The Objective
Hastío y estío

'Joker' Sánchez

«La deriva de los acontecimientos está haciendo que su visión del mundo se distorsione como le pasa al personaje»

‘Joker’ Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados. | Eduardo Parra (Europa Press)

Congreso de los Diputados. 25 de junio. En el hemiciclo se celebró una votación para que Sánchez dimitiera o presentara una moción de confianza. Hasta ese momento, el presidente del Gobierno había demostrado tener domesticadas a todas esas bestias insaciables, aunque para ello hubiera tenido que engordar sus estómagos hasta correr el grave riesgo de acabar como en la película Seven, protagonizada por Brad Pitt y Morgan Freeman. En dicha película, un asesino en serie mata teniendo como patrón los siete pecados capitales. Cuando llega el de la gula, da de comer a la víctima hasta que literalmente explota.

Sánchez aparentaba la tranquilidad de quien tiene el poder y lo utiliza por encima de lo establecido. Si le había dado igual no poder aprobar los Presupuestos Generales del Estado en los tres años de legislatura, esta votación no dejaba de ser una molestia temporal y rápida, como que te pongan una inyección donde la espalda pierde su nombre. Hasta ese momento, este tipo de votaciones las había ganado siempre el Gobierno. Pero saltó la sorpresa en el Congreso, de la misma manera que había ocurrido en el Bernabéu esta temporada. Un anfitrión tan amable que hasta les había dejado dormir en su cama a esos huéspedes. Pero hasta ese punto sabíamos que nunca llegaría Sánchez. Que el Congreso era suyo, como lo era el Senado, la Justicia, y por supuesto ninguno de esos diputados pasaría una noche en el Palacio de la Moncloa. Solo su hermano compositor y su mujer japonesa.

Llega la derrota. La iniciativa salió adelante por 178 votos contra 171, gracias al apoyo del PP, Vox y Junts. Particularmente, un servidor se alegró de que el partido cuya portavoz es Miriam Nogueras dejara de cabalgar contradicciones, aunque fuera por un instante. En las tribunas del PP y Vox se empezó a escuchar «¡Dimisión, dimisión!». Pedro Sánchez no tenía a nadie que le acompañara en la fila de su bancada que le hiciera un Patxi López y le mostrara un apoyo estomagante. A semejante adalid de la sumisión lo tenía justo detrás. Sánchez quería atarlo en corto, tenerlo lo más cerca posible porque no se fiaba de quien ya había intentado «apuñalarlo políticamente» en las primarias para ser secretario general del Partido Socialista. Pero no parecía muy buena opción, entonces, colocarle en ese sitio que facilitara ese nuevo intento de apuñalamiento metafórico por la espalda.

A cualquier humano con una sensibilidad normal le habría afectado moralmente el resultado de lo que no era una votación rutinaria más. El Congreso, como representación de lo votado por la ciudadanía, negaba a Sánchez como presidente y le pedía que dimitiera. Fue el momento en que se levantó toda la grada socialista, hooligan como ella sola, para aplaudir de manera tan atronadora como ridícula e irrespetuosa con lo expresado por la mayoría de la Cámara. Parecían querer alegrar a su líder, a su referente, del que depende que vivan legalmente de la inmoralidad de sus actos. Pero Pedro Sánchez no necesitaba el ánimo de los que le necesitan como el respirar. Se levantó de su escaño y los miró riéndose de manera casi psicopática, convirtiéndose en ese mismo momento en el Joker de nuestra clase política. Parecía no sentir ni padecer. Una risa ostentosa y exagerada. Extravagante.

El Joker es un personaje interpretado por Joaquin Phoenix, obsesionado con hacer reír, tanto que predica con el ejemplo. Es un monologuista que actúa en locales cutres. Su realidad esconde la típica historia del payaso triste, amargado, enfadado con la realidad y con su vida. Hay una burla evidente en esa risa salvaje a la sociedad. Reírse para tapar un dolor psicológico crónico. Un mundo que le golpea y que le hace la vida muy difícil e insoportable. La risa como evasión, como vía de escape a los humos tóxicos que no puede impedir tragarse.

Ver cómo a Sánchez se le transformaba el rostro y la risa para hacerlo indistinguible del Joker me produjo una sensación desasosegante. La deriva de los acontecimientos está haciendo que su visión del mundo se distorsione como le pasa al personaje en la película: al Joker llevándole a la violencia física y al asesinato, y a Pedro Sánchez encabezando una organización donde los casos de corrupción lo abarcan de arriba abajo y el futuro judicial avista un horizonte demasiado oscuro. El protagonista de la película acaba en un manicomio a la espera del juicio por sus crímenes. Sustituyan ese sanatorio mental por el Congreso y lo ocurrido el pasado 25 de junio, y verán cómo esa risa y esa película ya la hemos visto.

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