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España: la tragedia de vivir de los réditos del pasado

«Somos enanos que se alzan sin saberlo sobre los anchos hombros de sus gigantes del pasado»

España: la tragedia de vivir de los réditos del pasado

Ilustración de Alejandra Svriz.

Decía Kant en su Antropología práctica que España es el país de los antepasados. Y no sabía el alemán hasta qué punto acertaba. Somos enanos, poco menos que insectos irrelevantes, que se alzan sin saberlo sobre los anchos hombros de sus gigantes del pasado. Vivimos mejor que los españoles de cualquier otro tiempo, pero no creamos nada; nos limitamos a vegetar sin esperar otra cosa que nuestra cuota cotidiana de placeres pequeños. Desde esta perspectiva, no puede sorprendernos la tolerancia generalizada con respecto a los increíbles espectáculos indecentes de nuestra vida política

Si nos atreviéramos, por otra parte, a echar un vistazo mínimamente exigente al nivel de nuestras creaciones culturales de otros tiempos y lo comparáramos con el que alcanzan nuestros más eximios creadores de la actualidad, tendríamos que admitir que hemos caído muy bajo. Allí donde, apenas hace 100 años, se alzaban las figuras imponentes de un Unamuno, una Clara Campoamor o un Chaves Nogales, ahora encontramos el desierto de un David Uclés, una Elvira Lindo o un Pedro Almodóvar. Ni siquiera es necesario que vayamos tan lejos: Si cogemos la lista de los mejores creadores que hace poco ofrecía El País para celebrar los 50 años de democracia y le oponemos la del presunto erial cultural que fue el franquismo, habremos de reconocer que este último gana por goleada. 

Vivimos, pues, de lo que otros hicieron, lo cual es algo que hacen todas las sociedades, salvo que muchas de ellas son capaces de desarrollar, a partir de ello, algo nuevo en fecundo diálogo con su pasado. Nosotros, mientras tanto, indiferentes, ignorantes, profundamente banales, el pasado nos limitamos a dilapidarlo. Leo en algún periódico que se ha producido un incremento sustancial del estudio del español en África. ¿Ha sido gracias a las estrategias políticas y culturales que a tales efectos han desarrollado las instituciones españolas? ¿Tal vez ha ocurrido que el Instituto Cervantes, dirigido por un mal poeta más preocupado con prestarle servil vasallaje al Gobierno y crear polémicas estériles que con extender los dominios de la lengua española, se ha implicado en una política consistente en los países africanos? Nada de ello. Según especifica el artículo, la razón de la proliferación de hispanohablantes se debe a dos factores principales: el creciente descrédito del francés como idioma de intercambio y la fuerza del propio español como idioma internacional. Es decir, algo que también le debemos a la propia pujanza del legado que heredamos sin intervención ninguna de los poderes públicos. 

Lo mismo ocurre con la propia dimensión histórica de ese legado. Paralelamente al indigenismo para lelos con el que las clases dirigentes de muchos países hispanoamericanos intentan embaucar a sus pueblos, observamos cómo ha surgido toda una corriente cada vez más fuerte de reivindicación y defensa del pasado virreinal, sin evitar, por supuesto, sus aspectos problemáticos, pero contemplando también los componentes de defensa del mestizaje, de riqueza material y la imponente herencia cultural. Pero, ¿es un movimiento instigado desde nuestro país a partir de una consideración legítimamente orgullosa de su pasado y con vistas, además, a una deseable articulación política de la Hispanidad en un mundo cada vez más organizado en grandes bloques? 

Nada más lejos de la realidad. Más allá de propuestas individuales significativamente exitosas, como los libros de Elvira Roca Barea, la España institucional oscila entre la indiferencia por su pasado y una acomplejada aquiescencia, ejemplificada en la innecesaria disculpa formulada por el Rey, con la interesada impostura de las élites criollas, las mismas, por cierto, que han mantenido a sus pueblos sojuzgados desde el mismo momento que obtuvieron la independencia. Nuevamente, el posible relumbre del presente no es sino un reflejo de la fuerza que mantiene el brillo pasado. 

«Una de las consecuencias de vivir cómodamente de los réditos del pasado es que no podemos desentendernos estúpidamente de él»

Pero vayamos al terreno mucho más arduo de la geopolítica, donde suele ser cera todo lo que arde. Una de las consecuencias de vivir cómodamente de los réditos del pasado es que podemos desentendernos estúpidamente de él, sin tratar de comprender siquiera las virtualidades puramente prácticas que ese pasado encierra no solo para el presente, sino también para el futuro de un país que debiera querer jugar en la escena internacional un papel infinitamente mayor al de su irrelevancia presente. Tomemos, por ejemplo, el caso del Sáhara, incluso poniendo entre paréntesis, si es que ello fuera posible, el hecho de que padezcamos un Gobierno cuyo presidente se muestra sospechosamente arrodillado a los designios del sátrapa de Marruecos.

Así pues, situémonos en una suerte de situación ideal en la que un Estado juega sus cartas con inteligencia en el tablero de la política internacional. ¿Se puede permitir España ignorar una pieza de esa importancia, máxime si pensamos que a 14 kilómetros tenemos un país que no para de comprar armamento y que no oculta sus pretensiones de conquista sobre partes integrales de nuestro territorio? La posición española sobre el Sáhara no solo significa escupir de nuevo sobre nuestro pasado y sobre el propio pueblo saharaui, sino que es una torpeza estratégica indigna por completo de las políticas españolas en el norte de África de nuestros mejores tiempos

Mucho peor es nuestra relación con la antigua España, léase Hispanoamérica. El papelón que hemos hecho en Venezuela, ese lodazal en el que ha ido a pescar toda la corrupción de la izquierda española, no es que haya sido a caballo perdedor, es que ha sido simplemente funesto: en vez de ejercer, como hubiera correspondido por pura identidad cultural e histórica, una influencia benéfica en aquel país, poniendo las bases de paso para un proyecto de futuro, hemos permitido que la tiranía que lo ha dominado haya inyectado su veneno populista en nuestra democracia, con los resultados de todos conocidos. Más grave, sin embargo, es lo de Cuba, un país no ya hermano, sino prácticamente siamés. ¿Cuál es, habría que preguntarse, la estrategia de España frente a los movimientos que se están organizando en vista de una Cuba poscomunista? Pues bien, nuevamente organizamos el escenario de la peor manera posible, enemistándonos con el actor más importante y dejándole, por tanto, el campo expedito a sus pretensiones imperiales. En tal sentido, la cortedad de miras de nuestros políticos es tan solo comparable a la profunda indolencia del pueblo español, sobre todo en cuanto le afecta a sí mismo

Pero la pregunta realmente inquietante es: ¿a quién le importa todo esto? Hace ya un siglo, en España invertebrada, una obra llena de aristas brillantes y problemáticas, Ortega sostenía que una de las causas de la desvertebración de nuestro país es que carece de ninguna empresa colectiva que concite las ilusiones de futuro y cohesione a la ciudadanía. No se trata, por supuesto, de volver a aquellos escenarios de cartón piedra de las glorias imperiales del franquismo, sino únicamente de aprender a escuchar con inteligencia y respeto las posibilidades de futuro que ya se contienen en nuestro majestuoso pasado.

También, aproximadamente en los mismos años en que Ortega escribiera su obra, Ramiro de Maeztu sostenía que, entre don Quijote y Sancho, la sociedad española había escogido la vida roma y anémica del cura y el barbero, lo que viene a ser un carpe diem sin sabiduría. Nuevamente, no se trata de defender el estéril quijotismo militante que propugnaba el escritor fusilado por nuestra gloriosa II República, sino tan solo aplicar con respecto a nuestro presente y nuestro futuro un cierto pragmatismo inteligente que también, por cierto, podemos encontrar en nuestro pasado. Ahora bien, ¿cómo conseguirlo con los mimbres que tenemos? Solo se me ocurre el procedimiento de Munchausen: salir del pozo tirando hacia arriba de nosotros mismos.  

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