pero no puedes disparar valores», dijo el secretario de Defensa, Pete Hegseth, ante sus colegas de la OTAN. Más adelante resumió su filosofía con otra frase: «Máxima letalidad, no legalidad tibia».

La segunda Administración Trump parece haber convertido esa idea en doctrina de gobierno.

El desmantelamiento de USAID; los ataques contra Radio Free Europe y Radio Liberty; la presión sobre las universidades; la deportación o exclusión de estudiantes por motivos políticos; las restricciones a investigadores y visitantes extranjeros; la guerra comercial con aliados; el acercamiento a dirigentes como Vladímir Putin o Xi Jinping; incluso la decisión de organizar un evento de la UFC en los jardines de la Casa Blanca. Cada medida, por separado, puede parecer menor. Juntas transmiten un mismo mensaje: Estados Unidos ya no aspira a resultar atractivo. Le basta con ser temido.

El problema es que el poder blando no desaparece sin coste.

En junio, el Pew Research Center publicó su gran encuesta internacional sobre la imagen de Estados Unidos en 36 países. Los resultados son difíciles de ignorar. La percepción de Estados Unidos como socio fiable se desploma prácticamente en todas partes. En España, el 68 % de los encuestados considera hoy que Washington no es un aliado fiable, frente al 30 % registrado hace apenas cuatro años.

La confianza personal en Donald Trump es todavía menor. Solo un 23 % de los encuestados en todo el mundo dice confiar en él. En España la cifra baja hasta el 21 %.

Lo más llamativo es que el deterioro afecta prácticamente a todas las dimensiones del poder blando estadounidense. Se desploma la percepción de que Estados Unidos respeta las libertades individuales, contribuye a la estabilidad internacional o tiene en cuenta los intereses de otros países.

Brand Finance llega a una conclusión parecida en su Índice Global de Poder Blando. Estados Unidos sigue ocupando el primer puesto, pero registró la mayor caída del año y China ya lo supera en ámbitos como reputación, gobernanza, valores o sostenibilidad.

Nada de esto es gratis.

El turismo internacional hacia Estados Unidos cayó un 5,5 % en 2025, precisamente cuando el turismo mundial batía récords. Las nuevas matriculaciones de estudiantes extranjeros descendieron un 17 %. Incluso algunos aliados europeos empiezan a mantener una prudente distancia respecto a Washington.

En ese contexto, Pedro Sánchez vio una oportunidad.

Con solo un 11 % de opiniones favorables hacia Trump en España, enfrentarse al presidente estadounidense resulta políticamente rentable. Lo hizo durante la cumbre de la OTAN y volvió a hacerlo después. La confrontación le permitió cambiar durante unos días la conversación política nacional y situarse, al menos temporalmente, en el centro del debate europeo.

Fuera de España, además, la estrategia ha funcionado razonablemente bien. Como señalaba recientemente Politico, Sánchez ha reforzado su perfil internacional gracias a ese pulso con Trump. Resulta llamativo que muchos observadores extranjeros identifiquen hoy al presidente español por esa confrontación mientras apenas conocen la interminable sucesión de escándalos que ha debilitado su posición política dentro del país.

Trump, por su parte, no parece haber encontrado una respuesta eficaz. Más allá de algunas amenazas comerciales poco creíbles y de comentarios airados en ruedas de prensa, la relación bilateral apenas ha cambiado.

Y probablemente ahí reside la paradoja. Los gobiernos pasan. Las relaciones entre países permanecen.

España sigue siendo el segundo destino favorito de los universitarios estadounidenses que estudian en el extranjero, solo por detrás del Reino Unido. La cultura estadounidense continúa teniendo una enorme capacidad de atracción entre los españoles. Los vínculos económicos, educativos y militares siguen siendo estrechos.

Como recordaba hace poco Francis Rooney, excongresista estadounidense y exembajador ante la Santa Sede, la relación entre ambos países comenzó mucho antes de la independencia de Estados Unidos. España apoyó a las colonias durante su guerra contra Gran Bretaña y, dos siglos después, combatió junto a Washington en Irak y Afganistán.

Esa relación sobrevivirá también a Trump y Sánchez.

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