The Objective
Mi yo salvaje

Hidrópica I: la sed

«Le apresó la boca con la suya y succionó buscando cualquier rastro de saliva que llevarse de trago»

Hidrópica I: la sed

Pareja besándose. | Magnific

Apenas habían empezado a besarse cuando Amanda le zambulló la mano en el pantalón rebuscando entre los bajos. Tropezó los dedos con un amasijo de carne y pellejo que intentó alcanzar con las yemas. Saúl se había echado para atrás por impulso y Amanda le agarró de la cinturilla del pantalón para atraerlo más hacia sí y seguir buscándole con afán de encontrarle un principio de erección. Ya la había. Se apresura ella a agarrarle la punta con dos dedos, simulando una tijera a punto de descapullar, para apretarla un poco y ensancharle el glande. Le dieron ganas de mamar. 

Se besaban. Saúl con la respiración entrecortada por la manipulación de su entrepierna, se veía arrojado a una faena que parecía no contar mucho con él. A pesar de él o sin necesidad de su propio juicio, Amanda le zarandeaba la polla dentro del pantalón, desde el glande, como un mago golpea el aire con su varita de goma. Ambos, a la de tres, logran alcanzar la rigidez. 

Le desabrocha Amanda con premura la bragueta. Luego le baja el elástico del calzón. Quiere sacarle los huevos por encima de la tela y examinar cuánto de hinchados estaban. Le diría al oído que mucho, que de tan cargados parecía que fueran a reventar. Con un solo gesto, Amanda se amorró a la fuente dispuesta a tragar y beber. Mientras succionaba la polla de Saúl, le apretaba intermitentemente los huevos para ayudar. Pronto brotó del surtidor una leche templada con la que Amanda se aclaró la voz.  

Tras un leve carraspeo, fue a por más. 

Saúl subyugado por el ímpetu de Amanda y por la propia mecánica de su cuerpo, yacía de lado sobre la alfombra, vencido en una postura absurda que intentaba recomponer sin éxito. Trataba de apartar la cabeza de Amanda que le agarraba fuerte de las caderas chupándole un poco más. Intentó subirse los pantalones; trató de ponerse de pie o de guardarse el paquete entero de nuevo dentro del calzón, pero se le había quedado atrapado entre las dos garras de un tigre sediento. 

Ella siguió chupando del bebedero y a los minutos Saúl se descubrió con una nueva erección. De la sorpresa, se agarró a la cabeza de Amanda y la embistió hasta cinco veces antes de emitir un quejío flamenco con el que se cayó de espaldas y empezó a temblar. Amanda le miró desde el pubis velludo. Sus ojos parecían esconderse tras la maleza como si anduviera aún a cuatro patas por estar de caza. Sacó la lengua y le lamió con avidez. Se embutió el trozo de carne flácida entero en la boca. Lo amasó entre la lengua y el paladar, pasándoselo de un lado al otro de los carrillos sin hincarle el diente. Quería que le diera más. Saúl, despatarrado, giró la cabeza a un lado y sin oponer resistencia, la dejó que le desvistiera. Amanda le quitó primero los zapatos, luego los calcetines, le tiró de los bajos del pantalón y con ellos se llevó por delante los calzoncillos. Le abrió los botones de la camisa y le sacó cada brazo. Saúl, inmóvil se dejaba hacer. Ella se subió sobre él dispuesta a cabalgar sobre sus muslos. Se dejó caer sobre el pecho y le lamió los labios dejándole un abundante rastro de saliva. Tumbada entera sobre él le clavaba los pechos y se frotaba la vulva contra su piel. Con una rodilla, se la metió entre las piernas y le buscó el culo. La apretó contra él mientras dejaba rastros de caracol sobre su muslo izquierdo. Le apresó la boca con la suya y succionó buscando cualquier rastro de saliva que llevarse de trago. Amanda estaba sedienta; tenía mucha sed. 

Continuará. 

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