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¿Qué predice la ciencia ficción hoy que se podría cumplir mañana?

Foto: Imagen de 'Blade Runner 2049' | Columbia Pictures

Max Nordau vaticinaba en su Entartung (1892) un final del siglo XX habitado por una generación “a la que no le molestará leer una docena de metros cuadrados de periódicos al día, que le llamen por teléfono constantemente, pensar en los cinco continentes del planeta de forma simultánea, pasar la mitad de sus vidas en vagones de trenes o máquinas de volar, y satisfacer las demandas de un círculo de diez mil conocidos, socios y amigos”. Por entonces la ciencia ficción no existía como tal, pero se entiende mucho mejor cuando valoramos sus antecedentes (como el Frankenstein, de Mary Shelley, de 1818; El Golem, de Gustav Meyrink, de 1915; incluso un caso español: Viaje de un filósofo a Selenópolis, corte desconocida de los habitantes de la Tierra, de Antonio Marqués y Espejo, de 1804).

Con género armado o sin él, la ciencia, unida a la narrativa, siempre ha permitido especular sobre el futuro. Hablamos de la capacidad de ir “más allá de la propia representación”, cualidad que valora sobremanera la periodista y escritora Laura Fernández, autora de obras como Bienvenidos a Welcome, El Show de Grossman, La chica zombie o Connerland, la más reciente (Literatura Random House, 2017). No quiere llamarse a sí misma escritora de ciencia ficción “por respeto”, pero del género, al menos, sabe un rato largo. Lo demostró junto a Eva Cruz (doctora en Filología Inglesa y periodista de la SER) y Juan Carlos Ortega (humorista, presentador y escritor con gusto y sapiencia por la ciencia ficción) en La Térmica (Málaga), dentro de la charla inaugural de un ciclo llamado “¿En esto quedó el futuro?”.

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Laura Fernández, Eva Cruz y Juan Carlos Ortega | Foto: José Báez | La Térmica

 

“Desde Julio Verne y H. G. Wells, pero sobre todo a partir de la explosión de los escritores de los años 50 y 60, la ciencia ficción se pregunta qué pasaría, pero cada vez se pregunta más qué pasará. Muchas de las cosas que la ciencia ficción se ha preguntado -de hecho- están pasando”. Los autores “se han inspirado en los adelantos tecnológicos y descubrimientos científicos para imaginar en qué iba a quedar el futuro. Y resulta que el futuro es este en el que vivimos: hay elementos distópicos y posthumanos, hay crisis ecológica, hay exploración espacial, sectas apocalípticas, infinitas maneras de alienación a través del ocio, desigualdades medievales, explotación laboral y al mismo tiempo hay más gente en este planeta que nunca en la historia y se nos está estropeando, se nos está quedando pequeño”, introducía Eva Cruz en su papel como moderadora.

Lo que la ciencia ficción ya ha adivinado

Los personajes de Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953) llevan unas pequeñas conchas en la oreja que, a modo de auricular, les informan permanente de todo, cuarenta años antes de que existiesen los auriculares inalámbricos. Las paredes de sus casas emiten imágenes de gente continuamente charlando “a la que llaman ‘sus familiares’”, y, además “están constantemente atrapados por el ocio”. “El otro día leí que este año se preparan en España cuarenta series de televisión”,  comentó Cruz volviendo al presente que nos ocupa. “¿No hay una especie de inflación de historias?”.

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Julie Christie y Oskar Werner en ‘Fahrenheit 451’ el film de 1966 dirigido por François Truffaut.

 

Unos años más tarde, en los 60, estos autores “ya hablaban de la deshumanización”. En ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Philip K. Dick, 1968), de posterior adaptación cinematográfica muy libre por Ridley Scott (Blade Runner), los animales están en peligro de extinción, por lo que se convierten en un bien preciado y exclusivo, siendo algo natural tener animales eléctricos. “Hoy en día, que nos comunicamos más de forma virtual, que estamos más en contacto con cosas muertas que con cosas vivas, he notado de forma muy urgente el tema de, por ejemplo, las protectoras de animales”, comentaba Laura Fernández. “Hoy casi todo el mundo tiene mascotas. Todos necesitamos cuidar de algo. Que cada vez haya más tiendas y protectoras, que se protejan los animales de esta manera… Philip K. Dick habla de exceso de empatía, de un ser humano en una sociedad deshumanizada que necesita cuidar de algo vivo porque todo está muerto. Pasamos a veces más tiempo con el ordenador que con personas y creo que todo esto irá a peor”, explicaba.

Son solo dos ejemplos de especulaciones, teorías y aciertos de pleno de entre una extensa bibliografía de ciencia ficción, sobre todo si reparamos en las décadas de los 50, 60 y 70, cuando el género era un gran mercado que “se necesitaba en aquel momento. Era un momento de cambios, de miedo, post Segunda Guerra Mundial, mitad de la Guerra Fría” (aunque precisamente por esta producción tan masiva, apunta Laura Fernández que se antoja necesario separar el grano de la paja, porque hay “muchísima paja, escritores muy regulares”).

Lo que la ciencia ficción adivinará

Antes las novelas de ciencia ficción se ambientaban cuarenta o cincuenta años en adelante, sin embargo, según Fernández, las actuales “se ambientan diez años en el futuro”. “Todo es tan rápido que no se arriesgan”, comenta. Sabiendo todo esto, es irremediable preguntarse, no sin cierta turbación, ¿qué se está escribiendo hoy que podría cumplirse mañana? Conviene estar atentos, porque probablemente “nos están hablando de lo que pase en veinte años. Si la de ayer fue premonitoria, quizás la de hoy también lo sea”, apuntaba Fernández.

 

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‘Hijos del hombre’ de Alfonso Cuarón está ambientada en 2027. | Imagen vía Universal Pictures.

 

El contexto en el que nos movemos es el que Emmanuel Carrère trasladó a Laura Fernández en una entrevista reciente, coincidiendo con la reedición de la biografía que el francés escribió de Philip K. Dick (Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos): no hay ya realidad posible. “La realidad ha muerto”, recordaba Fernández. Por eso cree que “leemos cada vez más autoficción porque necesitamos comprobar que la realidad sigue ahí. La realidad cambia cada día y no hay nada fiable. Lo que tenemos son visiones de la realidad: alguien hablándote de sí mismo en el mundo, y eso nos tranquiliza un montón porque queremos un espejo, queremos ver que alguien nos devuelve algo que nosotros vemos comprensible”.

Sin embargo, vivimos una paradoja que no desmiente lo anterior. Argumenta Eva Ruiz, y Fernández concuerda, que al mismo tiempo que nos sumimos en nuestras propias historias, “hay un exceso de ocio en todos los órdenes”. “Hay demasiada ficción, me da la sensación de que tenemos demasiadas historias, tantas que no nos permiten contar la nuestra propia. Estas historias funcionan para tapar lo que nos está pasando”, concluía. ¿Quién lo está contando, entonces? Contesta Fernández que “de la realidad está escribiendo todo el mundo, pero de su realidad y ese es el peligro”.

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Este libro apuesta por una actitud de combate contra las credulidades de nuestro tiempo y sus formas de opresión. | Imagen vía Anagrama.

 

Es de lo mismo de lo que habla la filósofa Marina Garcés, y tantos otros pensadores (teniendo como marco el líquido de Zygmunt Bauman), cuando desde su Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017) nos sitúa en una época en la que le hemos cogido gusto a la estética del apocalipsis y las circunstancias no nos permiten pensar en un progreso posible: lo que hay delante de nosotros se ve nuboso, y entre las brumas no hay demasiada incertidumbre. Ponemos tiritas, tapamos agujeros, pero somos incapaces de imaginar una vida mejor. Más informados que nunca, pero también más impotentes: sabemos mucho, pero no podemos nada. Nada está a nuestro alcance: ni el trabajo, ni la tierra, ni la compra de un piso. En esta condición póstuma solo nos queda sobrevivir mientras contemplamos las únicas certezas: muchas constituyen hoy gasolina y alimento para historias de ciencia ficción.

Los temas de hoy: cambio climático, feminismo y desintegración social

Estamos hablando, por lo tanto, de una narrativa hábil, acertada y, por eso mismo, peligrosa, en el mejor de los sentidos. Deberían ponerse a dialogar, como sugería Juan Carlos Ortega, políticos y autores de ciencia ficción. Luis Miguel Ariza, periodista y licenciado en Ciencias Biológicas, hace un apunte: “está claro que la ciencia ficción tiene un poder de predicción notable, pero no es el objetivo fundamental. No se trata de jugar a ser una especie de futurólogo. Para mí lo que sí hace la ciencia ficción de una forma muy precisa, más que predecir el futuro, es predecir nuestros miedos. La ciencia ficción ha funcionado muy bien como una caja de resonancia en la que se pueden escuchar los ecos de nuestros temores y angustias. Y eso se convierte en el motor dramático de la película o de la narración”. Se trata de una voz autorizada: lo demuestra con su trabajo diario y también con su libro ¡Vigilen los cielos! La filosofía de la ciencia ficción (Arpa, 2018). Con él, además, aprovechamos para acercarnos al cine, campo en el que es experto.

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Imagen vía Arpa.

 

Lo que se cuece hoy, de acuerdo con Laura Fernández estriba en dos temas que a su vez son dos luchas: el cambio climático y el feminismo. Las climate fictions se han convertido en “una corriente dentro de la ciencia ficción y son las que están advirtiéndonos”. Kim Stanley Robinson se alza hoy como máximo referente de una temática que, desde luego, viene de lejos. Por otro lado, en cuanto a los temas feministas y a la novela de ciencia ficción escrita por mujeres, “la sensación es que aún nos queda un camino largo que será bastante violento”. La autora catalana pone como ejemplo El libro de Joan, de Lidia Yuknavitch (Alpha Decay, 2018); también La revolución feminista geek, de Kameron Hurley (Alianza Editorial, 2018). Las define como lecturas “devastadoras” y “duras”. “La ciencia ficción que están escribiendo las mujeres es bastante cruel; hay un punto de una lucha constante, heridas, cicatrices…”, resume.

Ariza se suma a la identificación de temas que son temores: para él, “el tema más preocupante de todos” es “la bomba atómica, la acumulación de armas nucleares”. “Pero está dormido”, dice. Señala como “fundamental” un miedo “bastante grande a la desintegración social” que “se traduce en películas o series distópicas que te presentan un panorama en el cual las estructuras sociales se han destruido, bien por un apocalipsis nuclear, bien por un virus que ha acabado con la mayoría de la gente, o bien por uno que ha vuelto zombie a la mayoría”. En este mundo “completamente globalizado”, con “una facilidad enorme para el intercambio de información” (en ocasiones convertida en desinformación) y “un trasiego de personas de todas partes del planeta, hay un temor enorme a que una epidemia se propague por toda la humanidad. Se está esperando la próxima pandemia”, dice Ariza, recordando la “psicosis tremebunda” que hubo con el ébola (recomienda la película Contagio, de Steven Soderbergh). Aquí juega un papel importante “Internet, que en vez de ser clarificador es todo lo contrario”. En general, “hay un aumento de miedos derivados de la globalización: el temor a que nuestra sociedad digital se derrumbe porque haya un hacker que domine absolutamente todo”; también a las “pseudociencias” (como demuestra Interstellar), a “los avances genéticos”…

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Los de Yuknavitch y Hurley son lecturas “devastadoras” y “duras”. | Imagen vía Alpha Decay y Runas.

 

Pesimismo y escepticismo alimentado por la desinformación

Todos estos nuevos miedos no han desplazado al miedo a la máquina y al capitalismo salvaje, sino que “se suman”. “Hay un pesimismo hacia el futuro más patente o marcado en las películas de ahora que en las que se producían en los años 50”, asegura Ariza. Eso se nota, por ejemplo, en que “la figura del científico está mucho más diluida, más oscura; a veces tiene intereses ocultos o no tiene importancia. Es un reflejo del escepticismo que hay ahora mismo hacia la ciencia”. “Hay una erosión en la credibilidad de la ciencia por parte de la gente que está fundamentalmente basada en la absoluta ignorancia”, resuelve.

En la línea de lo que apunta Marina Garcés, lo que muestra es un “pesimismo” y “desconcierto” más acusados ahora “frente al futuro, pese a los avances científicos y tecnológicos”. Por un lado estas innovaciones “están rompiendo moldes y logrando cosas que antes parecían impensables”, pero “al mismo tiempo están sumidos en un mar de confusión, precisamente por el tema de la desinformación porque a la gente no le llega información correcta y veraz”. Vivimos tiempos paradójicos: “el progreso ha llegado para quedarse pero al mismo tiempo estamos viviendo una etapa de confusión, de miedos, de prejuicios, de estereotipos, de juicio rápido” a los que se suman “la desinformación y la ignorancia”, cada vez mayores. “Por eso hay ese desánimo en cuanto al futuro, ese desengaño”. Por eso también “en las elecciones se producen resultados inesperados”, subraya poco después de conocer los de Vox en Andalucía. Queda claro: hoy, más que nunca, a leer y a ver ciencia ficción.

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