León XIV convierte la neutralidad vaticana en herramienta geopolítica
Una medalla al embajador iraní ante la Santa Sede muestra el papel cada vez más activo de la diplomacia vaticana

El Papa León XIV y Volodímir Zelenski en Castel Gandolfo. | Vatican Media
La concesión de la Gran Cruz de la Orden de Pío IX al embajador iraní ante la Santa Sede, Mohammad Hossein Mokhtari, ha provocado sorpresa en Washington, malestar en sectores alineados con Israel y una intensa discusión dentro de los círculos diplomáticos occidentales. Sin embargo, reducir el episodio a una simple polémica protocolaria sería no entender el momento histórico que atraviesa el Vaticano ni el nuevo papel que León XIV parece dispuesto a asumir en la política internacional.
Porque el gesto no se produce en cualquier contexto. Llega en plena reconfiguración del equilibrio global, en mitad de una guerra regional que ha tensionado las relaciones entre Occidente e Irán y, sobre todo, en un momento de creciente fractura dentro del propio bloque occidental. Y ahí es donde el Vaticano empieza a ocupar un espacio que ni Bruselas ni las principales capitales europeas parecen capaces, o dispuestas, a ocupar.
La coincidencia temporal entre la llegada de León XIV al pontificado y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca resulta especialmente significativa. Ambos son estadounidenses, pero representan dos formas completamente distintas de entender el liderazgo internacional de Occidente. Mientras que Trump ha endurecido una política exterior basada en la presión directa, la confrontación y una visión marcadamente transaccional de las relaciones internacionales, el nuevo Papa parece preferir la lógica opuesta: preservar canales abiertos incluso con actores considerados profundamente hostiles por Washington.
Las diferencias quedaron expuestas tras el estallido de la guerra de Irán. Trump criticó duramente al Papa por sus mensajes contra la escalada militar y su negativa a asumir plenamente la narrativa política de la Casa Blanca. En el entorno trumpista comenzó a extenderse la percepción de que León XIV estaba mostrando una actitud excesivamente blanda hacia Teherán. Sin embargo, desde el Vaticano la lectura fue muy distinta. Roma considera que romper completamente los puentes con Irán supondría renunciar a cualquier capacidad futura de mediación, más allá de la condena moral que las principales autoridades de la Iglesia católica suelen hacer de cualquier guerra.
El vacío diplomático occidental
Precisamente ahí reside la verdadera dimensión geopolítica de la neutralidad vaticana. La Santa Sede no trata ni puede competir militarmente con Estados Unidos, China o Rusia. Tampoco dispone del peso económico de las grandes potencias. Su influencia depende de otra cosa: la capacidad de interlocución. El Vaticano sigue siendo uno de los pocos actores occidentales capaces de mantener relaciones simultáneas con Washington, Teherán, Pekín, Moscú o Jerusalén sin quedar completamente excluido por ninguna de las partes.
En un mundo cada vez más polarizado, esa capacidad empieza a convertirse en una forma de poder mucho más importante de lo que parecía hace apenas unos años.
Europa, además, atraviesa un momento de enorme debilidad estratégica. Aunque las principales capitales europeas mantienen una profunda aversión hacia el régimen iraní y comparten gran parte de las preocupaciones de Washington, tampoco parecen dispuestas a alinearse completamente con la dinámica de confrontación permanente impulsada por Trump. El problema es que las relaciones transatlánticas atraviesan uno de sus momentos más fríos en décadas.
Los constantes desprecios de Trump hacia los líderes europeos han ido deteriorando la confianza mutua hasta niveles inéditos desde la Guerra Fría. La percepción europea sobre Estados Unidos se ha erosionado rápidamente durante los últimos meses. El hecho de que el canciller alemán haya llegado incluso a recomendar públicamente a los jóvenes alemanes replantearse estudiar en universidades estadounidenses refleja hasta qué punto ha cambiado el clima político entre ambos lados del Atlántico.
Ese deterioro deja un vacío diplomático evidente. Europa no tiene hoy capacidad real para actuar como intermediario creíble con Irán. Washington tampoco puede desempeñar ese papel porque forma parte directa de la confrontación. Es ahí donde León XIV parece haber detectado una oportunidad estratégica para reforzar el peso internacional del Vaticano.
La decisión de mantener abiertas las puertas a Teherán responde precisamente a esa lógica. La Santa Sede entiende que, cuanto más rígidos se vuelvan los bloques internacionales, más valor adquieren aquellos actores capaces de mantener interlocución transversal. No se trata de simpatía hacia el régimen iraní ni de ingenuidad diplomática. Se trata de conservar influencia.
El Papa más influyente desde Juan Pablo II
De hecho, la diplomacia vaticana lleva décadas funcionando bajo ese principio. Durante la Guerra Fría, Roma mantuvo relaciones y canales de comunicación con Gobiernos comunistas profundamente hostiles a la Iglesia. Aquella Ostpolitik vaticana fue criticada en numerosas ocasiones por excesivamente pragmática. Sin embargo, permitió a la Santa Sede conservar espacios de influencia que posteriormente serían fundamentales en la transformación política de Europa oriental.
León XIV parece decidido a adaptar esa doctrina a un escenario internacional mucho más fragmentado y volátil. Y precisamente por eso empieza a consolidarse una percepción cada vez más extendida en determinados círculos diplomáticos: que, desde Juan Pablo II, ningún Papa había tenido potencial para ejercer una influencia internacional tan relevante como intermediario entre Occidente y actores enfrentados con el bloque occidental.
La comparación no es casual. Juan Pablo II comprendió antes que muchos líderes occidentales que el Vaticano podía desempeñar un papel tanto espiritual como geopolítico. Su influencia en el derrumbe moral del bloque soviético fue enorme, porque entendió que la Santa Sede debía actuar como algo más que una autoridad religiosa. León XIV afronta un contexto completamente distinto, pero parece compartir la misma intuición estratégica: el debilitamiento del liderazgo occidental crea espacio para una diplomacia vaticana mucho más activa.
Además, el Vaticano percibe con claridad algo que muchas democracias occidentales todavía no terminan de asumir: el sistema internacional está entrando en una fase donde los actores híbridos y no completamente alineados ganarán peso. Turquía explota su posición ambigua entre la OTAN y Eurasia. Catar ha construido influencia regional actuando como mediador con actores problemáticos para Occidente. India intenta mantener autonomía estratégica entre Washington, Moscú y Pekín. Y ahora Roma parece dispuesta a reforzar también su propia singularidad diplomática.
Por supuesto, la estrategia implica riesgos evidentes. Cada gesto ambiguo alimenta sospechas. La condecoración al embajador iraní en plena tensión regional ha sido interpretada por muchos sectores occidentales como una señal de excesiva complacencia. Pero el Vaticano parece asumir que el coste de perder capacidad de mediación sería todavía mayor.
Porque León XIV parece haber entendido algo fundamental: en un mundo donde muchos de los actores han dejado de hablar entre sí, quien todavía conserva la capacidad de hablar con todos adquiere una influencia extraordinaria.
Y ahí es donde la neutralidad vaticana deja de ser únicamente una postura moral para convertirse en una auténtica herramienta geopolítica.
