Carola Salgado, psicóloga, sobre cómo Letizia y Felipe siguen manteniendo la llama del amor: «No es magia; es el resultado de miles de experiencias»
Los Reyes, en su último acto conjunto en El Pardo, han protagonizado una serie de gestos de amor y cariño

Los Reyes, esta misma semana, en El Pardo. | Gtres
Todo el mundo sabe que, con el tiempo, el amor se desvanece o se transforma. Algo que sucede tanto en las relaciones personales como en las sentimentales. Probablemente, en esta última, la llama del amor es más complicada de mantener y se va consiguiendo con pequeños pasos en el día a día que alimentan una situación que es fundamental en una rutina marcada por el trabajo y el caos. Quienes han conseguido —al menos de forma pública— hacernos ver que, entre ellos, el tiempo no ha pasado, han sido los Reyes, Felipe y Letizia. Y es que en cada evento, los dos han demostrado que siguen conservando su amor como el primer día. Pero ¿cómo es esto posible? ¿Cuáles son las claves de su relación?
Desde THE OBJECTIVE hemos hablado con la psicóloga sanitaria Carola Salgado que nos ha dado las claves de su matrimonio. Una de esas últimas ocasiones en las que hemos podido ver la complicidad que hay entre la pareja ha sido esta misma semana, coincidiendo con la reunión del patronato de la Fundación Princesa de Asturias en el Palacio de El Pardo. Allí, entre patronos, Felipe y Letizia se dedicaron alguna que otra mirada, así como gestos de cariño y conversaciones privadas.
Los Reyes y sus gestos de amor y cariño

«En psicología existe un fenómeno curioso: cuando una pareja lleva muchos años junta, las palabras cada vez importan menos y la comunicación no verbal adquiere un protagonismo absoluto. Una mirada puede transmitir más seguridad, admiración y cariño que una conversación de una hora», explica Salgado. Y es esto lo que precisamente hemos podido ver en estas imágenes en El Pardo, una escena que sirve para «hablar de algo muy estudiado por la psicología; la complicidad». Y es que las parejas felices no son las que «nunca discuten ni las que viven instaladas en una luna de miel».
«Son las que, después de años compartiendo alegrías, problemas, hijos, trabajo y rutinas, siguen siendo capaces de encontrar pequeños momentos de conexión», apostilla la psicóloga. Uno de los indicadores «más potentes» es, sin duda, «la admiración». «Cuando seguimos viendo al otro como alguien valioso, nuestro cerebro mantiene activados mecanismos relacionados con el apego seguro y el bienestar emocional. Esa admiración suele aparecer en gestos muy pequeños: una sonrisa espontánea, una mirada de orgullo cuando la otra persona habla o una expresión de calma simplemente porque está cerca», añade Salgado. Aunque eso sí, también existe lo que conocemos como «sincronía emocional».
«Las palabras cada vez importan menos y la comunicación no verbal adquiere un protagonismo absoluto»
Es decir, después de convivir durante años, muchas parejas «desarrollan una especie de ‘lenguaje propio’». «Apenas necesitan hablar para entender qué siente el otro. Un gesto, una ceja levantada o una mirada bastan para transmitir apoyo, humor o complicidad. No es magia; es el resultado de miles de experiencias compartidas», añade. Además, también es vital sentirse «un equipo». Y es que las relaciones más estables no funcionan porque «todo vaya bien», sino porque ambos perciben que «juegan en el mismo lado del campo». «Frente a los problemas aparece el ‘nosotros’ antes que el ‘yo’. Esa sensación genera seguridad psicológica y reduce el desgaste que producen los conflictos cotidianos», aclara la psicóloga sanitaria.
John Gottman fue uno de los mayores investigadores sobre las relaciones de pareja y lleva «décadas demostrando que las parejas duraderas mantienen una proporción muy alta de interacciones positivas frente a las negativas». «No son los grandes gestos los que sostienen un matrimonio, sino cientos de pequeñas muestras diarias de afecto, atención y reconocimiento», explica Salgado. Esto explica por qué algunas fotografías de los Reyes, cuando se muestran como una pareja más, se vuelven viral. «No porque sepamos cómo es realmente esa pareja cuando se cierran las puertas de casa, sino porque proyectan algo que todos buscamos: sentirnos vistos por alguien», apostilla. Y es que, al final, «todos queremos encontrar a esa persona cuya mirada nos recuerde, incluso después de muchos años, que seguimos siendo un lugar seguro al que volver».

La historia de amor de Felipe y Letizia comenzó en 2002. Por ese entonces, Letizia Ortiz Rocasolano era una de las periodistas más brillantes y prometedoras de España; presentaba el Telediario de TVE y acababa de recibir el premio a la mejor informadora menor de 30 años. Por su parte, el entonces príncipe Felipe buscaba estabilidad sentimental tras varias relaciones fallidas que no habían contado con el visto bueno de sus padres o de la opinión pública.
«No son los grandes gestos los que sostienen un matrimonio, sino cientos de pequeñas muestras diarias de afecto»
El destino los unió en una cena organizada en casa del periodista Pedro Erquicia. Felipe ya se había fijado en ella a través de la pantalla, pero esa noche la química fue instantánea. Hablaron durante horas de periodismo, cine, libros y viajes. A partir de ahí, el Príncipe comenzó un cortejo discreto y paciente, ya que Letizia, volcada en su carrera periodística, al principio se mostró muy reticente a entrar en el complejo engranaje de la Casa Real. Durante casi un año, Felipe y Letizia vivieron un romance completamente clandestino. Quedaban en casas de amigos de total confianza, viajaban al extranjero de incógnito y blindaron sus comunicaciones. Mientras tanto, ella seguía informando en TVE desde la Zona Cero de Nueva York o los premios Príncipe de Asturias, interactuando con él en público con un frío protocolo que no levantaba sospechas.

Por eso, el 1 de noviembre de 2003, el anuncio oficial de su compromiso matrimonial cayó como una auténtica bomba informativa. Nadie, ni los periodistas de la crónica social más expertos, lo vio venir. España se enteraba de que la futura reina sería una mujer de clase media, asturiana, nieta de un taxista y, además, divorciada. Pocos días después del anuncio, durante la petición de mano en los jardines del Palacio de la Zarzuela, se produjo un momento icónico que definió el carácter de la relación. Mientras Letizia explicaba a los periodistas cómo sería su salida paulatina de TVE, el príncipe la interrumpió con una broma. Ella, con naturalidad profesional, le soltó un espontáneo: «Déjame terminar».
El 22 de mayo de 2004, Madrid se vistió de gala para la gran boda real en la Catedral de la Almudena. Aunque una lluvia torrencial deslució el desfile y obligó a Letizia a llegar al templo en coche en lugar de a pie, el enlace consolidó una unión que se prometía transformadora para la institución. Con el nacimiento de sus hijas, la princesa Leonor (2005) y la infanta Sofía (2007), la familia construyó un núcleo muy hermético y protector. La verdadera prueba de fuego para su amor llegó en 2014, tras la abdicación del rey Juan Carlos I en pleno estallido de escándalos familiares —como el caso Nóos, los elefantes de Botsuana, etc.—. Don Felipe asumió el trono en el momento más crítico para la corona española.
En este escenario, su historia de amor evolucionó hacia una alianza estratégica impecable. Felipe aportó la calma institucional y la legitimidad; Letizia, el perfeccionismo, la modernización de la agenda y la obsesión por la transparencia.
