Cogolludo (Afianza): «La diferencia entre suerte y buena suerte es que te la tienes que generar»
Este emprendedor repasa su trayectoria en el podcast 'Así empecé'

THE OBJECTIVE.
Cuando José Luis Cogolludo terminó la carrera universitaria, no tenía un plan de negocio sofisticado ni una estrategia diseñada a varios años vista. Lo que tenía era la experiencia acumulada durante tres años como becario en una pequeña asesoría de Carabanchel y la convicción de que quería construir algo propio. Así nació una pequeña gestoría en una oficina modesta de Madrid, con un único cliente y una becaria. Más de dos décadas después, aquella aventura empresarial se ha transformado en Afianza, un grupo con más de 1.500 profesionales, presencia en toda España y una facturación que supera los 100 millones de euros. Cogolludo protagoniza el nuevo capítulo de Así empecé, una serie de entrevistas que tienen como objetivo acercar historias de personas que tuvieron una idea, un sueño, de crear o mejorar algo, y que a base de ingenio, determinación y pasión consiguieron sacar adelante. En definitiva, son historias de emprendedores contadas por ellos mismos.
El primer día, Cogolludo se enfrentó a la misma incertidumbre que acompaña a muchos emprendedores cuando arrancan desde cero. «Recuerdo la sensación del primer día de estar sentado en mi nueva oficina y pensar: ¿y ahora qué?». La respuesta llegó enseguida. «La solución es echarse a la calle». Aquella decisión tan sencilla acabaría marcando la filosofía con la que construiría toda la compañía.
Los años de construir desde cero
Aquella forma de entender el emprendimiento tenía mucho que ver con la educación que había recibido. Hijo de un hostelero de Carabanchel, creció viendo trabajar a sus padres durante jornadas interminables. Desde pequeño ayudó en el bar familiar y durante años creyó que simplemente estaba colaborando en el negocio. Con el tiempo comprendió que estaba aprendiendo una lección mucho más importante. «Pensaba que le estaba ayudando. Y lo que me estaba enseñando mi padre es a trabajar».
Esa cultura del esfuerzo marcó los primeros años de la empresa. Sin apenas recursos, la captación de clientes dependía de llamar puerta por puerta, visitar negocios y generar confianza. En un sector donde los clientes rara vez cambian de asesor, la cercanía era un activo fundamental. Cogolludo dedicaba las mañanas a buscar oportunidades y las tardes, noches y fines de semana a sacar adelante el trabajo. Sin embargo, nunca recuerda aquella etapa como un sacrificio extraordinario. «Yo no pensaba que estaba trabajando duro, sino que es lo que hay que hacer».
Todo el dinero que entraba volvía a la empresa. Mientras seguía viviendo con sus padres, contrataba personal cada vez que las cuentas se lo permitían. El objetivo no era enriquecerse rápido, sino construir una organización cada vez más sólida. «Con que me dejase algo para tomarme una cerveza los fines de semana era suficiente», recuerda. La prioridad era reinvertir y crecer, no recoger beneficios.
Durante años el crecimiento fue constante, aunque pausado. El verdadero punto de inflexión llegó en 2010, cuando decidió realizar la primera adquisición. Hasta entonces, la empresa había crecido exclusivamente de forma orgánica, pero Cogolludo entendió que el sector ofrecía una oportunidad de consolidación. La operación imponía respeto: su compañía facturaba alrededor de 700.000 euros y compraba otra que generaba unos 400.000. «Era una inversión bastante importante para lo que yo era», admite.
La experiencia salió bien. Tan bien que dos años después compró tres compañías más en apenas unos meses. Fue entonces cuando descubrió una realidad que muchos empresarios aprenden a base de golpes: crecer no consiste únicamente en sumar ingresos. También obliga a cambiar la forma de liderar. «Gestionar 30 personas o gestionar 60 personas es totalmente diferente», explica. El tamaño de la empresa estaba creciendo más rápido que la experiencia de su fundador.
De pequeña asesoría a grupo nacional
Aquella etapa se convirtió en una escuela acelerada de gestión. Cogolludo comprendió que cada fase de crecimiento exige nuevas capacidades y nuevas formas de organización. Una lección que volvería a aparecer una y otra vez en los años posteriores, a medida que Afianza integraba asesorías, despachos de abogados, auditoras y consultoras por toda España.
La pandemia supuso otro momento decisivo. Como tantos empresarios, vivió las primeras semanas con preocupación. «Pasé quince días muy duros», recuerda. Sin embargo, una vez superado el impacto inicial, la compañía encontró una oportunidad para acelerar su crecimiento. Llegó nueva financiación, se reforzó el equipo directivo y el ritmo de adquisiciones se multiplicó. Lo que comenzó como una amenaza terminó convirtiéndose en un acelerador del proyecto.
A partir de entonces, Afianza dejó de ser únicamente una asesoría para convertirse en un grupo de servicios profesionales con presencia nacional. Hoy suma cerca de 75 adquisiciones, más de 1.500 empleados y una oferta que abarca asesoramiento empresarial, servicios jurídicos, auditoría y consultoría.
El crecimiento también transformó su visión sobre la financiación. Si en su entorno la deuda siempre se había contemplado con cautela, él terminó viéndola como una herramienta para avanzar más rápido. «Tener acceso a deuda es un regalo», afirma. Una filosofía que ha acompañado la expansión de la compañía en los últimos años. Para Cogolludo, la deuda dejó de ser un problema para convertirse en una palanca de crecimiento.
Pese al tamaño alcanzado, Cogolludo ha rechazado la entrada de fondos en el capital y mantiene el control total de la empresa. No lo explica únicamente por una cuestión empresarial, sino también personal. «El fin no es la compañía. El fin somos las personas que estamos dentro de la compañía».
Quizá por eso uno de los hitos que más ilusión le genera no tenga que ver con una cifra de facturación ni con una operación financiera. Próximamente, Afianza dará nombre a una de las torres más emblemáticas de Madrid. Para quien comenzó con una pequeña oficina y un único cliente, el momento tiene un significado especial. «Es como cuando subes una montaña y clavas tu bandera arriba». Más que una operación de marketing, lo interpreta como la culminación simbólica de un camino recorrido durante más de dos décadas.
A sus 49 años, Cogolludo sigue hablando más de aprendizaje que de éxito. No tiene un plan de salida ni piensa en la jubilación. Prefiere centrarse en mejorar cada día y en seguir construyendo. Por eso, cuando le preguntan hasta dónde puede llegar Afianza, responde con una frase que resume toda su trayectoria: «La película no acaba. La película es una serie».
