Hidrópica II: la momia
«Saúl se introdujo el pezón entre los labios y comenzó a succionar»

Ilustración generada por la IA.
Mientras, tumbado bocarriba, Amanda le chupaba la lengua, abrió los ojos e intentó apartarla hacia un lado. Saúl murmuró que estaba sediento y flexionó los abdominales intentando incorporarse. Amanda le ayudó desde el suelo, atrayéndolo de los brazos hacia sí para quedar los dos abrazados, recostados sobre las faldas del sofá.
En el siguiente intento de levantarse, Amanda le abrazó más fuerte y fue tumbándolo en su regazo. Le miraba ahora la boca desde ahí, sobre sus brazos. Le acercó un dedo y le estimuló los labios, moviéndolo a cada lado como un chupete. Le preguntó, para asegurarse, si tenía sed, a lo que él balbuceó que mucha. Se agarró uno de sus senos y se lo acercó a la boca. Le dijo: «Bebe». Saúl se introdujo el pezón entre los labios y comenzó a succionar. Ella subió un poco el brazo sobre el que reposaba la cabeza de él, acercándolo un poco más. Desde ahí, Amanda le miraba desnudo, con los carrillos llenos de su propia carne, como un cabrito hambriento. Le acariciaba la cara, instándole a chuparle un poco más. Le pasó la mano vagabunda por todo el torso hasta el pubis. Le acarició las nalgas y los muslos hasta las ingles; allí se quedó un rato, atusándole el vello que se le arremolinaba en cada esquina.
Mientras Saúl parecía desvanecerse, mecido entre las ubres y el regazo de ella, Amanda le acarició los testículos, como si sopesara el gasto anterior, el punto de llenado y su función. Con el pezón bien dentro de su boca, le agarró de nuevo la polla y empezó a acariciársela. Primero, suave, como quien no tiene interés alguno por ningún tipo de resultado; luego, el movimiento fue cobrando la forma y el ritmo de una máquina de vaciado que, incluso sin una erección completa, llegó a suceder. Para entonces, Amanda le había sacado la teta de la boca y le lamía la entrepierna para no dejar ni una gota a su merced. Tenía tanta, tanta sed.
Saúl, aún a media asta, yacía de nuevo de lado sobre la alfombra. Amanda le limpiaba con la lengua y no dejaba que la sangre abandonara del todo el cuerpo del pene. Se lo metió en la boca y succionó como una bomba de vacío. Lo zarandeó y aspiró sin la dulzura de la música que embauca a la serpiente. Amanda tenía sed y pretendía seguir bebiendo de la fuente, esa que agitaba como si estuviera estropeada. Se la acercó a la vagina y logró colarla dentro. Ahora es cuando Saúl, si hubiera podido beber por el agujero de su glande, habría podido dejar de tener sed. Una fina cortina de agua descendía por los muslos de ella, que apresaba con fuerza su presa entre las paredes. Mientras hacía latir su vagina para batir la espuma de la polla de Saúl, volvió a secuestrarle la boca, absorbiendo, como el aspirador de un dentista, cada gota de saliva. Ya no estaba tan jugosa. La lengua le resultó algo áspera y los dientes de Saúl se atascaban en la piel de los labios.
Le lamió alguna gota perdida de sudor que le quedaba por la sien. Se acercó a sus ojos y Saúl sacudió la cabeza hacia los lados, como quien espanta una mosca. Amanda detectó una rama larga, ancha y dura que le estaba creciendo dentro. Quizás la polla de Saúl estuviera de nuevo a punto de estallar y, con ella, él: exangüe, tieso, vacío, difunto, momificado. Ella le buscó de nuevo los ojos en la demanda insaciable de una gota más de él que llevarse a sus adentros. Se miraron una última vez. En el reflejo de los ojos de ella se puede llegar a ver una póstuma mirada de entrega y horror.
