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MI YO SALVAJE

Exhálame

Aturdidos e incontinentes; así se despiertan los amantes duraderos, longevos y convivientes tras una noche regada de pasiones maduras

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We vibe toys | Unplash

Me quemé. Eso me pasa por mear donde no debo. La inconsciencia de la resaca me dio valentía para salir a la azotea tal que así. La presión pélvica me oprimía y convirtió en imposible la tarea de bajar los trece escalones que se interponen entre mi urgencia y el sentido común. Una vecina me avistó desde su balcón, al otro lado de la calle, y me agaché instintivamente mientras reparaba en cuánto de automático había sido ese gesto por mi parte. No me alteraba en absoluto que me vieran desnuda en cualquier situación y sin embargo, me encogí en un fingido pudor de media mañana. El suelo arde bajo mis nalgas; baldosas alargadas de tono rojizo que hervían bajo los rayos de un agosto incandescente. 

Entoné aquella canción de Drexler sin reprimir cierto  tono de burla por lo antagónico de mi situación. «El vino que pagué yo, con aquel euro italiano, que había estado en un vagón, antes de estar en mi mano«, canturreé allí, a media mañana, acuclillada y de buen humor.  Mi vino no iba escoltado de dulces arpegios de guitarra española ni se había montado en el tren de las imágenes tópicas. Mi vino no evocaba labios rojos que sorben unos stiletto entre medias y medias sonrisas sorprendentemente blancas. Este vino distaba mucho de esas ciudades que sonaban tan cosmopolitas en la canción. Dudo que mi euro haya salido de mi barrio, venía del bote de las propinas y ese vino que había pagado anoche, ahora brotaba y me empapaba los muslos desvergonzadamente. «Luego tendré que subir a limpiar» , farfullé, «que no se me olvide» . Me río allí, agachada,  de mi propia vulgaridad. «Yo es que vivo sin comillas» , me justifiqué. 

Volví reptando agazapada ―las miradas inquisitivas de los vecinos tienen ese poder― hacia esa cama improvisada de cojines y sábanas descoloridas que diseñamos la noche anterior. 

«Pasemos la noche bajo la luna», me soltó Saúl  al cruzar la puerta del salón mientras, como siempre,  dejaba las llaves sobre la mesa. Le sonreí prudente, abriendo mucho los ojos, buscando a mi alrededor  la cámara oculta de esta broma que me acababa de gastar.  «Amor, lo digo en serio» , confirmó,  ya con un par de cojines bajo el brazo. Agarré lo necesario casi sin pensar, por si el efecto lunático se disolvía en los gestos de inercia de nuestra vuelta a casa. Su propuesta excitante comenzó a latir violentando mi respiración. Subimos la escalera al compás; él delante, yo detrás. Su culo retaba mi cara; no pude más que acercar mi nariz y hundirme en él. Le mordí la piel, me perdí en su coxis y lamí cuanto encontré en mi camino hasta que este baile de dos consiguió trepar cada peldaño. 

Su culo retaba mi cara; no pude más que acercar mi nariz y hundirme en él

«Sesenta años, mi amor, y estos hoyuelos siguen aquí igual deee…» ,  acerté a decir pellizcándole los mofletes a oscuras antes de que, fingiendo un enfado infantil, me agarrara fuerte de las muñecas y me lanzara una mirada lasciva; una mirada difícil de gestionar estando atrapada, cazada, inmovilizada entre sus brazos. Así que, adelanté el cuello y entreabrí la boca. Su lengua paseó por mis labios, dientes y encías exhalando la equilibrada acidez, cuerpo y estructura que valoró con pedantería en la segunda copa de vino que me habían servido horas antes. Después recorrió las dunas que ondean desde mi barbilla al pubis y saboreó como un sumiller el dulce aroma de la uva que aplastaba en mi lagar. Su lengua seca lamió los rincones de mis labios, clítoris y vagina hasta que, en el recuento de esta interminable lista de vaivenes, me quedé dormida. Así, sin comillas. 

Aturdidos e incontinentes; así se despiertan los amantes duraderos, longevos y convivientes tras una noche regada de pasiones maduras. En la terraza, el sol me castigó por descarada y al volver mojada, sucia y turbia descubrí de nuevo los ojos de Saúl. Irónicos y somnolientos, se avalanzaron sobre mí  y me envolvieron con la sábana como si de una red se tratase. Siento el aroma tánico de la boca, que impronta el calor de su aliento, por encima del tejido hacia mi piel. «¿Dónde nos habíamos quedado?» , me consulta tunante, apretándome fuerte en esta crisálida de algodón;  «en el principio, en la vendimia, mi amor», respondí,  feliz de saber que me quedaban aún unas horas de maceración, trasiego  y embotellado.

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