Laura Freixas y la verdad de la sangre
La escritora publica su tercer libro autobiográfico, ‘Mi madre en el espejo’, relato valiente sobre las relaciones familiares

Laura Freixas.
Además de los cuatro volúmenes publicados de su diario, en los que Laura Freixas cuenta de manera pormenorizada la cotidianeidad de su vida íntima y los avatares de su carrera literaria, la escritora barcelonesa viene entregándonos, en sus libros de madurez, unos relatos autobiográficos, centrados en episodios vitales significativos y sin seguir una cronología estricta. El proyecto autobiográfico de Laura Freixas formaría parte de lo que se ha denominado «autobiografía permanente», que la emparenta, por ejemplo, con obras de tanto reconocimiento y éxito como la de Annie Ernaux, Édouard Louis o Karl Ove Knausgard.
Esta idea innovadora y continua de la autobiografía no sería exclusiva de la literatura actual, porque la encontramos ya en Rousseau, uno de los padres de la autobiografía moderna, que, además de las Confesiones, prolongaría, de manera innovadora, el ejercicio de autobiografiarse en Las ensoñaciones del paseante solitario y en Rousseau juez de Jean-Jacques. Todos estos autores practican esta clase de escritura autobiográfica incesante y por entregas.
Mi madre en el espejo, que acaba de publicarse, se une de este modo a Adolescencia en Barcelona (2007, reeditado en 2021) y A mí no me iba a pasar (2019). Estos tres libros componen una suerte de autobiografía in progress, diseminada y lagunar, que abarca buena parte de la vida y orígenes familiares de Freixas, tejiendo líneas de conexión entre ellos y volviendo a personajes y temas aparecidos en los libros anteriores. Pero no pone punto final ni pretende sintetizar todo lo vivido de una sola vez ni darle un sentido único, cerrado ni definitivo. Al contrario, procede por parcelas o temas biográficos independientes, que se imbrican y suman, componiendo una visión comprensiva de su vida.
Si en Adolescencia en Barcelona, Freixas se centraba en sus dobles orígenes familiares, castellanos y catalanes, y en el descubrimiento juvenil del amor y demás tribulaciones adolescentes, en A mí no me iba a pasar —su segundo relato inequívocamente autobiográfico, aunque presentado como novela— pasaba revista a su matrimonio y a la creación de una familia propia, seguido del posterior divorcio. Ahora, en Mi madre en el espejo, que escribe a partir de la muerte de esta, narra y analiza sin ningún tipo de reserva o pudor la intensa relación entre madre e hija, a veces feliz, a veces frustrada, hecha de incomprensión y admiración, gratitud y reproche.
El relato se construye en una suerte de diálogo o intento de interlocución con la madre ya ausente. El logro radica en el tono coloquial conseguido, que reproduce con éxito la oralidad de la lengua hablada en la escritura, puesta aquí al servicio de una confesionalidad que le confiere al texto credibilidad, emoción y espontaneidad. De otro modo, el resultado hubiera sido artificioso e impostado. Este es, desde el punto de vista del estilo, el valor más destacable de Mi madre en el espejo.
Reivindicación feminista
Al mismo tiempo, la autora describe también la inmadura y ambigua personalidad del padre, en el que, sin embargo, admira su creatividad y sentido del humor, pero al que no perdona un comportamiento deshonesto, que marca y angustia a la joven Freixas y que el lector tendrá que descubrir por su cuenta para extraer su propio juicio. Todo, incluidas las relaciones de pareja de los padres, es contemplado con el rigor, la exigencia y el respeto a la verdad que caracterizan la escritura autobiográfica de Freixas.
Las dos características que me han interesado y he admirado más de las autobiografías de Freixas han sido, precisamente, la libertad con que busca la verdad personal a través de la escritura y la reivindicación feminista, casi siempre reflexiva, racional y ecuánime. Ambos rasgos se imbrican y se sostienen mutuamente en la obra que nos ocupa, pero, en esta ocasión, ha ido, a juicio del que suscribe, un poco más allá.
En Mi madre en el espejo, la autora busca la verdad con una sinceridad a tumba abierta, evidentemente «su verdad» y de la forma que las reglas del género autobiográfico obligan a hacerlo: ser, al tiempo, narradora y protagonista, juez y testigo de la historia. Esta constricción del género la coloca en ocasiones en el filo de la navaja y la aboca a correr el riesgo de parecer injusta, cuando coteja su experiencia y principios feministas con los de la madre. En este punto, el lector puede sentir que la reivindicación feminista se hace a costa de la madre, deudora o rehén, por fuerza, del contexto social e histórico, del que procede y en el que se educó. En estas ocasiones, el lector puede sorprenderse de que Freixas no tenga en cuenta este condicionante o ignore la forzosa fractura generacional que separa siempre el mundo de las hijas y las madres.
Aquí residen la mayor virtud y el peligroso riesgo que Freixas desafía en Mi madre en el espejo, al atreverse a tratar un asunto tan complejo y delicado como son las relaciones parentales. Tradicionalmente, lo más frecuente en este tipo de relatos ha sido pasar por alto o evocar sin describir ni analizar los asuntos viscosos y conflictivos, que en la mayoría de las familias existen, para terminar dando una imagen idealizada de la relación paternofilial. No es este, en absoluto, el caso de Mi madre en el espejo. Al contrario, Freixas, sin negar ni pretender borrar la privilegiada situación de sus orígenes, tampoco regatea afrontar los aspectos negativos, en los que la familia corrió peligro de derrumbe, cuando la empresa textil familiar se declaró en quiebra…
Sin victimismo
Siguiendo el dictado del sabio proverbio con que Tolstói abre Anna Karenina —a saber: «Todas las familias felices se parecen, las desgraciadas lo son cada una a su manera»—, Freixas, sin incurrir nunca en el victimismo, pero sin ocultar el sufrimiento, se detiene en los puntos negros de su derrotero personal y el de sus padres. En el libro Sufro luego existo, recientemente traducido al español, el ensayista francés Pascal Bruckner ha analizado de manera brillante un rasgo de nuestras sociedades occidentales, como son el victimismo y la exhibición trivial de las desgracias personales, que ahora tendemos a mostrar sin medida. Viene a decir Bruckner que lo lamentable no es, por supuesto, el sufrimiento ni tampoco expresarlo, porque esto es humano y consustancial a la vida, lo penoso resultaría de la falta de trascendencia y la carencia de reflexión, en consecuencia, de la ausencia de aprendizaje con que normalmente se afrontan las experiencias de sufrimiento.
De manera ejemplar, Laura Freixas cuenta el lado oculto del sufrimiento, aquel que las personas y las familias ocultan normalmente, pero lo trata de manera sabia y constructiva. El riesgo de mostrar las heridas y cicatrices propias o de la familia reside en hacerlo, como nos advierte Bruckner, de manera superficial, sin ir más allá de la anécdota o del dato escandaloso, sin trascender esto ni extraer las lecciones oportunas. La cuestión del acierto de esta literatura, que trata del dolor o el sufrimiento propios, reside en qué hacer con esto sin recurrir a la autocompasión ni al victimismo que regatea cualquier responsabilidad. La clave está en no regodearse en el dolor ni lamerse las heridas, sino en saber usarlas como una palanca transformadora.
Freixas lo tiene claro. El sufrimiento que le produjo la relación con sus padres y la educación sentimental, emanada de la relación que estos mantenían, definida por la «falta de amor», le sirvió para construir y reforzar su propia identidad de mujer independiente y feminista, en la que, entre otras cuestiones, la autonomía económica, la «hucha propia» —dice la autora—, no solo la habitación propia, resultaría imprescindible. Pero esto, que es un pilar fundamental en el balance biográfico de Laura Freixas, no anula el amor ni la compasión por los progenitores.
Los capítulos finales son una demostración de empatía y amor filial, que viene a demostrar la verdad del proverbio rumano, que le gusta citar a mi amiga Ioana Zlotescu: «La sangre no se hace agua» («Sângele apa nu se face»). O lo que es lo mismo: los lazos de parentesco, los que proceden del origen común y de la misma sangre, son más fuertes que los que se establecen por cualquier otro motivo, sea cultural, económico, político, ideológico, amistoso o religioso. Esta es la lección final, hecha de lealtad y fidelidad a la madre, que nos deja este magnífico libro, por lo que me atrevo a recomendárselo con total convicción.
