The Objective
El buzón secreto

Espionaje: de grandes héroes a agentes impresentables

La falta de escrúpulos y la desesperación llevan a algunos servicios secretos a captar espías inimaginables

Espionaje: de grandes héroes a agentes impresentables

Alfonso Vega, un agente de la unidad operativa del CNI.

La esencia del espionaje sigue estando en la presencia de sus agentes sobre el terreno, insustituibles por los medios técnicos que se han impuesto en las últimas décadas, ya sean satélites de observación, virus capaces de tomar posesión de ordenadores o teléfonos y drones que sobrevuelan nuestras cabezas sin ser detectados. El mundo de los espías siempre se ha caracterizado por la capacidad de sus agentes de mimetizarse en cualquier ambiente y llevar a cabo operaciones simulando ser alguien nada sospechoso.

Recuerdo el caso protagonizado por Alfonso Vega, un agente de la unidad operativa del CNI, el prototipo español de James Bond, alguien sumamente preparado, dispuesto a todo por cumplir con su misión, que nació para estar en primera línea de batalla. Cuando comenzaba en España la guerra contra el terrorismo yihadista, a su grupo le encargaron localizar a varios sospechosos de los que solo se tenía la pista de que acudían a veces a una mezquita de Madrid. La única forma de ver con claridad la cara a todos los que entraban y poder emitir la alerta con rapidez para que los equipos de seguimiento se pusieran a controlarles de inmediato fue convertir a Alfonso en un mendigo que durante días, semanas o el tiempo que hiciera falta, se colocara en un rincón no demasiado limpio junto a la puerta principal.

Vestido con su ropa vieja y ese aspecto de disciplinado trabajador desesperado por conseguir unas monedas que le permitieran comer algo a lo largo del día, se colocaba por donde pasaban todos los fieles y les miraba a la cara implorando su ayuda, en realidad analizando sus facciones para detectar a algunos de los terroristas sospechosos. Hizo un trabajo impresionante, exitoso, consiguiendo lo más difícil: nadie sospechó de él. Pues bien, ahora algunos servicios secretos están desesperados y llevan tiempo captando colaboradores que son un desastre.

Jubilados y niños, espías increíbles e insospechados

Frente a la profesionalidad habitual de espías como Alfonso Vega –asesinado en una misión en Irak hace 23 años–, algunos servicios de inteligencia han optado desde hace poco tiempo por captar espías que nadie podría haberse imaginado hace tiempo. Uno de los casos es el de Sergey, un tipo por encima de los 40 que se alejó de su país, Ucrania, para no tener nada que ver con la guerra. Se fue a Alemania y ahí apareció el GRU, el servicio secreto militar ruso. Le captaron en Telegram, la vía más habitual. Sin un trabajo estable, sin saber qué hacer con su vida, aceptó operaciones de espionaje para las que no estaba preparado y para las que no le iban a preparar.

Utilizando su teléfono móvil como cámara de grabación –de risa–, espió los movimientos diarios de un empresario alemán que vendía drones a su país natal. El objetivo era conseguir información para que posteriormente un equipo de killers fuera a matarlo. Pero Sergey fue tan chapuza y la operación del GRU tan mal diseñada, que fue detenido -como no podía ser de otra manera-, y los policías encontraron en su móvil las grabaciones que le incriminaban y el número de teléfono de su contacto en el GRU. Por cierto, puesto en libertad provisional, Serguey huyó a España, donde fue detenido y espera a ser extraditado a Alemania.

Otros casos de los muchos que hay, todavía más escandalosos, son el de un jubilado de 73 años y el de un niño de 13, ambos captados por el espionaje iraní para llevar a cabo misiones en suelo israelí. El primero fue captado durante un viaje a Turquía que imagino no sería para trasplantarse pelo. Allí los agentes iraníes se le acercaron y le ofrecieron dinero a cambio de que cumpliera misiones tan complicadas como asesinar al primer ministro o al jefe de alguno de los servicios secretos. Quizás fue casualidad o quizás habían tenido acceso a su información personal, pero el hecho es que el señor mayor estaba endeudado y dispuesto a hacer cualquier cosa para salir del bache. Mejor dicho, casi cualquier cosa, porque eso de matar no encajaba entre sus planes. Le propusieron entonces hacer labores de información, pero no tardaron en cazarle: Israel es un país controlado por cámaras de seguridad, en el que si haces algo en la calle te pillan rápido.

El niño, en una edad cercana al jardín de infancia –perdón por la exageración–, fue captado en Telegram y le ofrecieron dinero, poco, por fotografiar el sistema de la Cúpula de Hierro que intenta proteger Israel de los misiles enemigos. Ni con 13 años fue tan inocente como para jugársela fotografiando una instalación de seguridad, pero sí aceptó hacer grafitis en Tel Aviv, imagino que en contra de las autoridades. No tardó en ser detenido, como era evidente que sucedería. Puede parecer original haberle captado, pero la realidad es que el niño hizo el ridículo y también los espías iraníes que esperaban conseguir a través de él el gran secreto de Estado de Israel.

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