Es hora de denunciar a la gentuza que chapotea en la marea fucsia y la marea azul
«No podemos rendirnos ni normalizar la manipulación burda ni sacrificar la capacidad crítica»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Estimados lectores, quiero advertirles de la existencia en paralelo a nuestro mundo de dos realidades que transcurren y se desarrollan en constante choque, retroalimentándose con inusitada violencia. Una es fucsia; la otra, azul. Ambas se formaron simultáneamente en un curioso fenómeno que se da por espontáneo, pero me temo sea fruto de una calculada operación para dominar la conversación social mientras se libra una cruda batalla judicial y se mantiene la llama del protagonismo que requiere la marca personal con la que se hace negocio, la verdadera razón de ser de estas fuerzas.
Asistimos a un caso ejemplar de astroturfing emocional, con dos comunidades movilizadas con técnicas propias de campañas políticas alrededor de un conflicto personal convertido en causa colectiva: la fucsia rinde tributo a Rocío Carrasco desde su confesión en el documental Rocío: contar la verdad para seguir viva; la azul está a las órdenes de su exmarido, Antonio David Flores, al que acusó de malos tratos (el caso fue sobreseído por el Tribunal Supremo y, posteriormente, archivado definitivamente).
De nuevo, las dos Españas, pero con una salvedad: en esta patética versión que discurre ante las redes ajenas los acontecimientos del país, centrada en su particular burbuja bélica, nos encontramos con una tropa que se parte la cara por dos personajes a los que ni siquiera conocen, pero comparten la virtud de haber forjado su leyenda en televisión. Es muy triste, pero así son el anverso y el reverso de esta España quebrada que nos ha tocado en suerte.
Unos se autoperciben carrasquistas y llaman «trinkers», «odiadores» o «machirulos» a sus adversarios, a los que colocan en una «charca». Los otros se definen como antoniodavidistas mientras desprecian a esos «fanáticos» y su «feminismo selectivo», a los que consideran miembros de «una mafia». Se odian a muerte, señalan objetivos a los que amedrentar, crean narrativas manipuladas que benefician a los intereses de cada una de las malditas partes. Si algo tienen en común es una falta total de escrúpulos y empatía, carencia que explica la inquietante maldad que exhiben sin ambages en las publicaciones que vomitan en redes sociales. Las acciones de estos hombres-masa y mujeres-masa nos muestran en qué quedó el sueño de Ortega y Gasset: lejos de disfrutar de una satisfacción que les lleve a la abulia, se remueven con ira por la frustración generada al rendirse a un discurso apocalíptico que aplasta toda esperanza.
Las mujeres son mayoría en la marea fucsia, mientras que los hombres se decantan por la azul. Ellas parecen más preocupadas por las violencias de género, en especial la vicaria; ellos, por las sentencias judiciales, sobre todo aquellas relacionadas con las acusaciones falsas.
Ambas mareas funcionan como sectas cortadas por el mismo patrón: veneran de manera enfermiza a una figura mitificada por su aparición en la televisión, se creen en posesión de la verdad absoluta y viven en permanente estado de alerta para prevenir cualquier ataque a la causa. En ese caso, el plan consiste en desplegar un ejército de alimañas carroñeras, bien organizadas y fieles al argumentario elaborado por las siniestras fuerzas que manejan el cotarro. Y las manejan por razones más viejas que el hilo negro: poder, dinero, influencia.
Estas realidades mueven un dineral, sobre todo en un ecosistema digital en el que streamers, youtubers, tiktokers y ese submundo que cree que la creación de contenido consiste en poner su culo en una silla de gamer y vampirizar noticias o vídeos ajenos para criticar a diestro y siniestro, recurriendo a la primera gilipollez que les pasa por la cabeza. Todo cuanto sirva para hacer daño es bienvenido, aquí no hay filtros. Mientras, el conflicto se autofinancia en YouTube con AdSense y suscripciones. Se aceptan bizums durante los directos, que se agradecen con menciones. ¡Bienvenidos a la era de los streamers mendicantes!
Las mareas logran colar todos los días sus hashtags entre los Trending Topics, prueba de que estamos ante un fenómeno sociológico que refleja la decadencia moral de estos tiempos: figuras mediocres, sin preparación alguna ni talento destacable, son modelos aspiracionales y referentes vitales para quienes sienten la desesperada necesidad de llenar su vacío existencial de la mano de cualquier mesías de medio pelo.
Porque, para entendernos, estamos hablando de:
1. Rocío Carrasco. De profesión, heredera universal. No canta, no compone, no escribe, no baila y —no me vengan con cuentos, por favor— tampoco presenta programas. De tener otros orígenes, sería cajera en un supermercado (un trabajo la mar de honesto que puede usarse como plataforma para llegar a ministra), pero ahí la tienen, convertida en icono feminista por contar sus miserias en cómodas entregas semanales bien pagadas. Y quien dice las suyas, dice las de toda su familia. Su gran apoyo, Fidel Albiac, el hombre que, sin hablar, pero demandando a todo quisqui, ha forjado su propia leyenda como criatura mitológica: mitad Maquiavelo, mitad Rasputín, un enigma por resolver. Rocío tiene, además, un don especial para hacer amistad con gente bien posicionada en los medios de comunicación, ¡qué suerte, tía!
2. Antonio David Flores. De guardia civil expulsado del cuerpo por los billetes del pago de una multa que acabaron en su bolsillo, a colaborador expulsado de la televisión cuando la cadena le dio la patada después de firmar una exclusiva con su ex. Despedido en directo, como quien dice. Se le acabó el chollo después de pasarse años exprimiendo una ubre de la que brotaba oro. Ahora tiene en YouTube su propio canal para maniobrar a gusto. El germen de todo fue su entrada en Gran hermano, cuando descubrió el poder de los grupos en redes sociales.
Estuvo a punto de jugarse el chiringuito cuando Marta Riesco huyó espantada de «la peor experiencia» de su vida, relatando su calvario a todo el que quisiera escucharla (yo quise, por nada del mundo que lo iba a perder), pero Antonio David tuvo siempre un plan B: su miniyo, Rocío III o Rocío Flores, un gran activo emocional a su entera disposición. Hizo su presentación en sociedad en Supervivientes. En algunos círculos, lo normal es hacerlo con un baile de debutantes, pero ella eligió un reality que sirviera como atajo en el proceloso camino al estrellato. La niña lleva tatuado un corazón azul, escudo de su batallón de 700.000 escuderos de Instagram, aunque últimamente está más pendiente de sus negocios que de sus venganzas.
Alrededor de estas dos estrellas enanas orbitan Fidel Albiac y Rocío Flores, ya mencionados, además de Amador Mohedano, Rosa Benito, Chayo Mohedano, Ortega Cano, Gloria Camila, Raquel Mosquera, Olga Moreno… Estamos ante un milagro estadístico: la posibilidad de reunir un universo con semejantes cuerpos estelares en un mismo mundo era de 1 entre 100 billones, pero se produjo por una conjunción astral, a todas luces excepcional, que conllevó además la formación de un endiablado bucle temporal en el que llevamos años atrapados reviviendo, una y otra vez hasta el infinito, la misma historia de traiciones, envidias, mentiras, chanchullos, exclusivas, acusaciones y rupturas para siempre jamás. Más que un milagro, es una maldición.
Y ahora, con todos ustedes, el fandom más tóxico del mundo:
La marea fucsia
La guerra en las redes parece beneficiar a la marea fucsia, que logra posicionar sus mensajes como #ApoyoaRocio entre lo más visto en la red X desde el primer día en que Telecinco emitió la docuserie. Su sistema de ataque, basado en desacreditar la reputación de quien muestre un atisbo de crítica hacia su musa, sigue una plantilla argumental: «Usas su nombre porque quieres aprovecharte de su fama», «No eres nadie, lo haces por notoriedad», «Te mueve el dinero». Básico y ruin, pero directo y pegadizo.
La repetición es cansina, lo puedo asegurar porque la he padecido: su eslogan es «Yo sí te creo», pero a la única víctima que creen es a ella. Al resto, que les den: son calumnias, injurias, mentiras. Ya les digo, lo he vivido. Muy cínico todo.
Cuenta con el apoyo de miles de voluntarios/as que trabajan gratis, están bien organizados y obedecen órdenes de un «mando secreto» a través de un entramado de grupos de Facebook y Telegram para sostener el valor del activo empresarial. Otro tema es la financiación, un misterio. Conseguir un TT nacional puede costar hasta 5.000 euros, depende del servidor y de la permanencia deseada, pero la marea fucsia los colecciona diariamente desde hace cinco años. Un caso único. Curioso.
¿Alguien paga para cumplir estos objetivos de impacto social? No sabemos: es un movimiento orgánico amplificado estructuralmente, coordinado a través de numerosos grupos, por lo que, en principio, no le hace falta comprar bots, puesto que dispone de lo más valioso, una masa crítica humana movilizable a una hora fija. Pero la frecuencia diaria apunta a un fenómeno poco natural, nada espontáneo, sino más bien una operación coordinada por un individuo o un grupo que actúa como estado mayor en la sombra de la campaña.
Con el tiempo, el ecosistema se ha vuelto endogámico, habla cada vez más para sí mismo, fidelizando más a la comunidad, pero también ideologizándola y radicalizándola. Eso explica el recurso a técnicas propias de organizaciones criminales al mejor estilo mafioso: amenazas, insultos, acoso… Son gentuza sin empatía alguna que destila odio y ataca en manada —ya sea jauría o piara, ambas valen para describirla— repitiendo las mismas consignas.
Para frenar esta peligrosa escalada que podría hacer descarrilar el proyecto, Alba Carrillo pidió a los suyos un poco de mesura. La presentadora de El sótano club (apenas 50.000 espectadores, lo que no ha impedido su renovación), que tiene su cuenta personal en Instagram (casi 900.000 seguidores) al servicio de la causa, pidió que «para defenderla no [sean] agresivos con otras personas. Solo con la familia de Rocío, con esos sí». Pues nada, ahí la tienen, convencida de ser una mujer progresista y empoderada. ¿Que luego sale a pedir que se ataque impunemente a una familia? Ya saben: el que pueda hacer, que haga.
Llegados a este punto, como creo en la teoría de la navaja de Ockham (la explicación más sencilla suele ser la correcta), lo normal sería llegar a la conclusión de que, si los beneficiados de esta operación son, supuestamente, Fidel Albiac y la propia Rocío, ambos serían los probables responsables de su control. Para salir de dudas, pregunto directamente a la IA de Anthropic para obtener una respuesta neutral. O al menos una elaborada desde la información analizada por la IA durante estos años.
He aquí la respuesta de Claude: «La hipótesis más sólida, periodísticamente, es que Albiac no organiza la marea fucsia directamente —eso sería torpe y detectable—, sino que gestiona la narrativa de Rocío de forma que la marea tenga siempre combustible fresco: una aparición puntual bien cronometrada, una declaración medida, una demanda judicial que reactive el debate. La marea hace el resto sola.
»Conclusión: una operación de baja intensidad con arquitecto invisible».
¡Vaya! ¿Cómo habrá llegado la IA a semejante conclusión?
Sea como fuere, se ha estrenado en Movistar Plus una serie documental sobre la más grande y se prepara otra de ficción para RTVE. Como una ola, con la fuerza de su propia marea, así le va el negocio a la heredera universal.
La marea azul
Enfrente, el equipo de la marea azul pasa por una situación distinta. Aquí no hay secreto o disimulo: el cerebro es Antonio David Flores. Su misión, desmontar la imagen de maltratador que ofrecía la docuserie e insistir en el relato de la mala madre —con la inestimable ayuda de su hija, que fue condenada por la agresión a su progenitora cuando era menor de edad—, cuestión que nos obligaría a abrir un pedazo de melón que se resumiría en un titular: se puede ser víctima de malos tratos y una mala madre —no es incompatible—, del mismo modo que se puede ser maltratadora y una mala hija.
De fondo, una colección de demandas en juego que necesitan un clima favorable a la versión de Antonio David, de ahí que la maquinaria no pare de generar contenido que se comparte por su red de colaboradores y señale a quienes no le sigan la corriente. Luego, el ataque en poco se diferencia del estilo navajero de su enemigo.
A su equipo se suma, aunque con cierta distancia, una Gloria Camila que se desenvuelve en el barro con el desparpajo de quien se encuentra en su hábitat natural. Aunque se adaptaría con la misma facilidad al estiércol, porque ella es muy versátil: lo mismo hace un diseño para un desfile en un centro comercial de extrarradio que le hace un traje a medida a su hermana.
Para su desgracia, debe cargar hasta su muerte con la defensa de Ortega Cano, labor que le exige carecer de vergüenza torera, como hemos apreciado esta semana ante su reacción al baile del matador: una cosa entre coreografía y delirio, no queda claro.
En caso de necesidad, por conveniencia y ganas de compartir como trofeo la misma cabeza, siempre puede surgir de las tinieblas la perturbadora figura de Amador Mohedano para aportar su dosis de cianuro y brandy a la fiesta.
Mientras tanto, la audiencia y el impacto de los azules parecen ir a la baja: aunque su #Yomerebelo consigue visibilidad como TT casi a diario, las cifras muestran cierto agotamiento del discurso. Lejos quedan los tiempos de la capacidad de movilización económica demostrada en la recaudación de fondos para el voto telefónico en favor de Olga Moreno.
Actualmente, su canal tiene 145.000 suscriptores y algo más de 50 millones de visualizaciones para los 934 vídeos publicados. Este año tuvo un día de suerte, el pasado 10 de abril, cuando registró 4,5 millones de visualizaciones y pudo ganar unos 10.000 euros. Su audiencia no es fiel, pero el canal demuestra tener una capacidad de viralidad puntual.
El ecosistema actual de la marea azul funciona así:
Antonio David diseña la estrategia, gestiona los tiempos y la narrativa → Rocío Flores abre fuego en TV + Gloria Camila se suma en TV → Maica Vasco, desde su canal de YouTube (cuenta con 188.000-190.000 suscriptores y entre 1,4 y 1,6 millones de visualizaciones mensuales. Los ingresos mensuales sumarían entre 1.500 y 3.000 euros. Entre 25.000/50.000 euros al año en publicidad. Y todo, por practicar el arte de «lamer la raja del melocotón» del líder azul) + el ecosistema de YouTube amplifica el mensaje a la comunidad → La comunidad genera los TT en X bajo las indicaciones de la estrategia (consignas + RTs).
Un ejemplo de aportación individual sería el de Miguel Temprano, que lanza bombas cuya onda expansiva alcanza a otros youtubers que actúan como las cucarachas de campo en el proceso de tratamiento de residuos, en este caso digitales.
Un minuto para la reflexión
Si creen que esta historia no les afecta, les voy a pedir un minuto de reflexión: más allá de si es prensa del corazón o nuevas líneas de negocio, piensen en el tipo de sociedad que modela esta tendencia y en la clase de individuos que educa, proyectando actitudes y conductas que no dudan en el uso indiscriminado de la violencia digital, la banalización del dolor ajeno o la incapacidad de empatizar con el otro.
No podemos rendirnos ni normalizar la manipulación burda ni sacrificar la capacidad crítica.
No, me niego. Y menos si lo hace esa gentuza.
