¿Por qué 'Tenet' es el estreno que estábamos esperando?
Foto: Warner Bros

Cultura

¿Por qué 'Tenet' es el estreno que estábamos esperando?

El concepto de la inversión y la idea de que el cine debe verse en el cine: Nolan se posiciona con las salas con el desembarco de 'Tenet'

por Jorge Raya Pons

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Es lo mismo, pero cada vez menos. Los otros y los asientos, el silencio previo, la actitud de espera, la experiencia y la emoción de la experiencia —que es líquida, que se esparce, que avanza del antes al después a través del durante—. Entrar en el cine es lo mismo que antes, pero cada vez menos: la tradición, cierta liturgia, cierto respeto. Algo se está rompiendo. La pandemia ha dejado a los exhibidores —a las salas— en los huesos. El espectador medio, si comprendemos por medio al menos habitual, está sin estrenos y con miedo, y no hay más que mirar los datos de taquilla para comprobarlo –son para echarse a llorar–: en España, por ejemplo, ha caído un 70% respecto al año anterior. Y no están mejor ni peor en Italia, en Francia, en Portugal, en Alemania. Hay algo en juego y no hay tantos bandos. Pronto veremos qué tienen que ver Christopher Nolan y Tenet con todo esto.

Ya mismo. Hemos pasado la primavera y el verano hablando de Tenet y Mulan, de Mulan y Tenet, por una razón que salta a la vista: son las dos superproducciones del año, dos presupuestos monstruosos que vuelan por encima de los 200 millones de dólares, los dos asideros de las salas para salvar el año —porque dos películas pueden representar el 10% de los ingresos anuales, como vimos en este reportaje; y con este 2020, incluso más—. Hemos seguido el rastro de Warner Bros y Disney, de Tenet y Mulan, en busca de respuestas: qué vais a hacer, cuándo, cómo, ¿en serio? Los estudios respiraron hondo, asumieron las pérdidas, escogieron un bando: Warner Bros se comprometió a que Tenet llegara a las salas —por insistencia de Nolan—, finalmente con una estrategia asimétrica que explica que la tengamos en España y no la tengan en Nueva York o Los Ángeles, por ejemplo; Disney se cansó de esperar, dio la espalda a los exhibidores, se jugó la partida al llevarla a Disney+ con un precio sin precedentes: más de 20 euros. La decepción fue inmensa; para algunos, como este caballero francés, insuperable. Pero si les sale bien, si consiguen que millones de personas paguen tanto por ver la película en casa, no es la partida la que está en juego: está en juego el juego en sí.

Vayamos al grano. Las connotaciones económicas de Tenet, sin tener todavía los datos de taquilla del primer fin de semana a disposición, son importantísimas a corto. Pero hay algo más en liza: una forma de comprender el cine. Si Nolan rueda con Imax, en 70 milímetros, en la máxima resolución conocida. Si Nolan persigue abrumarte con la belleza de su fotografía, asombrarte con la artesanía de su montaje, sobresaltarte con sus golpes sinfónicos. Si Nolan hace sus películas como las hace, como nadie, es para que sean vistas en las mejores pantallas, con los mejores equipos, sin nada más que su cine —al menos en su primera vida—. Nolan es un cineasta en el modo en que pocos cineastas lo son en los estudios: sigue fiel a ciertos valores. En parte, porque puede; en general, porque trabajó para que así fuera.

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«¿Cómo se consigue que parezca que un 747 se estrella contra un hangar?», bromea Robert Pattinson, pieza fundamental en el hilo de Tenet. «¡Haciendo que el 747 se estrelle contra el hangar!». A menos que sigas sin ver la película, sabrás que no es un ejemplo cualquiera —y es el ejemplo perfecto—. Lo resumió Tarantino en una entrevista con The Ringer, a propósito del bombardeo en la costa con el protagonista tumbado y con las manos taponando sus oídos, como un apunte en sus elogios a Dunquerque: «Una de las características de Nolan es, ya sabes, si puede hacerlo en la vida real, va a hacerlo». Es una cuestión de fidelidad, decíamos: Nolan considera que el espectador lo sabe y lo siente. Nolan da un valor a la autenticidad, a que las cosas sucedan frente a la cámara, a recurrir al mínimo al CGI [con lo que se puede recrear lo que quieras], a que la acción suceda donde debe suceder —mejor rodar en las calles de Tallin o Dehli, pongamos, que imitar sus calles en un estudio—. Nolan pretende que parezca real haciéndolo real. En todo su trabajo hay una admiración incondicional hacia el oficio de sus mayores.

Nolan no pudo rodar su 007, pero aquí lo tiene, ya está: su película de espías. «Crecí amando estas películas», cuenta en una entrevista promocional. «La película aborda el concepto de la inversión, que es la idea de que la entropía de un objeto o una persona pueda ser reversible. Es muy cinematográfico. Es algo que tienes que ver en la pantalla para conectar a fondo con ello». Nolan lo explica en la película en una imagen: el protagonista dispara, pero la bala no avanza sino regresa —o avanza en la dirección inesperada, que es lo mismo—. A continuación, la científica sacia su curiosidad: «Disparando una bala, lo que haces es recogerla».

La industria del cine tiene en Nolan —y en Tarantino— a los últimos reyes Midas entre los autores, son capaces de convertir cada estreno en un acontecimiento. Sus películas son oasis entre los éxitos: consiguen taquillas de nueve cifras en un mundo dominado por los productos prefabricados. Los guiones originales están muriendo en el Hollywood de los estudios. Si atendemos a las diez películas más taquilleras de 2019, a las de 2018, a las de 2017, se entiende la idea.

En fin. Nolan construye Tenet sobre los hombros de su filmografía: en la acción y en la virtuosidad, en la obsesión por la física y en la naturaleza del tiempo —recomiendo este artículo de Andrea G. Bermejo en Cinemanía—, en la exhibición y en las carreteras sinuosas de la historia. Tenet es la cúspide de su trabajo, es Christopher Nolan en plena forma y es, porque le ha tocado, la victoria de los justos. Aunque no sepamos si es una victoria; aunque no la calibremos en los términos de la batalla. Si te gusta el cine, si amas el cine, no tiene por qué gustarte Nolan. Pero hay que quitarse el sombrero ante él, asumir lo irrebatible: el cine es un lugar mejor con sus películas. Nolan es la puerta de entrada de los nuevos Nolan –y quienes solamente entiendan de Tarr y Kiarostami corren el riesgo de quedarse a solas con lo suyo–.

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es responsable de Cultura en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva.