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La otra cara del dinero

Por qué los ricos trabajan más horas que nunca

«Nuestros nietos», predijo Keynes, solo trabajarán «15 horas a la semana» y «el amor al dinero […] se reconocerá como lo que es: una enfermedad repugnante»

Por qué los ricos trabajan más horas que nunca
Trabajador de la factoría de Opel.|EP

A los chicos con los que me crié en los años 60 no les importaba mucho el dinero. En aquel barrio de clase media queríamos ser médicos, arquitectos, marinos, misioneros. Una década después, el panorama cambió radicalmente. A las generaciones nuevas les obsesionaba el triunfo material y, tras licenciarse en empresariales, cursaban posgrados en escuelas de negocios y universidades extranjeras. Con uno de aquellos cachorros coincidiría tiempo después en una editorial. El pequeño Marcos (nombre ficticio) al que había paseado a hombros por el parque era ahora mi consejero delegado y un día me pidió que lo acompañara a negociar un intercambio de contenidos con una revista belga. El vuelo salía a las ocho de la mañana, así que la víspera entré en su despacho: «Habrá que estar en Barajas a las seis», le dije. Estaba hojeando uno de esos diarios anglosajones de formato sábana. Lo abatió sobre las rodillas y me miró por encima de sus gafas. «¿Para qué? ¿Pensamos hacer un picnic en la terminal internacional?» Enderezó el periódico con un hábil golpe de muñeca y añadió dando el asunto por zanjado: «A las siete te recojo».

Apareció un cuarto de hora tarde. «Lo siento, pero no encontraba mis gafas y he estado un rato buscándolas», se excusó. Luego miró el reloj y dijo perfectamente serio: «Por suerte, vamos con tiempo». 

Llegamos a facturar por los pelos, pero aún insistió en ir a una farmacia antes de embarcarnos para reponer las gafas perdidas. «¿Qué tal me quedan?», me decía mientras se probaba una montura tras otra y por megafonía repetían nuestros nombres: «Último aviso a los pasajeros con destino a Bruselas…» Nos presentamos en la puerta cuando estaban a punto de cerrar el vuelo. «¿Te merece la pena ir así por el mundo?», le pregunté ya en nuestros asientos. «En Chicago», me respondió, «Bob Lucas nos enseñó que si nunca has perdido un avión es que has pasado demasiadas horas en los aeropuertos».

A Marcos le sobraba el dinero, como atestiguaba el impecable corte de sus trajes, pero andaba muy falto de tiempo. Su jornada empezaba pronto. A las seis estaba trotando por el campo o haciendo remo en su gimnasio particular. A mediodía comía un sándwich y, cuando se retiraba sobre las nueve de la noche, era a menudo para acudir a una cena o un acto. No piensen que era uno de esos modernos bárbaros que únicamente entienden de su especialidad. Citaba con soltura a los clásicos, tenía palco en el Real y, aprovechando que la oficina estaba cerca del Museo del Prado, algunas mañanas se pasaba para admirar brevemente la obra de uno de sus pintores favoritos: Velázquez, Goya, Fra Angelico.

¿Por qué alguien acaudalado y culto como él vivía al borde del infarto?

La avidez de la especie

En 1930 John Maynard Keynes visitó Madrid y en la Residencia de Estudiantes explicó que, gracias a «la eficiencia tecnológica», la humanidad estaba a punto de resolver «el problema económico» de la escasez. «Nuestros nietos», predijo, trabajarán en «turnos de tres horas diarias» y «el amor al dinero por el dinero […] se reconocerá como lo que es: una especie de enfermedad repugnante».

Keynes acertó con la tendencia general, aunque se quedó corto. Los españoles trabajábamos 2.200 horas al año en 1950 y ahora lo hacemos solo 1.700. La disminución ha sido aún mayor en Francia, donde han pasado de 2.200 horas a 1.500, o en Alemania (de 2.400 a 1.350). Hay una clara correlación positiva entre riqueza y ocio. El motivo es que la utilidad decrece con cada euro adicional y, a partir de cierto nivel de renta, no compensa esforzarse más. ¿Para qué, si ya tienes todo lo que necesitas? 

Keynes subestimaba, sin embargo, la avidez de la especie. Tener lo que necesitas no significa lo mismo siempre y en todo lugar. Lo que para los antiguos griegos era un palacio principesco seguramente no obtendría la cédula de habitabilidad en la Barcelona actual. El punto de saturación también varía con cada persona. Hay quien está encantado en su pisito de Aluche y quien no sabe veranear sin barco. Y por lo que vamos conociendo de la condición humana, la capacidad de gasto carece de cualquier límite superior. Cuando has acabado con la lista de todo lo que necesitas, viene la de todo lo que no necesitas, que es mucho más larga y más cara e incluye objetos inapreciables, como las cartas Pokémon o la colección de non fungible tokens del artista digital Pak.

Coste de oportunidad

Dado que cada cual asignamos un valor diferente al tiempo libre, lo lógico sería que ello se reflejara en la duración de nuestras jornadas, pero el traje a medida laboral es poco práctico y la mayoría gastamos el prêt-à-porter que nos corresponde por convenio. Esto tampoco supone una pérdida irreparable para la mayoría. Si a alguien situado en la zona media de la escala salarial le propusieran un aumento del 20% por hacer 60 horas en lugar de 40, seguramente no aceptaría.

En la cúspide de la pirámide, sin embargo, el coste de oportunidad del ocio (o sea, lo que pierdes cuando optas por no trabajar) se dispara y no es tan sencillo decir que no. «¿Por qué los empleados blancos estadounidenses tienen semanas laborales más largas que hace un cuarto de siglo?», se preguntan Peter Kuhn y Fernando Lozano en un artículo de 2006. No se trata de un fenómeno pasajero, ni tiene que ver con el declive sindical, porque afecta a directivos que no suelen estar afiliados. La explicación son los enormes incentivos que ofrecen unas compañías cada vez más grandes y rentables.

Eso sí, a cambio exigen que les entregues tu alma y, si en el siglo XIX el triunfador se caracterizaba por su existencia indolente y regalada, en el XXI lo distinguimos porque corre por las terminales internacionales con la lengua fuera, como mi amigo Marcos.

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