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El mal perder

«Perder no mola nada. No mola porque te pone delante de las narices muchas debilidades y te evidencia que no todo está a tu alcance»

El mal perder

Florian Schmetz | Unsplash

Aprendí lo que es el mal perder cuando fui a ver un partido de una competición regional. Para que nos hagamos una idea del nivel, el campo de fútbol a duras penas tenía red en las porterías. No había gradas ni banquillos adecentados, los vestuarios se caían a cachos y no había agua caliente, pero sí había una patrulla de la Guardia Civil «por si acaso».

—¿Por si acaso qué?, pregunté. 

—Por si acaso se lía. 

No pregunté más.

No hizo falta preguntar más porque la realidad me lo ilustró. Antes de comenzar el partido, una persona que ya peinaba canas gritó: 

—¡Árbitro, hijo de puta!

—¿Por qué? —preguntó el árbitro, que ni siquiera había pisado el campo.

—Por si acaso —respondió el aficionado.

Todos los porsiacasos se dieron: el porsiacaso del insulto debió de tener mucho peso, porque el aficionado se sintió en la obligación de dedicarle muchas más lindezas. El porsiacaso de la Guardia Civil, también. 

El mal perder.

Dejé de ir a aquellos partidos y me aficioné al fútbol de más nivel. Comencé a seguir La Liga española pero aquello no mejoró. La gente se enfada hasta cuando gana su equipo porque considera que debería haber ganado por más ventaja

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Foto: Mpho Mojapelo | Unsplash

Perder no mola nada. No mola porque te pone delante de las narices muchas debilidades y te evidencia que no todo está a tu alcance. Perder genera mucha frustración porque te recuerdan públicamente que no eres invencible. No lo eres tú ni esos a los que proyectas la responsabilidad de serlo. 

Me ha dejado de interesar la política —la sigo lo justo para saber del mundo a nivel usuario— porque en política siempre pierdo. No me gustan los que ganan ni cuando ganan mis favoritos, porque cuando ganan me doy cuenta de que están más preocupados en mantener su puesto que en hacer lo que prometieron. 

Tampoco me gustan los que pierden en la política porque se olvidan de que, aunque no hayan ganado las elecciones, están trabajando para los ciudadanos. Así que no entiendo en qué parte del contrato aceptamos que un político en la oposición pasa a ser hooligan. Ven la política desde la grada haciendo ruido, interrumpiendo y metiendo miedo. 

Ya sé que alguien tiene que hacerlo, lo de ser político, digo. Y menos mal que hay alguien dispuesto, pero me aburre la política y la evito. «Todo es política», me dirán. Sí, pero déjame saber que esa pared es blanca sin que me des la turra hablándome del color blanco todo el día. Déjame que me guste el blanco porque sí o que lo deteste porque sí, sin que me tengas que meter en un catálogo. A eso me refiero. 

Me ha dejado perpleja el frenesí con el que se ha vivido este año la elección de la canción de España en Eurovisión. La gente tomándose esto súper en serio. Creyéndose mejores personas, más listos y más elevados por preferir una opción y no otra. 

Hemos llegado a tal punto que si te gusta una canción u otra de Eurovisión, eres neorrancia o feminazi. Me ha dejado perpleja el frenesí con el que se ha vivido este año la elección de la canción de España en Eurovisión. La gente tomándose esto súper en serio. Creyéndose mejores personas, más listos y más elevados por preferir una opción y no otra. Pero lo más alucinante ha sido ver a políticos valorando canciones. Gracias por vuestra participación queridos gobernantes, pero ¿podéis volver al trabajo? 

Yo era de Rigoberta Bandini, sí. La melodía del SloMo de Chanel no se me pega ni queriendo y tampoco me gusta la letra, pero nos olvidamos de una cosa: ¿alguien entiende lo que dicen las letras de las canciones de Eurovisión? Es más, aunque el presentador te haga una sinopsis de la actuación de cada país, no conozco a nadie que vea ese festival pensando «muero de ganas por escuchar el mensaje de la canción de, no sé, Polonia, Moldavia o Finlandia».

Perder te pone delante de las narices muchas debilidades y te evidencia que no todo está a tu alcance. Perder genera mucha frustración porque te recuerdan públicamente que no eres invencible.

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