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Tecnología

Las armas de guerra electrónica de EEUU están trayendo la ciencia ficción a la realidad

Las capacidades tecnológicas militares se parecen cada vez más a armas cinematográficas futuristas

Las armas de guerra electrónica de EEUU están trayendo la ciencia ficción a la realidad

El Growler no lleva armamento de manera habitual a pesar de lo que parece | US Navy

Ciegos. Esa es la única palabra que describe lo que le ocurre a un operador de radar cuando un EA-18 Growler le apunta con su rayo invisible. No hay aviso ni hay degradación gradual. En un chasquido de dedos, la pantalla que le mostraba el espacio aéreo asignado se convierte en una tormenta de ruido blanco. Para cuando empieza a ser consciente de qué está pasando, los aviones de ataque ya han pasado por encima y las bombas están en camino.

El Growler es, técnicamente, un F/A-18F Super Hornet al que le han eliminado los sistemas de combate convencionales para llenarlo de electrónica. Carga hasta cinco barquillas de interferencia activa ALQ-99 bajo las alas y un receptor de señales ALQ-218 en las puntas del ala. Si lo primero ciega, lo segundo escucha en tiempo real todo el espectro electromagnético que hay a su alcance. No es un avión de combate: es un arma de espectro completo diseñada para saturar, engañar e inutilizar radares sin lanzar un solo misil.

El encargado de hacer funcionar todo este sistema de ataque incruento no es el piloto, sino quien ocupa el asiento trasero. En la jerga militar se le denomina ECMO, Electronic Countermeasures Officer, y su trabajo consiste en monitorizar las frecuencias enemigas, seleccionar la técnica adecuada y ejecutarla antes de que los radares tengan tiempo de adaptarse. Mientras el piloto mantiene la aeronave en los límites del área de amenaza, el ECMO pelea una guerra invisible en tiempo real, una en la que el enemigo recibe golpes que no ve.

La batalla arranca cuando el ALQ-218, la oreja electrónica en el extremo de las alas, identifica la frecuencia exacta de un radar enemigo. A partir de ahí, el sistema inunda de ruido electrónico, con una potencia de más de diez kilovatios, esa frecuencia. Con semejante tormenta electromagnética, los procesadores de señal del radar enemigo se ahogan en interferencias y sus pantallas se quedan en blanco. Es como apuntar un soplete de acetileno al cerebro electrónico del sistema. A efectos prácticos, la alerta temprana ha dejado de existir.

Pero cegar no basta. La técnica DRFM, Digital Radio Frequency Memory, es donde la guerra electrónica abandona la fuerza bruta y se convierte en magia. El sistema intercepta el pulso de radar entrante, lo procesa en décimas de segundo, manipula los datos de velocidad y posición y lo devuelve al emisor con parámetros alterados. El operador en tierra no ve un avión: ve docenas. Flotas enteras de cazas fantasma, todos con trayectorias coherentes, inundan la pantalla. Acto seguido, una andanada de misiles sale disparada contra objetivos que no existen.

Un Boeing-EA-18G-Growler despega desde una pista de asfalto, pero puede hacerlo desde portaaviones/US Navy

Si el engaño no es suficiente, existe una tercera opción. El misil AGM-88 HARM no persigue aviones, sino radares. Al seguir su fuente de emisiones, encuentra dónde está situado y los destruye a más de Mach 2. Si el radar permanece encendido, el HARM lo encuentra y lo destruye. Si el radar se apaga para sobrevivir, el avión de ataque pasa indetectado. No hay tercera opción, y las dos disponibles conducen al mismo resultado.

Pero este menú se prepara con anterioridad. Semanas antes del primer despegue, los aviones espía RC-135 Rivet Joint y los satélites de inteligencia de señales cartografían las emisiones de todos los radares enemigos. Buscan frecuencias de operación, patrones de exploración y tiempo de respuesta. Esa panoplia de huellas electromagnéticas se carga en el Growler antes de arrancar motores. Cuando llega a la zona, no busca radares: ya los conoce, casi sabe dónde están.

Estrategas y técnicos calculan anillos de amenaza alrededor de cada batería de misiles. Determinan las coordenadas exactas donde el Growler puede orbitar y emitir sin entrar en el rango del propio radar que intenta cegar. Esa franja de trabajo se sitúa entre ochenta y ciento sesenta kilómetros del objetivo. Demasiado lejos y la interferencia pierde potencia; demasiado cerca y el radar enemigo puede detectar a su agresor.

Cuando el paquete de ataque despega, empieza un ballet en el aire. A treinta minutos del objetivo, los Growler lanzan interferencia de banda ancha que colapsa los sistemas de alerta temprana. Es un martillo volador y su objetivo es destruir la capacidad de detección antes del ataque real. A quince minutos, los cazas penetran la zona de eliminación y la interferencia cambia de aplicación. A partir de ahí se vuelve quirúrgica. El DRFM inyecta fantasmas y distorsiona velocidades. Los operadores en tierra ya no distinguen lo real de lo ficticio.

El complemento cinético son los señuelos ADM-160 MALD. Son pequeños drones de un solo uso que imitan con exactitud la firma radar de un F-15 o un F-16: misma sección transversal, misma velocidad, misma altitud. Lanzados por centenares antes del ataque real, saturan las redes de defensa con blancos, en apariencia, auténticos. Para el operador que mira una pantalla caótica bajo una lluvia de interferencias activas, distinguir los reales de los falsos resulta imposible. Las baterías de misiles disparan y agotan sus municiones contra fantasmas digitales.

Hay un factor añadido más: el Growler no solo ciega los radares, también corta los enlaces de comunicación entre las baterías de misiles y el mando central. Una batería que logre detectar un contacto real no puede obtener autorización de disparo ni compartir el dato con sus compañeros. La intrincada red de defensa aérea queda reducida a puestos aislados sin coordinación posible.

Sistema adaptativo

En las operaciones contra sistemas S-300 y Bavar iraní en febrero de 2026, esta combinación demostró ser eficaz incluso contra sistemas diseñados para operar bajo interferencias. Los S-300 incluyen capacidades de salto de frecuencia y procesamiento resistente al «jamming», pero estas contramedidas operan dentro de parámetros conocidos. Cuando el reconocimiento previo ha catalogado esos parámetros, el S-300 deja de ser una incógnita para convertirse en una variable controlada.

Existe un límite físico: la zona de quemado comienza aproximadamente a treinta kilómetros del radar enemigo; a esa distancia, la densidad de la señal supera la capacidad de saturación del Growler y el avión empieza a ser detectable. Por eso los Growler no escoltan a los cazas en el tramo final, sino que mantienen posición fuera de la zona de amenaza.

Afección a la cadena de mando

El factor humano completa la ecuación. Un operador que ve su pantalla convertida en caos durante cinco segundos lo atribuye a un fallo técnico. Si dura cinco minutos, sabe que está bajo ataque electrónico y el manual le ordena apagar el radar para sobrevivir. Es exactamente lo que el atacante quiere. El Growler no solo colapsa los sensores: colapsa también la toma de decisiones.

Pero esta ventaja no es permanente. China y Rusia invierten en radares con salto de frecuencia acelerado, procesamiento cuántico de señal e inteligencia artificial diseñada para identificar y contrarrestar patrones de interferencia DRFM. La ventaja existe porque Estados Unidos lleva décadas acumulándola, no porque sea irreversible. Cada avance ofensivo genera una respuesta defensiva, y cada respuesta genera un nuevo avance. El espectro electromagnético es el campo de batalla más silencioso de la historia, y en él siempre gana quien dispone de mejor tecnología.

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