Cómo el chavismo aniquiló a toda una generación de líderes: «La cárcel o el exilio»
El régimen consumó un pucherazo con la falsificación de las actas electorales, que siempre se ha negado a desvelar

Nicolás Maduro. - Archivo
El chavismo, los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, ha aniquilado a toda una generación de jóvenes que despuntaban hace quince años como líderes políticos para una nueva Venezuela democrática y libre. La mayoría de ellos se vio abocada a una experiencia traumática en la lucha contra la dictadura bolivariana: «La cárcel, la tortura o el exilio». Era su única salida, pero no claudicaron. Sobrevivieron a la represión, pero a un coste muy elevado: sus cuerpos conservan las huellas de la violencia del régimen o forman parte de la diáspora venezolana.
«Cárcel o exilio». Es la tragedia que le ha tocado vivir en los últimos quince años a un grupo de estudiantes y postgraduados venezolanos que conocí en Madrid en 2011. Durante ese tiempo han luchado contra la dictadura chavista exiliados a miles de kilómetros de su país o todavía peor desde su país, sufriendo las secuelas de las duras cárceles de Maduro y Delcy Rodríguez como presos políticos. Pero nunca se rindieron.
He logrado contactar con cinco de ellos y me han narrado sus experiencias personales: el reflejo de la dureza de la dictadura bolivariana. Todos ellos viajaron a Madrid dentro de un programa de becas para jóvenes con madera de «futuros lideres». El plan arrancó en 2010 y se mantuvo hasta cuatro años después cuando se agotaron los fondos y se puso fin al proyecto.
En esos cuatro años más de 300 jóvenes venezolanos, llamados a ser los nuevos líderes para una nueva democracia, visitaron España para para conocer de cerca sus instituciones y aprender de la transición democrática, un ejemplo para importar a su patria.
El 8 de marzo de 2011 pude compartir con los 80 jóvenes que formaban la delegación de ese año, en el salón de actos de Telemadrid, la emisión de un documental que había elaborado para mi programa Objetivo. Se trataba de un asunto entonces, de rabiosa actualidad: «Venezuela, el nuevo santuario de ETA», en el que desvelaba las relaciones del chavismo con la banda terrorista. Después, participamos en reuniones en la que se explayaron sobre las dificultades para la convivencia en su país por la constante violación de los derechos humanos por el régimen. Algunos de ellos, de entre veinte y treinta años, antes de llegar a Madrid ya habían sido detenidos, vivido en la clandestinidad o pasado por las duras cárceles militares de su país.
Todos ellos eran jóvenes preparados intelectualmente y con un espíritu rebelde, dispuestos a luchar contra un chavismo -con Chávez todavía vivo- que reprimía cualquier aspiración democrática. Respondían a un perfil de liderazgo en diversas áreas: emprendimiento en el mundo de las empresas, como activistas políticos o en el campo de la cultura o la universidad.
Ahora he conversado con cinco para que relaten cómo han sobrevivido a la violencia de un Estado represor, con una policía implacable y unas cárceles inhumanas. Todos han sufrido la persecución de un régimen dictatorial, pero no han renunciado a su activismo político para recuperar la democracia: tres —Carlos Graffe, Adriana Pichardo y Jesús Armas— siguen viviendo en Venezuela y dos —Sergio Contreras y Rodrigo Diamanti— forman parte de los casi ocho millones de exiliados, según los datos de la Agencia para los Refugiados de la ONU. Contreras reside en España y Diamanti, en Estados Unidos. Ambos esperan con expectación el momento para regresar a su tierra y ayudar a levantar el país.
Cuando conocí en Madrid a ese grupo de jóvenes valientes aún no se habían celebrado las elecciones de 2024, que ganó con holgura el candidato de la oposición Edmundo González con la ayuda de María Corina Machado y otros líderes de generaciones anteriores. Pero el grupo de los «300 jóvenes de Madrid» también contribuyó con su activismo a ganar unas elecciones que, tras el recuento de los votos, Maduro, Cabello y el clan de los Rodríguez manipularon el resultado. El régimen chavista consumó un pucherazo con la falsificación de las actas electorales, que siempre se ha negado a desvelar. A partir de ahí, la dictadura bolivariana acentuó la represión hasta la intervención de Donald Trump con la detención de Nicolás Maduro.
Graffe: perseguido, encarcelado y torturado
Graffe, uno de los líderes de los grupos becados que tuvo la oportunidad de repetir su experiencia en Madrid hasta en cuatro ediciones, reside en Valencia —la segunda ciudad del país—, en el Estado de Carabobo. Él fue uno de los constituyentes de una fundación que luego fue perseguida por el régimen. Muchos de sus miembros pudieron eludir las órdenes de busca y captura, por las que se vieron obligados a abandonar el país.
El joven venezolano era reincidente, pues ya antes de viajar por primera vez a Madrid en 2010, había sufrido en Venezuela una primera orden de detención. ¿El delito?: Participar en una manifestación pacífica en Caracas contra una ley de educación que Chávez quería imponer incumpliendo la Constitución. Graffe ya se había significado como un líder estudiantil contra las políticas del chavismo. También había colaborado activamente en las distintas campañas electorales de la oposición desde el 2007.
El opositor a la dictadura ha sido testigo en primera línea de los momentos más críticos de la violencia chavista durante los gobiernos de Maduro. Como en 2014, cuando las fuerzas represoras asesinaron a un número importante de jóvenes manifestantes. La aniquilación se repitió en 2017.

«Yo estuve en mi ciudad, en Valencia, en la manifestación el 18 de febrero del año 2014 cuando nos dispararon a matar quienes conocemos como ‘los colectivos del gobierno’, que son personas armadas al margen de la ley sin ser ni policías ni militares. A pocos metros de mí asesinaron a una joven llamada Génesis Carmona». El 13 de julio de 2017 fue secuestrado por un grupo de diez policías vestidos de civil pero armados hasta los dientes. Fue conducido a la cárcel militar de Ramo Verde, en el estado de Miranda, donde permaneció preso tres meses. Un juez militar se inventó la acusación de instigación a la rebelión y sustracción de efectos militares, entre ellos el robo de unos explosivos de un fuerte militar.
«Cuando estuve preso en la cárcel militar -recuerda Graffe- fui torturado con golpes, lo que se conoce aquí como tortura blanca. Estaba operado del riñón y les pedí a mis custodios militares que me permitieran tener acceso a agua potable y poder ir al baño porque ingería mucha constantemente. Como respuesta me metieron en una celda que llaman el tigrito -celda de castigo- que no tiene baño, que no tiene agua, que no tiene ventanas y me mantuvieron así 21 días, sin visitas y sin acceso al sol, sacándonos una sola vez al día al baño. Se me complicó el tema del riñón. Un día oriné color marrón. Eso solo tenía un nombre: tortura. El director me visitaba a diario para intimidarme para que mi familia se callara y no siguiera denunciando mi caso públicamente, pero ellos siguieron pidiendo mi liberación».
El joven activista no olvida que las torturas sufridas por otros presos fueron peores que las suyas. Les colocaban una bolsa en la cabeza rociada con un espray para matar cucarachas y los trataban de asfixiar de esa manera. En otros casos, les ponían una almohada y los molían a golpes para que no dejaran marcas. A él también le tocó vivir el tormento de la almohada. Después de la cárcel militar pasó tres meses y medio en un hospital militar porque acababa de ser operado de un riñón, que se agravó por sus condiciones inhumanas en el presidio. Finalmente, le obligaron a una reclusión de mes y medio en su domicilio.
Miembro del equipo de María Corina Machado
Graffe participó activamente en su ciudad durante toda la campaña electoral de 2024, pero desde el anonimato, con un perfil bajo, para no ser arrestado y conducido nuevamente a prisión. Pero el joven venezolano también se arriesgó cuando con un megáfono en mano alentó a los miles de ciudadanos, que se agolpaban en una gran concentración en su ciudad, a inscribirse como voluntarios para vigilar las mesas electorales. Él acompañó a María Corina Machado y Edmundo González cuando viajaron a Valencia durante la campaña electoral. En la fotografía que reproduzco en este artículo, Graffe viste una camiseta de color azul con la proclama: «Con María Corina».
El joven confiaba plenamente en Machado, que había ganado en 2023 las primarias de la oposición para la candidatura a la presidencia con más del 90 por ciento del apoyo ciudadano. Maduro le impidió presentarse a las presidenciales, siendo elegido candidato Edmundo González Urrutia. Logró ganar por más del 70 por ciento de los votos, pero la dictadura frustró su victoria con un pucherazo en el recuento de las papeletas. Aquel proceso obligó a Graffe, entre 2024 y 2025, a dormir cada día en un lugar diferente y a moverse en la clandestinidad para que no lo capturaran. Otros compañeros tuvieron peor suerte y fueron detenidos.
«La acción de Trump ha hecho que el régimen de Maduro, ahora liderado por Delcy Rodríguez, haya bajado los niveles de persecución y represión. Sin embargo, siguen existiendo presos políticos y la violación de los derechos humanos de los venezolanos. Los que ejecutaban esa horrenda represión con Maduro siguen ahí en el poder actualmente y nos siguen amenazando», se queja el activista de la oposición.

Sobre la nueva etapa política que se ha abierto para Venezuela, Graffe se manifiesta como si recordara el proceso de la Transición en España que aprendió en sus visitas a Madrid: «Delcy Rodríguez debe desmantelar la dictadura desde adentro y así evitar más conflicto y violencia para los venezolanos. Se entiende la estrategia de EE. UU. que consiste en la estabilización política, la recuperación económica y la transición a la democracia. Sin embargo, hay personas dentro de ese grupo que hoy en día siguen amenazando y actuando para perseguir y reprimir a los venezolanos. Muchos de ellos siguen violando los derechos humanos. Por eso, EE. UU. debe ejercer más presión para que haya una verdadera transición a la democracia. En Venezuela la enorme mayoría quiere un cambio urgente. La situación social y económica es más que asfixiante».
Graffe reivindica así mismo una mayor libertad de prensa y la liberación de todos los presos políticos, algo que recuerda a los inicios de la Transición española de mediado de los setenta. «La enorme mayoría de los medios está controlado por la dictadura. Hay periodistas que siguen teniendo casos abiertos por acusaciones falsas de la Fiscalía. Hay muchísimos periodistas que fueron presos políticos y muchos otros que tuvieron que huir de Venezuela. Mas de 500 presos políticos siguen en las cárceles».
Cuando hablo con él me dicen que están sin electricidad en su ciudad —la segunda del país— con cortes que duran hasta cuatro horas diarias. Antes era una la zona industrial en la que se montaban los coches de General Motors, Ford y Chevrolet y presentaba un potencial exportador, hasta que el chavismo lo destruyó todo.
Armas: un año de aislamiento en una cárcel militar
Jesús Armas tenía 23 años cuando viajó con su grupo a Madrid en 2010, en el primer programa de visitas. Estudiaba Ingeniería en Caracas donde obtuvo el título de Maestría en Políticas Públicas. Hoy dirige un centro para el estudio de políticas públicas para el área energética, materia que imparte en la Universidad Central de Venezuela, siempre con dificultades por las presiones del régimen bolivariano.
Tal fue así que el 10 de diciembre de 2024 fue detenido y conducido a prisión donde permaneció entre rejas hasta febrero de este año. Lo detuvieron cuando salía de un café tras cuatro meses viviendo en la clandestinidad perseguido por los agentes del SEBIN, el Servicio Bolivariano de Inteligencia. Su pareja también estaba fichada por la Policía del régimen dictatorial.
Los agentes ocultaban sus rostros con pasamontañas y lo introdujeron a la fuerza en una camioneta. Lo llevaron a un piso franco clandestino y lo interrogaron durante horas sentado en una silla de plástico en un pequeño habitáculo con paredes blancas, esposado y encapuchado. Lo torturaron introduciéndole la cabeza en bolsas de plástico para asfixiarlo.

«Me preguntaban insistentemente dónde estaban Pablo y María Corina. Después de cuatro días me llevaron a la Zona 7 de la Policía Nacional Bolivariana donde me metieron en una celda hacinada con otros cuarenta presos políticos y alguna que otra rata que se paseaba por el recinto. No disponíamos de baños y teníamos que hacer nuestras necesidades en bolsas», relata Armas.
Tras las protestas públicas de su novia, que denunció su detención y desaparición, lo trasladaron al Helicoide, otro centro en Caracas de reclusión y tortura del Gobierno de Maduro. Allí coincidió con Rocha, el abogado de María Corina Machado, y otros lideres de la oposición. «Permanecí catorce meses en unas condiciones infrahumanas de aislamiento, sin poder comunicarme con otros detenidos ni recibir visitas de familiares. Fue algo muy complicado para mi familia y mi novia, que también era activista, porque carecían de datos sobre mí. Aquello llevó a mi papá a desarrollar un cáncer por la angustia que sufría». Finalmente lo liberaron sin que consiguieran el objetivo de su arresto y reclusión. Aguantó y no delató a nadie.
¿Su delito?: pertenecer al equipo de María Corina Machado, de la que fue jefe de campaña en la ciudad de Caracas en las elecciones presidenciales adulteradas de 2024. No era la primera vez que Maduro falseaba unas elecciones. Ya lo había hecho en abril de 2013 cuando se presentó como candidato frente a Henrique Capriles, tras la muerte de Chávez.
Los siguientes años a su visita a Madrid —como me explica Armas— fueron un sinvivir: «Teníamos sólo tres opciones: la clandestinidad, el exilio o la cárcel. A mí me tocó la cárcel. Pero para todos fue muy difícil. Ahora han cambiado muchas cosas tras la caída de Maduro, pero al mismo tiempo no ha cambiado nada absolutamente. Quedan más de seiscientos presos políticos tras las rejas y siguen las persecuciones políticas. No estamos cerca de un proceso de elecciones como quisiéramos. Quienes están en el poder es el mismo grupo criminal de Nicolás Maduro. Saben que si hoy se celebraran elecciones serian ganadas por nosotros. Si consiguiéramos que votara la diáspora, María Corina estaría cerca del 80 por ciento de los votos». Armas se queja: «En Venezuela sigue sin existir la libertad de Prensa porque a Delcy Rodríguez no le interesa que los venezolanos estemos informados, pero las redes sociales han vencido ese bloqueo».
Pichardo, huir para no morir
La joven Adriana Pichardo viajó a Madrid con el grupo del 2012. Tenía 32 años, era licenciada en Ciencias Políticas y Administrativas y acababa de diplomarse en liderazgo por el IESA, motivo por el la animó a obtener la beca. Ya militaba en política como fundadora y dirigente nacional de Voluntad Popular y formaba parte del «comando de campaña» de Leopoldo López para las primarias presidenciales que se celebraban en aquel año. A su vuelta a Venezuela adquirió más protagonismo político convirtiéndose en 2015 en activista de los Derechos Humanos, dirigente político y diputada a la Asamblea Nacional y del parlamento del Mercosur.
Pichardo sufrió la persecución de la policía chavista: «Durante todos estos años he sido blanco de ataques por parte del régimen de Maduro, señalándome con falsas acusaciones, allanando mi casa en 2018. Luego de mi desempeño en la campaña electoral de 2024 como Coordinadora política nacional de Voluntad Popular tuve que salir del país por la persecución de la que fuimos víctimas todos los dirigentes de la alianza Plataforma Unitaria. Mis compañeros de la directiva del partido, Freddy Superlano y Roland Carreño, fueron encarcelados, quedando únicamente yo como cabeza de la organización en libertad».

Pichardo se dedicó desde la Asamblea Nacional a ser la voz de los derechos humanos y a denunciar al Gobierno de Maduro que los vulneraba de manera sistemática. Esa exhibición pública la convirtió en objetivo de los chavistas, hasta el punto de que exiliarse por un tiempo.
«Hoy en día he regresado a Venezuela para seguir ejerciendo mi función de coordinadora de Política Nacional de Voluntad Popular, representar a mi organización ante la Plataforma Unitaria y ante todas las alianzas y organizaciones políticas del país. Regresé por pura convicción y compromiso democrático sin tener ninguna garantía real que me permita realizar mi trabajo político», insiste con determinación.

Pichardo detalla cuál debería ser la hoja de ruta para alcanzar una democracia plena en Venezuela: «Una transición política pasa por la libertad de todos los presos políticos, el cese de la persecución y el desmontaje del aparato represivo, la restitución de los derechos políticos de todos los dirigentes, el regreso seguro de los exiliados, la apertura del espacio cívico, la reinstitucionalización del país con el nombramiento de autoridades transitorios en cada uno de los poderes públicos que se requiera y terminar con ello en un proceso electoral verdaderamente libre y transparente. Y, finalmente, alcanzar un gran acuerdo nacional entre quienes representen a la voluntad popular». Para la representante popular, Venezuela se encuentra «en un estado de esperanza activa y paciencia estratégica».
Contreras: «La mitad de mis amigos quedaron presos»
Sergio Contreras tenía 31 años cuando viajó a Madrid en 2011. Era abogado desde 2004 y disfrutaba de una formación política en desarrollo que, según él, se vio «profundamente fortalecida con ese viaje». Su participación en la creación y desarrollo de la fundación le abrió las puertas del IESA, el Instituto de Estudios Superiores más importante y prestigioso de Venezuela, donde consolidó su formación.
Cuando aterrizó en el aeropuerto de Barajas ya era secretario juvenil nacional de un partido político y tenía una participación activa en la vida pública. Incluso formó parte del equipo de campañas presidenciales en contra de Chávez y luego de Maduro. Al mismo tiempo, formaba parte del gabinete del alcalde Metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma. En 2014 trabajó para la vicepresidencia de la Asamblea Nacional y, más tarde, fue gerente general de un periódico nacional. Por su enfrentamiento a la dictadura chavista fue detenido de forma violenta durante una protesta y, a partir de ese momento pasó por todas las estructuras del aparato represivo del Estado.

«Primero, en la PNB (Policía Nacional Bolivariana), en un entorno de violencia absoluta; luego en el SEBIN (el Servicio Bolivariano de Inteligencia), donde comenzaron los interrogatorios, las presiones y los intentos de obligarme a incriminar a dirigentes políticos. Después fui trasladado al DGCIM (Dirección General de Contrainteligencia Militar), donde ya todo estaba construido y lo que quedaba era el castigo, la presión y la tortura en espacios diseñados para quebrarte».
Finalmente, fue trasladado, como Graffe, a la cárcel militar de Ramo Verde, donde fue acusado y juzgado como un militar en activo por delitos como traición a la patria, rebelión militar y sustracción de armas y explosivos de las Fuerzas Armadas, sin haber pertenecido nunca a la institución militar. Para Contreras aquello era «un reflejo del nivel de distorsión del sistema». Desde la llegada de Maduro a la Presidencia la represión aumentó y alzar la voz se hizo más costoso: «La mitad de mis amigos terminaron presos, heridos, perseguidos, algunos de ellos asesinados, llegamos incluso a coincidir en las mismas celdas».
En la actualidad, Contreras reside en Madrid con su familia y disfruta del estatuto de refugiado con una protección internacional y derecho a asilo político. Desde la capital de España trabaja en derechos humanos, ayudando a refugiados y a víctimas de crímenes de lesa humanidad: «He trabajado en campañas globales —explica— He recorrido Europa y mantengo un trabajo constante vinculado a ACNUR. Recientemente fui recibido por la reina Letizia en el Palacio de la Zarzuela para presentar un proyecto que estoy desarrollando junto a esta agencia».
Contreras se siente orgulloso de ser el primer venezolano invitado por la corona española al palacio de La Zarzuela. Sobre la actualidad y futuro de su país sigue mostrándose reivindicativo: «La operación de extracción de Maduro fue un punto de quiebre que muchos venezolanos recibimos con alivio. Dio inicio a un proceso complejo, no lineal, de transición hacia la democracia. Esto ha supuesto la desarticulación parcial de una macroestructura de narcotráfico y de terrorismo de Estado liderada por Maduro y su mujer Cilia Flores, pero no es suficiente. El sistema sigue teniendo actores con poder. Maduro debe también enfrentarse a la justicia por crímenes de lesa humanidad. Son más de 19.000 personas perseguidas y heridas, miles de torturados y decenas asesinadas bajo custodia del Estado. Eso tiene que ser reparado».

Acerca de la transición en su país, se pronuncia por un proceso rápido: «También sabemos que una transición abrupta podría haber generado una reacción violenta de sectores militares o de grupos armados irregulares. En ese sentido, aunque es imperfecto, puede evitar una implosión violenta. Pero no hay que confundirse: los grupos armados deben ser desarticulados y los residuos del régimen deberán enfrentar la justicia después del proceso electoral y del saneamiento institucional».
Según el político venezolano, el futuro de su país pasa por la imperiosa necesidad de la convocatoria de unas elecciones democráticas y transparentes cuanto antes: «Las elecciones deberían celebrarse en un plazo no mayor a 18 meses, pero solo si existen condiciones reales. Debe existir una presión internacional fuerte para que Naciones Unidas, el Parlamento Europeo y Estados Unidos participen en un proceso de observación completo, con auditoría del sistema electoral antes, durante y después. Todos los partidos deben participar con sus tarjetas legítimas. Las inhabilitaciones deben eliminarse. Los partidos judicializados deben ser devueltos a sus estructuras reales y debe desmontarse el ecosistema ficticio de oposición creado por el Tribunal Supremo de Justicia».
Diamanti: secuestrado, detenido tres veces y exiliado
Rodrigo Diamanti con 26 años fue uno de los más jóvenes en viajar a España en el primer grupo en 2010 formando parte de la dirección de la fundación. A la vuelta lanzó en su país la campaña «SOS Venezuela» con su ONG «Un mundo sin mordazas», que había fundado años antes. Por esas actividades fue detenido en 2014 por agentes del SEBIN cuando sólo tenía 30 años. Tuvo que pasar a la clandestinidad y sin pasaporte porque las autoridades se lo quitaron. «Llegué a ser detenido hasta tres veces, dos en las protestas, pero me liberaron en seguida, y luego, cuando iba a tomar un avión en el aeropuerto para participar en una Conferencia internacional, me retuieron tres días. También fui secuestrado durante seis horas. Me pasearon con una pistola apuntándome en la cabeza».
Fue acusado falsamente, como otros muchos de sus compañeros que viajaron a Madrid, por financiar a los manifestantes de las protestas populares de febrero de 2014, en la que el régimen asesinó a 40 personas y en la que fue detenido el dirigente de Voluntad Popular, Leopoldo López. Diamanti no se amedrantó en ningún momento y siguió en la lucha hasta que temió por su vida tras su secuestro por los agentes del servicio secreto del SEBIN y decidió salir del país. No lo dudó dos veces: sin pasaporte tuvo que cruzar la frontera por una zona sin control. Para él, aquella decisión era un sufrimiento porque sabía que tardaría tiempo en regresar a su tierra mientras persistiera el régimen dictatorial.

Logró huir a Estados Unidos, donde obtuvo su grado en la escuela George Kennedy de la Universidad de Harvard, en Boston. Compatibilizaba sus estudios con el activismo político a través de su organización «Un mundo sin mordaza», que luchaba por reconquistar los derechos humanos en su país. «En mis once años en el exilio he hecho todo lo posible por acabar con la dictadura. He colaborado con la Organización de Estados Americanos (OEA) para conseguir que la Corte Penal Internacional abriera una investigación sobre los crímenes de lesa humanidad en Venezuela».
Diamanti también colaboró en las protestas contra el régimen chavista del 23 de enero de 2018. Aquel movimiento concluyó con la proclamación de Juan Guaidó como «presidente encargado» de Venezuela. Como castigo los represores allanaron las oficinas de «Un mundo sin mordaza» y fue secuestrado por agentes de los servicios secretos. Diamanti siguió dedicando su vida desde EEUU a la lucha contra el chavismo y el régimen de Nicolás Maduro. Tras 24 años de resistencia, tres detenciones y diez años de exilio está convencido de que el derrocamiento democrático del chavismo —ahora en manos de Delcy Rodríguez— está cada vez más cerca.
«Estamos viviendo el único proceso de transición posible: que sean los propios actores del régimen los que desmonten la dictadura. Es una transición interesante, pero no con la profundidad que nos gustaría. Sobre todo, porque no se ha liberado a todos los presos políticos. Los que están en el poder son tan delincuentes como los que estaban antes y la única opción para que entreguen el poder es por la presión de EE.UU. Hasta que no veamos un Tribunal Electoral neutral u otros organismos completamente independientes no se podrá hablar de transición, pero el proceso actual es indetenible. Nos hemos ahorrado 20 años de dictadura y el año que viene María Corina Machado será presidenta de Venezuela». Diamanti destaca que todos sus amigos que lo acompañaron a Madrid en 2010 se encuentran en libertad: «La única persona detenida es Rocha, el abogado de María Corina Machado. El resto gracias a la presión de Estados Unidos se encuentra en libertad».
Zapatero, «un lobista de la dictadura»
Cuando Diamanti viajó a Madrid en 2010 para conocer la realidad política en España y los logros de la Transición, que podía servir de ejemplo para el proceso democrático venezolano, el presidente del Gobierno era José Luis Rodríguez Zapatero. Él y sus compañeros tuvieron la oportunidad de visitar el Congreso y otras instituciones del Estado. El activista estudiantil, que tuvo la oportunidad de asistir a la segunda toma de posesión de Zapatero como presidente del Gobierno, no podía imaginarse que pasado los años iba a significarse como un personaje clave del chavismo.
«Se ha convertido en una especie de canciller y abogado defensor del régimen venezolano, excusándose de que lo hace todo por los presos políticos. Es mentira: en los últimos diez años se ha dedicado a beneficiarse económicamente del régimen. Eso habla del bajo nivel de moralidad que tiene y es algo que tiene que hacer reflexionar a los españoles».
Diamanti no se olvida del actual presidente socialista: «Pedro Sánchez ha sido mucho más astuto. Ha aparentado estar en contra de la dictadura, pero es el culpable de que Europa no haya tenido una postura mucho más fuerte contra la dictadura de Maduro. Él y Zapatero cumplen el mismo rol en su relación con el régimen. El viaje de Delcy Rodríguez a España es una demostración de que hay una alianza financiera y política entre Sánchez y la dictadura de Maduro».
El dirigente político venezolano mantiene la esperanza de que cuando cambie de Gobierno de Delcy Rodríguez nos enteraremos de todos los detalles de lo que pasó en su viaje a Madrid: «Los españoles tienen que saber por qué sus dirigentes se aliaron con una dictadura que ha causado tanto daño».

Jesús Armas coincide con la visión de su compañero sobre el papel de Zapatero y Sánchez: «Para los venezolanos Zapatero y Sánchez son los enemigos de la democracia. Han sido los máximos aliados de Maduro y Delcy Rodríguez. Hay muchas suspicacias en su relación con temas económicos con la dictadura y el grupo criminal que lo respalda. Creo que representan lo peor de España. De la España corrupta que defiende dictaduras en lugar de ser un faro de libertad. La salida de presos políticos ha tenido más que ver con la presión de Trump o Marcos Rubio que del Gobierno español o Zapatero».
Graffe comparte la misma opinión: «Zapatero ha sido un lobista defensor de la dictadura. Ha sido una figura que ha buscado siempre darle más tiempo al chavismo para mantenerse en el poder y además ha buscado lavarle la cara ante el mundo. Zapatero sabe de las graves violaciones a los derechos humanos que ocurren en Venezuela. Sánchez también ha tratado de ayudar a la dictadura venezolana a través de las gestiones con Delcy como lo que se sabe de la reunión en Barajas».
Sergio Contreras tampoco se reprime como sus compañeros a la hora de opinar sobre Zapatero: «Ha sido una de las influencias más nocivas que hemos sufrido en términos democráticos. Nunca ha sido un mediador. Ha sido parte, aliado del régimen, con más de diez años ejerciendo una injerencia política impropia. Él mismo ha reconocido su cercanía con figuras del poder como Delcy y Jorge Rodríguez. En mi opinión, ha utilizado a los presos políticos como parte de una estrategia de captura de renta política, contribuyendo a prolongar el régimen y el sufrimiento de millones de venezolanos».
Para Contreras, el ex presidente socialista «ha sido una sombra persistente que ha generado daño y ha debilitado la causa democrática». La parlamentaria Adriana Pichardo tampoco se olvida de Zapatero y de su protagonismo con el chavismo: «El ex presidente siempre ha sido un colaborador del régimen de Maduro y ahora una especie de consultor del interinato de facto. Sus únicos logros han sido lograr la liberación de algunos presos políticos».
Otro de los jóvenes venezolanos que se desplazaron a Madrid con el grupo de futuros líderes fue el abogado y politólogo Carlos Millán que, con 27 años, se convirtió en embajador en Chile de la Asamblea Nacional de Venezuela durante el gobierno interino de Juan Guaidó. Su compromiso con su país, como al resto de los jóvenes de su generación, le costó una persecución implacable del régimen chavista.
Era uno de los más jóvenes cuando pisó la capital española pero ya militaba en movimientos estudiantiles como alumno de la Universidad de Carabobo donde fue secretario juvenil del partido Acción Democrática. En 2020, mientras residía en Chile, tuvo que presenciar como agentes del SEBIN asaltaban el domicilio de su familia en Carabobo y se llevaban presa a su abuela. Diamanti dicta la sentencia final: «Venezuela no alcanzará una democracia plena hasta que todos los presos políticos queden en libertad. Estar preso en Venezuela es como estar muerto en vida».
