'Lorca en Vermont': el amante americano del poeta granadino
El libro de Patricia A. Billingsley, bien documentado, es relevante porque allí escribió parte de ‘Poeta en Nueva York’

Federico García Lorca.
En el verano de 1929 Federico García Lorca pasó diez días de agosto en la zona del lago Eden, en Vermont. Era la época de su estancia en Nueva York y esta escapada era conocida por todos los biógrafos del poeta. Tiene su relevancia, entre otras cosas porque allí escribió varios poemas de su futuro libro Poeta en Nueva York y tomó de esa estancia el título para una de sus secciones. Lo que no se sabía con exactitud es lo que sucedió allí y es lo que trata de dilucidar Lorca en Vermont (Taurus) de la especialista estadounidense Patricia A. Billingsley.
Quien lo invitó a pasar unos días en Eden Mills fue el joven Philip Cummings, cuya familia tenía allí una cabaña. El poeta granadino lo había conocido un año antes, en 1928, en la madrileña Residencia de Estudiantes. Cummings tenía entonces 21 años y estaba allí alojado, haciendo unos cursos de español. Lorca tenía 30 años y ya hacía tiempo que había dejado atrás la etapa estudiantil, pero como antiguo residente y figura cultural relevante tenía una habitación a su disposición siempre que estaba en Madrid.
Ese primer contacto propició que, cuando un año después el poeta viajó a Nueva York —donde estuvo nueve meses, más otros tres en Cuba— Cummings lo invitara a pasar unos días en Vermont. Durante mucho tiempo, lo sucedido allí se mantuvo en un discreto silencio, por lo que la autora denomina «una conspiración de silencio». El propio Cummings no lo desveló en su día y tampoco lo hicieron los amigos de Lorca, por el clima de homofobia imperante en la época y en las décadas posteriores. Lo que con el tiempo empezó a saberse y este libro aborda de forma minuciosa es que Lorca y Cummings fueron amantes.
La primera pregunta que plantea un libro de este tipo es hasta qué punto necesitamos conocer los detalles íntimos de la vida de un escritor; dónde termina la seriedad académica y empieza el puro chisme. Sobre este particular haré dos observaciones. En primer lugar, el libro de Billingsley es serio y trabaja sobre documentación contrastada, aunque se le puede achacar una pega que desarrollaré más adelante. Y en segundo lugar, en un caso como el de Lorca, estamos ante un personaje que es algo más que un mero escritor. Es un icono —utilizado y maleado por unos y otros— y, por tanto, cualquier descubrimiento sobre su intimidad es relevante. Y más si, como sucede en este caso, lo acontecido en Vermont tiene relación directa con su obra, porque allí escribió varios poemas que formarían parte de Poeta en Nueva York y además lo allí vivido impregnó otros.
Los amores de Lorca que estaban en el radar de los biógrafos desde hace tiempo eran básicamente cuatro. En primer lugar, Dalí, con el que no se llegó a consumar nada, porque el artista no estaba por la labor. Después Rafael Rodríguez Rapún, actor y secretario de La Barraca, que murió en el frente en la guerra civil. A este le sucedió el apuesto y canallita escultor Emilio Aladrén, al que el poeta conoció a través de Maruja Mallo —según ella, se lo arrebató— y que un tiempo después dejó plantado a Lorca por una joven inglesa llamada Eleanor Dove, llegada a Madrid como representante de la marca de cosméticos Elisabeth Arden. Aladrén acabó militando en la Falange y triunfó como escultor en el franquismo, cincelando bustos de prohombres del régimen. El último amante notorio fue Juan Ramírez de Lucas, conocido como «el rubio de Albacete», un periodista mucho más joven que el poeta, que acabó combatiendo en la División Azul.
Ánimo depresivo
A estos nombres se han ido añadiendo otros: el escritor y mecenas Enrique Amorín, al que Lorca conoció en Buenos Aires durante una gira teatral de Bodas de sangre. Santiago Roncagliolo publicó sobre él en 2012 El amante uruguayo. Una historia real. Y ahora llega este nuevo libro con la historia de Philip Cummings y ese verano en Vermont.
El viaje a Nueva York lo hizo Lorca por la invitación de Fernando de los Ríos a acompañarlo. Se inició con una breve estancia en Oxford y desde Inglaterra se embarcaron en el puerto de Southampton en el transatlántico Olympia. Para el poeta fue un modo de dejar atrás la traumática ruptura amorosa con Aladrén. Y también las maldades de sus amigos surrealistas Buñuel y Dalí, mofándose del Romancero gitano. El libro había sido un éxito, pero el propio autor temía quedarse anclado en el folclorismo. De modo que llegó a Nueva York en un estado de ánimo depresivo, como queda claro en esta carta: «Nueva York me parece horrible, por eso voy allí».
Las reacciones que le provocó la ciudad fueron contradictorias, entre la fascinación por su vitalidad y los imponentes rascacielos y el espanto ante ciertas realidades del modo de vida americano, como el racismo, a lo que se unía la nostalgia del hogar. Esta ambivalencia está recogida en las cartas que fueron enviadas a su familia, publicadas por la añorada revista Poesía en 1985 En la primera de ellas les cuenta: «La llegada a esta ciudad anonada, pero no asusta. (…) Es increíble. El puerto y los rascacielos confundiéndose con las estrellas, las miles de luces y los ríos de autos que ofrecen un espectáculo único en la tierra. París y Londres son dos pueblecitos, si se comparan con esta Babilonia trepidante y enloquecedora». Sin embargo, lo que quedará escrito en los versos de Poeta en Nueva York es mucho más sombrío y desgarrador.
De modo que el interludio veraniego en Vermont —que se prolongó después en Dushnellville, invitado por Ángel del Río y su familia, y en Newburgh, con Federico de Onís— fue una suerte de bálsamo. Patricia Billingsley reconstruye de forma minuciosa lo sucedido en aquellos días, incluido el encuentro con dos hermanas de cierta edad —Elisabeth y Dorothea Tyler— que habían abandonado la ciudad y vivían solas en una destartalada casa que iban reparando ellas mismas.
Descubrimiento de Walt Whitman
En lo que concierne a la relación amorosa con Cummings, la autora explica que este trajo consigo una edición de Hojas de hierba de Walt Whitman, para traducir algunos poemas al español, con ayuda de Lorca. El detalle es relevante, porque hasta ahora se daba por bueno que el granadino había descubierto a Whitman poco después, a través de León Felipe. Los poemas más homoeróticos del vate norteamericano, con su canto a un amor puro, liberado de tabúes y de sordideces, inspirarán a Lorca uno de los poemas más impresionantes del Poeta en Nueva York, la Oda a Walt Whitman.
Sin embargo -en este asunto y en algunos otros- la autora hace algo como mínimo discutible en una biografía: elucubra. Cuando hay un dato que no puede demostrar, da rienda suelta a su imaginación y sus hipótesis. Barrunta, por ejemplo, qué edición pudo traer consigo Cummings de los poemas de Whitman, y basa toda su teoría de que fue él quien le descubrió al autor de Hojas de hierba en una presunta contradicción en el testimonio de León Felipe, que se atribuía el mérito de haber introducido a Lorca en la obra de Whitman.
Con todo, el libro está en general sólidamente documentado y además bien escrito, de modo que permite una lectura casi novelesca de las andanzas americanas del poeta. En Vermont Lorca escribió varios poemas, entre ellos los dos que conforman la sección de Poeta en Nueva York titulada Poemas del lago Eden Mills: Cielo vivo y Doble poema del lago Eden. Los versos de una de las estrofas de este último dicen: «Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,/quiero mi libertad, mi amor humano/en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera./¡Mi amor humano!».
