Sánchez: la leyenda, los vientos y las tempestades
La comparecencia del presidente tras la condena de Ábalos y Koldo instala al PSOE en la insumisión parlamentaria

Pedro Sánchez interviene durante una sesión plenaria en el Congreso tras el avance de las investigaciones contra Zapatero, además de la condena a Ábalos y Koldo. | Eduardo Parra (EP)
El género de la épica, que exige un héroe, un drama, un sufrimiento que parezca digno y que no sea mortal, y la firme voluntad de enfrentarse al destino, se convierte en una bufonada cuando su autor no domina ni el verso ni la prosa o la sensibilidad del auditorio se torna excesivamente terrestre. La modernidad es un tiempo sin héroes. Los guerreros hace varios siglos que descendieron del caballo, aunque los políticos todavía anhelen ser estatuas y actúen en el escenario, donde declaman sus (falsas) virtudes y reprochan a sus adversarios sus graves pecados morales.
Las funciones son tan largas como una ópera vanguardista de Bob Wilson. El debate de esta semana en el Congreso es una excelente muestra. Cabe resumirlo así: El Gran Insomne, puro y casto, en fiera y desigual batalla contra la infinita maldad del mundo y las derechas. Los argumentarios de Moncloa, siguiendo los conductos habituales, tocaron sus metales durante la víspera: el presidente del Gobierno, the one and only, accedía graciosamente a la ingratísima tarea de acudir al Congreso —sin corbata, para no ahogarse— y «contraatacar» ante la oleada de golpes judiciales contra su familia, sus hombres de honor o ídolos infantiles como Zapatero.
Hubo bastante ruido, pero el teatro fue en vano. Sánchez, cuya legendaria autoficción sostiene que puede resistir hasta la presión más fuerte y aguantar el vendaval más adverso, naufragó ante los ojos atónitos de todos (incluidos sus ilustres socios de investidura) y únicamente recibió el apoyo de la bancada peronista (la suya) y de EH Bildu. Lo primero se comprende recordando la célebre frase de Borges: «Los peronistas lo son porque alguien les paga por ser peronistas». No hay mucho más misterio. Lo segundo merece lástima y vergogna, que es justo lo que no demostró López (Patxi), exlehendakari gracias a los votos del PP de Euskadi, cuando intentaba capitalizar la barra brava socialista: «Yo, con Begoña».
Parece dudoso, aunque en Ferraz impriman camisetas, que semejante lema enardezca a las masas. El problema de los socialistas es que ya no queda ninguno —a excepción de Felipe González— que no sea sanchista por pánico o pura desesperación. O ambas cosas. El Gran Insomne pasará a la historia —esta cuestión, al parecer, le preocupa mucho— por dislocar la imperfecta democracia española y exterminar (sin piedad) a muchos de los que, en algún momento, fueron sus fieles ejecutores. ¿Se acuerda alguien de María Jesús Montero? Desde luego, no es un hábito que contribuya a hacer equipos o favorezca el talento, pero es lo que hay a apenas unos meses (inciertos) de las generales, que van a ser la madre de todas las batallas.
La estrategia de defensa de Sánchez, que se basa en combatir los hechos con evasivas y agresividad, y despreciar al poder legislativo que lo invistió sin haber ganado las elecciones, parece efectista, pero no funciona. Solo sirve para alargar la agonía. El pasaporte de Begoña está en sede judicial y la mayoría de la cámara le ha dicho que carece de legitimidad. Toda su vehemencia en negar el círculo de basura que le rodea (en todas direcciones) ya no provoca asombro ni causa escándalo. Ahora da risa. Incluso al propio personaje, que ha hecho de la soberbia su única identidad.
La política española es igual que un retablo de las maravillas. Está lleno de marionetas. El victimismo socialista resulta grotesco y sus golpes de efecto (intencionales) se quedan en muecas mudas. Sánchez es como Chanfalla y Chirinos, los dos colosales pícaros cervantinos que hacían su negocio con la doble moral del pueblo a sabiendas de que todo el mundo finge lo que no es y hasta los más grandes herejes perjuran ser cristianos viejos e hijos legítimos de sus padres. Los socialistas, los mismos que vitorearon a Ábalos, veían ríos, osos y leones imaginarios cuando su líder se limpiaba con la voluntad de los españoles, que es lo que representa el Congreso.
A medida que el invierno electoral del descontento general se acerque, y aunque el próximo año la nieve pueda caer en primavera, los socios de la investidura irán intensificando su malestar con el gobierno. De momento le critican, piden al Gran Insomne que se vaya, pero no lo echan. No es que el presidente resista. Es que, como hacen todos los abusadores, se aprovecha. Dada su negativa a convocar elecciones, la función, inevitablemente, va a dilatarse en el tiempo. Ganará también en intensidad porque el affaire ZP es una mina de oro (para la oposición) y hasta en Soria, el Fargo ibérico, donde nunca pasa nada y el olmo seco de Machado está disecado, llegan las sombras sistémicas de la corrupción de los dirigentes socialistas: prevaricación, tráfico de influencias, falsedad documental, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal, incluyendo un chivatazo policial cuyo origen se sitúa en algún escalón del Ministerio del Interior.
Estén tranquilos: España no está al borde de otra guerra civil. Lo único que sucede es que el PSOE, instalado en un universo paralelo, y lo que queda de Sumar, esos niños con piruletas, ensayan una insumisión parlamentaria —antes de que llegue el suplicatorio— y prefieren naufragar atados a sus propios escaños. Se ahogarán. Carecen de honor y van a perder esta guerra. Que el presidente sonría tanto no es sinónimo de fortaleza. También Mario Conde se carcajeó en una comisión parlamentaria y terminó en la cárcel.
Ni siquiera su última baza —el plebiscito destituyente— puede salvarle ya de los vientos y de las tempestades provocadas por su obstinación. La caída va a ser colosal. Las derechas alertan de una operación para adulterar el censo. Los jueces van a continuar trabajando. Zapatero es una caricatura. Cuando las urnas dicten sentencia, algunos no querrán aceptar el resultado y otros proclamarán que los votantes practican el lawfare. España parece una réplica del Comité Federal de Puerto Hurraco. Pero, como nos enseña el viejo refrán, cuando dos o más pastores se reúnen, hay una oveja muerta.
