A Emma García no le perdonan que le importe una mierda Gloria Camila
«Toda la frustración reprimida en este salseo vivido entre Emma García y Gloria Camila tomó forma de titular inolvidable»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Pocas veces puede una presentadora despertar tanta empatía en la audiencia como lo hizo Emma García al reconocer que le importaba una mierda Gloria Camila. Sucedió en directo en el programa Fiesta del pasado 1 de febrero, pero hasta la fecha se mantiene en el número uno del ranking de «momentazos» televisivos del año. Aunque pudiera parecer una respuesta volcánica tan inesperada como incomprensible, lo cierto es que el desahogo fue la reacción con la que se liberó toda la energía acumulada poco a poco, durante meses, a base de pequeños desencuentros entre la presentadora y la colaboradora, amontonados caóticamente entre vídeos y declaraciones, pero, sobre todo, entre silencios atronadores y muecas reveladoras. Toda la frustración reprimida en este salseo vivido entre Emma García y Gloria Camila tomó forma de titular inolvidable para entrar por la puerta grande en la hemeroteca de nuestro audiovisual: «Paso de preguntar porque me importa una mierda».
La frase retumba en nuestra memoria con el eco de las grandes citas gracias, entre otras cosas, a la rotundidad con la que la presentadora la pronunció, a cómo se le llenaba la boca con cada una de las letras —M, I, E, R, D, A— que generan una de las palabras más expresivas de nuestro idioma. La sensación de liberación que transmitía despertaba hasta envidia: debió de disfrutar de lo lindo ese momento surgido desde lo más profundo de su corazón. Y así, de ese rinconcito donde se tienen guardadas las cosas que se piensan, pero no pueden decirse jamás, se escapó una verdad monumental, grandiosa, que se desparramó por las ondas a la velocidad de un tsunami y arrolló cualquier intento de disimulo. Nadie podía pararlo ya. Y quienes lo contemplaban en vivo y en directo, fascinados ante la esplendorosa luz de una verdad que pocas veces se atisba en programas de este tipo, más acostumbrados a construir falacias a medida de los famosos que a desmontarlas, se dejaron llevar por una repentina ilusión generada durante esa epifanía: «Ahora falta decírselo a Alejandra Rubio».
Si el momento de la escalada de tensión hubiera estado guionizado, si formara parte de una película o de un capítulo de una serie, la secuencia habría brillado no solo por la icónica frase con la que se remata la acción; también lo habría logrado por otros sutiles detalles que los más avispados espectadores habrían captado a la primera, como esa lapidaria pregunta retórica —que funciona a modo de puñalada por la espalda— que la presentadora, hasta las narices ya, le espeta a la colaboradora con cara de estreñida: «¿No estás acostumbrada a estas polémicas?».
Imaginen la labor de una actriz mirando a la cara, agachando ligeramente la cabeza mientras aguanta la sonrisa, irónica y escandalizada, y busca con la mirada la complicidad de quien no da crédito al espectáculo de cinismo en estado puro protagonizado por un personaje secundario atrapado en su propia inconsistencia: negocia a diario con su vida privada, ese valioso bien que le llegó tras un golpe de suerte del destino en forma de familia VIP, pero sufre repentinos arrebatos de decencia cuando le preguntan por su vida privada, único tema de conversación viable para mantener en pie la trama. Y frente a la bipolaridad moral de la muchacha, la pregunta, en apariencia inocente, pero cargada con más veneno que la taza de té que se tomó Sócrates, servida por una veterana que uno imagina en ese instante escuchando una vocecilla interior cantando por Chenoa: «Cuando tú vas, yo vuelvo de allá…».
Es todo contención y matices. De Goya.
Pero si poco dura la alegría en la casa del pobre, no les cuento ya en casa de los presentadores de Mediaset. La paz interior de Emma García corre peligro si las maniobras en la oscuridad de los sicarios de siempre logran su objetivo desestabilizador: la campaña ha empezado. Ya retumban los tambores cargados con la música de siempre, el eco de las insidias, el murmullo de los rumores. La misma canción con la misma letra. Hay quien asoma la patita porque no puede esconder su lado animal. Ojo, no lo confundan con valentía; es que no lo puede evitar, como en la fábula del escorpión y la rana.
Así, nos damos de bruces con los discursos de Miguel Temprano —que serían de odio si no fueran tan patéticos—, que intenta construir el retrato de una mujer «soberbia, prepotente, distante» con argumentos que el pobre desdichado considera pecados capitales: «Que no se abre, que no cuenta nada de sus intimidades porque no se fía de nadie. Que no le gusta estar rodeada de personajes de reality porque son de segunda…». ¡Pero si todo ese argumentario solo sirve para darle la razón! Es una pataleta de niño reventado, pero detrás tiene escondidos a otros cobardes esperando turno, cojeando del mismo pie, sirviendo al mismo patrón. Y todo, porque a Emma García le importa una mierda Gloria Camila. Pues, chico, imagina lo que le importas tú.
