Un día como otro cualquiera, de los que luego ya no iban a ser
«Es entonces cuando Amanda puede entregarse, porque es un momento que se expande como si el tiempo no contara»

hombre y mujer en una cama. | Freepik
Un día como otro cualquiera, de los que luego ya no iban a ser, Saúl la cogió como el que coge un saco de patatas y le abrió las piernas. Primero le alzó la cadera con el mismo porte con que se tiende con fuerza un mantel sobre una mesa larga. Como quien se arremanga la camisa para ponerse a una tarea que ya era hora de ejecutar, le miró el coño a la distancia que se mira un insecto y decidió por dónde iba a empezar.
El semblante de Saúl se le quedó grabado como una impronta; ¡con qué cara la miraba! También se le grabó aquella primera secuencia de gestos. Desde entonces, cuando se masturbaba, fuera cual fuese el comienzo de sus pajas, en algún momento esta imagen se le aparecía y gobernaba la sangre que le erectaba el clítoris. Amanda nunca llegaría a saber si aquella cara de pocos amigos con que la miró le nació para callar la verborrea desmedida con la que ella le reclamó que no se fuera aún de aquella habitación de hotel o si respondía simplemente a lo que estaba a punto de suceder.
Se imaginaba que él decía: «voy a callar a la pesada esta que me tengo que ir ya, le voy a comer el coño solo para que se corra y se quede tranquila. Lo voy a hacer así». Y ahí, en ese así, su boca se acomodó en el punto exacto; un encaje perfecto de labios sobre labios.
La precisión fue tal que su clítoris respondió a una tensión a la que ella no solía responder. Mirarle hacerle la conmovía del gusto. No dejó de mirarlo. Con su boca enfrascada en absorberle el coño por partes, sus ojos tomaron un halo diferente. El gesto le alargaba los músculos de la cara y su mirada cobraba un aire de enigma; uno en el que no adivinaba a saber si le caía bien o mal; o quizás le decía con los ojos «no te pierdas y estate bien atenta a lo que soy capaz de hacerte: comerte mucho, comerte con ganas y comerte hasta que te corras en mi boca de una puñetera vez ». Y eso hizo.
Le dejó ver la lengua unas veces, ancha y plana. Se lo lame de abajo arriba con la gran llave maestra, sin prisa. Es el elemento que la colma, la idea de que el tiempo se ha parado justo ahí. Es entonces cuando Amanda puede entregarse al momento, porque es un momento que se expande como si el tiempo no contara. Esta imagen se le aparecerá luego en sus pajas en un primer plano que llena la pantalla de un cine de los antiguos. Uno de los de largas líneas de filas en el que el único público es Amanda. Como si le mirara con una lente de aumento, es capaz de verle cada papila y surco, el brillo de la saliva, el golpe y su intención. La venera, a su lengua la venera y la anda chupando a ella, vaya honor. A ella que no es ella en lo limpio de las mejillas, las tetas o un codo, no; a ella que lo está siendo desde lo que se moja y huele, desde lo que se esconde y emana. La anda chupando a ella, que es coño, y desde el coño le llega que come lo que es ella en sí misma, lo más de sí.
Sus miradas no se apartan y, sin preguntar ni ofrecer, se entienden. Baja y sube despacio señalando el camino, las ganas y la intención. Vuelve a hacerlo, baja y sube; y otra vez, así gorda, brillante y plana. Amanda ve que no la busca alejado, con la punta de la lengua, como si fueran dos dedos que cogen un objeto desagradable para tirarlo a la basura sin casi tener contacto con él. No, se la come amorrado y es la cara entera la que baja y sube. A veces, a Saúl se le cierran los ojos y eso la lanza aún más a la sensación y al momento. Amanda cree que se cierran los ojos para degustar un pastel o un trozo de carne suculento. Eso parece que le parece, y le gusta, y porque le gusta, le da un calambre que nace justo por donde la lengua de Saúl le pasa y crece y crece y crece desde ahí.
