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China comienza a exportar el J-35, el avión cuyo diseño robó a EEUU hasta copiarle el nombre

La industria china clonó el aparato estrella de la defensa occidental pero solo por fuera; hay secretos que no sustrajeron

China comienza a exportar el J-35, el avión cuyo diseño robó a EEUU hasta copiarle el nombre

Un avión de combate J-35.

De los gestos de sorpresa dibujados en sus caras pasaron al pánico. Los chinos tenían un avión igualito al suyo, calcado. Y no cualquiera, sino el avión de combate F-35, la superestrella de sus fuerzas aéreas. Los asiáticos habían desarrollado en poco más de un par de años lo que a los americanos les costó un par de décadas. Y no han tardado en hacer caja con la operación, porque han empezado a venderlo a otros países.

La estatal AVIC acaba de cerrar con Pakistán un acuerdo inicial de colaboración que coloca al J-35AE, la variante de exportación del caza furtivo, en el arsenal de Islamabad. Según el South China Morning Post, se habla de un primer lote a finales de este mismo año, dentro de un plan que contempla hasta cuarenta aeronaves. Es una cantidad suficiente como para inclinar la balanza frente a sus incómodos vecinos indios, todavía sin cazas furtivos en su fuerza aérea.

No hay duda alguna, el J-35 no está inspirado, sino que es una copia sin paliativos, del Lockheed Martin F-35, el epítome de la tecnología bélica occidental. Años de desarrollo, década y pico de filosofía militar, la aplicación de un siglo de experiencia y el barniz con lo más florido de su tecnología fueron aplicados para crear un aparato con elementos que eran ciencia ficción hace poco. Es la razón por la que no entra en la cabeza de nadie que los chinos, con una industria especializada muy básica, hayan construido un clon casi exacto.

El J-35A chino hasta ha copiado el lugar y tamaño de donde ponen la enseña de su fuerza aérea, una estrella entre dos lineas gruesas.

El sopapo llegó durante el Salón Aeronáutico de Zhuhai de 2014. El FC-31, el doppelgänger asiático del caza occidental, exhibió líneas que no evocaban al F-35, sino que lo calcaban. Los técnicos americanos sometieron a medición sus planos verticales traseros y no solo eran iguales en forma y tamaño, sino que se desviaban menos de dos grados en su exótica y poco habitual inclinación.

Pero hubo otros hallazgos llamativos. Llamaron la atención sobremanera las entradas de aire sin divisor, conocidas como DSI. En el F-35 fueron producto de años de ensayos en túnel y simulaciones de dinámica de fluidos. En el prototipo chino, la geometría guardaba similitudes más allá de lo razonable. También las superficies alineadas para dispersar ondas de radar y la integración ala-fuselaje remitían al patrón occidental, y es una geometría que no sale con un chasquido de dedos.

Casi dos décadas de complejo desarrollo

El caza F-35 Lightning II es columna vertebral de la aviación táctica de Estados Unidos y de buena parte de sus aliados. Concebido como plataforma de quinta generación, integra baja observabilidad, fusión de sensores y guerra en red en un sistema único. Su desarrollo acumuló retrasos y sobrecostes, pero también avances tecnológicos que ningún competidor había reunido en un único aparato operativo. En su contraparte oriental, hablamos del primer aparato chino con —en teoría— todas estas capacidades, les había salido así de bien a la primera.

El misterio se empezó a desvelar en 2016, hace justo diez años, se supo que un espía chino había participado en el robo de cientos de miles de archivos vinculados al programa de desarrollo de la aeronave. Aquello sacudió los cimientos de Washington, porque no se trataba de un avión cualquiera, sino del proyecto aeronáutico más costoso y protegido de la historia militar estadounidense.

La posterior investigación remitió a una gigantesca y dolorosa brecha de seguridad abierta de par en par desde 2008. En aquel año, un correo electrónico dirigido a un empleado de un proveedor externo abrió la puerta a una discreta intrusión en los sistemas relacionados con su diseño. Desde ese momento, un equipo de hackers vinculado al Ejército Popular de Liberación penetró sus redes mediante credenciales sustraídas y la ayuda de servidores intermedios situados en terceros países.

Piano, piano se va lontano

El método no consistió en descargar archivos a las bravas y de forma masiva. Los atacantes generaron primero listados de directorios completos y mapas de cada carpeta alojada en las redes comprometidas. Toda esa información viajaba a un intermediario que seleccionaba los documentos de mayor valor: planos estructurales, datos procedentes de pruebas, esquemas y lo relacionado con el control de vuelo. Después, la extracción se realizaba en paquetes cifrados y espaciados.

Durante años, la operación avanzó sin activar alarmas visibles. Se extrajeron decenas de gigabytes, que contenían miles de valiosos archivos. Parte del material procedía de sistemas más protegidos, lo que sugiere el uso de ingeniería social para obtener accesos privilegiados; de alguna manera debieron de robar claves personales. Cuando los indicios afloraron a finales de 2013, en el Pentágono se abrió un debate incómodo sobre el alcance real del daño.

La inquietud creció al observar el calendario de los programas chinos. El desarrollo del Chengdu J-20 y, sobre todo, del más ligero Shenyang FC-31, avanzaba a un ritmo superior al de iniciativas previas. Analistas estadounidenses compararon cronogramas y detectaron coincidencias temporales con la información sustraída.

La nube en el horizonte chino

Sin embargo, había un pero. En aviación de combate la forma externa es solo la primera capa. La diferencia decisiva se encuentra en la propulsión, los motores. El corazón del F-35 es el Pratt & Whitney F135, uno de los turbofanes más potentes jamás instalados en un caza. Y un motor de semejante potencia genera calor, mucho calor, y requiere una serie de materiales y una aplicación muy compleja.

Las temperaturas en la entrada de turbina rondan los 1980 grados. A ese nivel, el mejor de los aceros pierde sus propiedades y el aluminio se hace consomé. Incluso las aleaciones de níquel más avanzadas sucumben si no incorporan técnicas de fabricación específicas. El margen de error se mide en micras, y una falla de calibre microscópico puede iniciar una grieta que, a decenas de miles de revoluciones por minuto, acaba por destruir el propulsor.

La ventaja no solo reside en el diseño termodinámico, sino en la tecnología metalúrgica. Los álabes de esta turbina se producen mediante una técnica denominada solidificación direccional, lo que, según qué circunstancias, deriva en monocristales. El proceso elimina los puntos habituales donde se inician las temidas fisuras. Tras la fundición, las piezas se someten a un prensado isostático en caliente y se perforan miles de microcanales de refrigeración, lo que genera una película protectora de aire. Este proceso arroja una forma molecular muy específica.

La técnica para generar este resultado requiere décadas de experiencia en fundición. Las tolerancias, la composición exacta de la aleación y la secuencia térmica forman parte de un conocimiento acumulado en instalaciones industriales muy concretas, y no está al alcance de cualquiera.

Si no puedes con uno, ponle dos… motores

Se sabe que, en sus primeras etapas, el J-35 voló con motores derivados de los que equipan al MiG-29. Son plantas motrices fiables para plataformas de cuarta generación, pero no fueron concebidas para maximizar sigilo térmico ni para sostener regímenes propios de un caza furtivo de altas prestaciones. De hecho, la única gran diferencia visible entre las dos aeronaves mellizas es que el modelo chino requiere de dos motores, por uno, más eficiente, el estadounidense.

Observadores en Zhuhai señalaron emisiones de humo oscuro durante ciertas maniobras. Un escape con mayor contenido de partículas y temperaturas elevadas incrementa la firma infrarroja. En un entorno saturado de sensores, la gestión térmica es tan relevante como la sección radar frontal, porque un aparato que brilla en el espectro infrarrojo pierde parte de su ventaja furtiva. Se habla de que el J-35 es más rápido y vuela más alto que el F-35 americano, pero puede que sea menos invisible.

Es muy posible que China acabe por mejorar sus motores, pero les llevará tiempo. Pekín ha invertido de forma intensa en su desarrollo; sin embargo, cerrar la brecha en fiabilidad, horas entre revisiones y eficiencia térmica implica superar barreras industriales complejas. A esto se añade la eficiencia de sus mecánicas a la hora de las paradas entre horas operativas.

Un motor con ciclos cortos de mantenimiento obliga a retirar aeronaves con mayor frecuencia, incrementa la carga sobre talleres y reduce las salidas. En combate moderno, puedes correr mucho y tener un aparato estupendo, pero si está más tiempo en tierra que en vuelo, has hecho un pan con unas tortas. El dominio aéreo depende de sostener el ritmo durante semanas.

Una receta más compleja

El episodio del espionaje fue una baza para los chinos. Obtener los planos acortó etapas de diseño estructural e integración, pero no sustituyó la infraestructura metalúrgica ni la experiencia acumulada en producción en serie. Copiar la silueta es factible; replicar el ecosistema industrial que la respalda resulta más complicado.

Para Estados Unidos, la lección fue doble. Por un lado, reforzar la ciberseguridad de sus contratistas; por otro, asumir que la ventaja tecnológica no es estática. La competencia obliga a innovar de forma constante. La superioridad no se hereda; se mantiene a través de inversión sostenida y protección del conocimiento.

En la era de la información, los secretos viajan a la velocidad de la luz. La capacidad de convertir esos datos en rendimiento real depende de fábricas, hornos y manos expertas. El caso del F-35 y su imitador chino confirma que se pueden sustraer planos, pero no siempre el ingrediente que los hace funcionar.

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