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Mi yo salvaje

Sin amantes, esta vida es infernal

«A mí me gustaba el primo; un Saúl bajito, serio, con una nariz prominente y una voz ronca que me retumbaba en la amígdala central»

Sin amantes, esta vida es infernal

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Roma nos recibió con silbidos y piropos en la estación de tren. Una verbena de miradas que nos hizo crecernos anchas, aunque las tres éramos del corte opuesto. «¿Por qué nos miran todos los hombres?». Nos frotamos las alas del gusto de ser vistas en un nuevo paisaje; otros aromas, otras costumbres, otros colores. 

Continuamos nuestro viaje al sur para hacer bien el amor, además de para trabajar. Y eso fue lo que pasó. 

Era verano y en el invierno anterior una película nacional había disparado la cuota  del mercado del cine. La película más taquillera del año italiano había sido una en la que tres bailarinas españolas, que hacían ruta de espectáculos por el país, terminaban siendo objeto de multitud de encuentros y experiencias. Vaya, qué casualidad. Así que, puede que más por eso que por cualquier otro motivo, nuestra llegada al sur de Italia tuvo un impacto alto e inesperado. 

Éramos tres, sí; españolas y  bailarinas que, en un golpe de locura, habían hecho la maleta para irse a buscar bolos al sur de Italia sin pensar mucho más; un contacto, una amiga de una amiga, un primo de la amiga, mucha cara dura y un día después, diez bolos contratados en Il Castello, la discoteca de verano más gloriosa de la Calabria

Éramos españolas del sur; para ellos, salvajes; para ellas, raras; para ambos, algo sueltas y más aún cuando  los códigos del disfrute playero chocaban como olas contra un malecón. Saltábamos y nos entregábamos a la virulencia del mar en topless, atragantadas de agua y carcajadas infantiles con gritos de socorro y zambullidas de delfín; el único modo de estar en el agua que me sigue apeteciendo. 

Nos invitaban a comer fruta y champán. Diversos anfitriones sobre barcos variopintos, que agasajaban a estas desconocidas como si, por ello, pudieran acercarse a las aventuras de aquel film. Nos llovían ofertas de cenas y citas en nuestro pack de tres. Juntas y chapurreantes de lenguas ajenas, disfrutamos de los lujos que jóvenes adinerados, arquitectos, médicos, abogados y aspirantes a juez, tenían para nosotras. Nos resultaban caballerosos, como pasados de moda, y nuestro aspecto rockero y desaliñado parecía atraerles como moscas a un pastel. Atraídos por la diferencia, nos observábamos sin saber bien cómo hacer desde el arte de la seducción extranjera.

Las otras Amandas, en su extroversión, eran altamente solicitadas y yo, sujeta a mi timidez, leía miradas de interés y recelo a partes iguales. «Se creen que eres lesbiana» , me chivó Amanda pequeña, «dicen que tan suelta y esquiva que estás, pues que es lo que les parece que es». La mezcla de desinterés y nudismo parcial sin juegos de seducción les había llevado a una conclusión que me sacaba del mapa de los intentos de acercamiento. « Bien, seguiré así», me alegré. Nunca me ha atraído la ostentosidad ni los hombres adinerados. «Genial, todos para vosotras, a mí que me dejen en paz», me reí. 

Acogidas en una casa sobre una roca en la que rompían las olas del mar, despedíamos cada tarde el sol en un rito que constaba de cervezas, tumbonas y brindis en bikini entre lo que me parecía una multitud; cada día alguien diferente, curiosos y curiosas de conocer a esas que emulaban la peli del año, brindaba con nosotras en el balcón de esta casa que sobrevolaba el Tirreno. 

Yo, sospechosa de homosexualidad y con un italiano de universidad sujeto a más prejuicios propios que la ligereza verbal de mis Amandas, me saltaba ciertos códigos de convivencia y me escabullía a un rincón de la baranda, por donde metía las piernas y las balanceaba sobre el mar.  

A mí me gustaba el primo; un Saúl bajito, serio, con una nariz prominente y una voz ronca que me retumbaba en la amígdala central. No sabía qué decirle, así que mejor me apartaba a disfrutar de las vistas y nada más. 

En la novena tarde de las de todo un mes, Saúl se me acercó en este rincón trayendo un mojito que había preparado él mismo. Siendo chef profesional, ya me había conquistado por el estómago y ahora venía a buscarme con su gran nariz y un vaso helado en la mano. «Dimmi se ti piace» , entonó con su voz ronca y  su acento napolitano. Le di un trago, «me piaci moltiiisimo»* , le contesté acompañando la i extendida con un gesto hiperbólico y cutre de manos. Soltó una risotada y me dijo que yo también le gustaba a él, me cogió de la cara y me besó. Una vocal equivocada había disparado el atrevimiento del otro sobre el uno. Mi error gramatical le enterneció, le encendió y le empujó a no esperar ni un rato más en el juego de los me acerco y me alejo en el que llevábamos nueve tardes. 

Su lengua me entró gruesa, como más tarde lo haría su polla. Me besó lenta y plácidamente; uno de esos besos que se enroscan y lamen como piruletas en un parque. Los labios se descubrían más voluminosos de lo que la vista podía apreciar; se topaban esponjosos y reencarnados, pues parecían bailar juntos desde otra vida. Su nariz me acariciaba la cara y yo ladeaba la cabeza hacia derecha e izquierda para sentirlo por toda mí. Las lenguas templaron el resto de nuestro cuerpo. Paramos un segundo terminando con tres besos de labios cerrados como puntos suspensivos para continuar después. «Ufff » , me dijo y no hizo falta traducción.

Miró su entrepierna y su polla le abultaba insolentemente el bañador. Me relamí con un pellizco en el estómago, o un poco más abajo, quizás. Se sentó a mi lado agarrándose el bañador para que nadie lo notara, nos terminamos juntos el mojito y comenzamos a charlar. «Me gustas, eres diferente» , me dijo en un español torpe que yo supe apreciar.  En mi  cabeza resuena la Carrá : «para hacer bien el amor hay que venir al sur…», y esperé no haberlo entonado en voz alta o tendría que ir a esconderme bajo las piedras. 

Se puso el sol, nuestros amigos se volvieron invisibles y charlamos, reímos y follamos en la tumbona hasta que, con un susto y un crack , nos tiró al suelo. Su polla como su lengua, gruesa; como su nariz, prominente; como su voz, intensa; pero esta, ya es otra historia… 

«Para hacer bien el amor iré donde estás tú, sin amantes, quién se puede consolar, sin amantes, esta vida es infernal»

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