Ucrania golpea la retaguardia rusa y Putin habla de paz
Ucrania ha ejecutado un brillante y meticuloso trabajo de desgaste durante los primeros cinco meses de 2026

Un bombero trabaja en el lugar de un depósito de materiales reciclables alcanzado por un ataque con misiles rusos, en medio de la ofensiva de Rusia contra Ucrania, en Kiev. | Reuters
Si nos fijamos únicamente en las líneas del frente, la guerra en Ucrania parece atascada en un interminable día de la marmota. En zonas del este como Kostyantynivka o Pokrovsk, Rusia avanza de forma agónica mediante pequeñas infiltraciones que cuestan unas cifras de vidas humanas insostenibles. Las grandes rupturas de frente son cosa del pasado y los avances son minúsculos comparados con años anteriores. Quien mire un mapa tradicional pensaría que el conflicto es un simple empate técnico, una dolorosa guerra de desgaste continuo. Sin embargo, detrás de esa aparente inmovilidad terrestre, el verdadero pulso de este enfrentamiento bélico late ahora a cientos de kilómetros, surcando en silencio los cielos rusos.
Ucrania ha entendido que ganar músculo contra músculo en la estepa es casi imposible y ha optado, en su lugar, por la pura inteligencia táctica: golpear la yugular logística de Moscú. Y vaya si lo está consiguiendo. La mejor prueba visual de este cambio de paradigma estratégico se viralizó a mediados de este mes de junio de 2026. Un dron ucraniano de largo alcance impactó de lleno contra un gigantesco tanque de almacenamiento de combustible en la refinería de Moscú, en Kapotnya. La onda expansiva fue colosal y la enorme tapa del tanque salió volando por los aires completamente intacta, elevándose a gran altura entre el denso humo negro. El vídeo tardó minutos en convertirse en un meme global, donde los internautas comparaban la tapa voladora con un platillo volante o con el escudo del Capitán América. Más allá de la burla en redes sociales, esa poderosísima imagen refleja perfectamente el colapso de la retaguardia militar rusa.
La estrategia de Kiev ha pivotado radicalmente hacia lo que ya podríamos bautizar como un virtual asedio 2.0 y ahora se está centrando en la joya de la corona de Vladímir Putin: la península de Crimea. Los generales ucranianos saben que una invasión terrestre clásica a través del istmo sería un suicidio militar. En lugar de mandar tanques directamente al matadero, han decidido convertir Crimea en una gigantesca trampa sin recursos, asfixiándola metódicamente hasta la extenuación. El plan maestro no es entrar empleando fuerza bruta, sino conseguir que la permanencia rusa sea materialmente insostenible, obligándoles a utilizar el puente de Kerch como única vía de escape para una humillante retirada masiva.
Para llegar a este punto crítico, Ucrania ha ejecutado un brillante y meticuloso trabajo de desgaste durante los primeros cinco meses de 2026. En lugar de precipitarse y atacar el puente de Kerch el primer día, dedicó el periodo de enero a mayo a un paciente trabajo de hormiguita. Lanzó continuas oleadas de drones suicidas para localizar, saturar y destruir sistemáticamente los costosísimos radares y sistemas antiaéreos rusos, como los conocidos S-400 y los Pantsir. Al dejar la península a oscuras y sin sus escudos defensivos principales, sencillamente preparó el terreno para asestar el gran golpe definitivo.
La tormenta perfecta llegó de golpe con el histórico y abrupto pico de ataques de este mes de junio. Aprovechando inteligentemente el desgaste previo de las barreras antiaéreas, la armada ucraniana desató una ofensiva total. Los ataques confirmados de larga distancia se multiplicaron exponencialmente, centrándose primordialmente en hundir los ferris de carga vitales en el mar de Azov y destruir infraestructura energética clave. El resultado de esta ofensiva ha sido un colapso logístico en cadena brutal: apagones que han dejado a casi medio millón de personas sin luz en Sebastopol, restricciones extremas de combustible y cortes viarios masivos.
Las consecuencias diarias de esta incesante lluvia de drones armados van mucho más allá de lo puramente logístico o militar y destrozan el frágil relato de invulnerabilidad sostenido por el Kremlin. Los sorprendidos ciudadanos rusos se encuentran de repente con el cielo de Moscú oscurecido por el humo, escasez generalizada de combustible en las gasolineras de la capital y el pánico absoluto desatado entre cientos de miles de turistas atrapados de improviso en Crimea, incapaces de regresar a sus casas por la total falta de gasolina para sus coches.
Durante este año, Ucrania ha disparado su producción de drones de largo alcance y ha sumado a su arsenal misiles de crucero de fabricación propia, una combinación letal que explica por qué los ataques se han multiplicado en los últimos meses. Son drones de mayor calidad, con una tecnología superior; por eso junio ha sido una «fiesta» en cuanto a efectividad. Según el Ministerio de Defensa de Ucrania, el país tiene previsto fabricar más de siete millones de drones este año, superando ampliamente los más de 2,2 millones producidos en 2024.
Pero el castigo no se limita a Moscú o a la península de Crimea. El mapa de los ataques se ha expandido drásticamente, llevando la guerra a las puertas de la Rusia profunda. Durante este mes, los enjambres de drones han golpeado refinerías e infraestructuras en ciudades que se creían intocables por su distancia al frente, como Ufa —situada a unos 1.500 kilómetros—, San Petersburgo o Samara. Para millones de ciudadanos que veían la guerra como algo lejano por televisión, estas explosiones demuestran que la guerra está más cerca de lo que pensaban.
Después de años cerrando la puerta a cualquier concesión, las recientes palabras de Putin mostrando cierta disposición a retomar conversaciones de paz no son fruto de un repentino ataque de buena voluntad diplomática. Son, simplemente, la señal de un líder acorralado que contempla en silencio cómo su extensa retaguardia se desmorona y que teme seriamente perder la península que lo encumbró históricamente en 2014. Según apunta el Wall Street Journal: «Desde marzo, más de dos docenas de ataques a refinerías de petróleo rusas han destruido alrededor del 20% de la capacidad de refinación del país». Este golpe directo al corazón energético ha desatado una inédita ola de ira, miedo y asombro entre una población civil rusa que antes vivía ajena al conflicto. Además, las fuertes restricciones y el consecuente encarecimiento de la gasolina están golpeando directamente sus bolsillos, evaporando el espejismo de la normalidad.
La guerra no va a terminar mañana por la mañana, pero Ucrania ha descubierto con precisión quirúrgica cómo golpear exactamente donde más duele.
