The Objective
Mi yo salvaje

Luna adentro

«Las tuberías murmuraban detrás de las paredes; la madera del suelo crujía por las noches y las cortinas se hinchaban»

Luna adentro

Una mujer. | Freepik

Se estaba tan bien en esa casa que cuando salió la luna se corrió. No le hizo falta mucho más. Las lecturas dejaban el rastro del sabor de las palabras en la garganta. Una tarde leyendo al lado de la ventana le generaba la dicha de un buen banquete. Con la música pasaba igual. Bastaba la melodía de una sintonía de radio pasada de moda para dibujar el recuerdo de un tiempo anterior iluminado por muchos soles. 

Se estaba bien en la cocina. Cada armario y cajón albergaba pocos enseres, los justos y necesarios para hacer una vida cómoda y liviana. Se estaba bien en el baño. Al mediodía, cuando se duchaba, un rayo de sol atravesaba la ventana y convertía en arcoíris el vapor del agua caliente que le templaba la piel en invierno. Y en verano, con la puerta del baño abierta y abierta también la otra ventana del salón, aparecía una corriente suave que enfriaba las gotas que no se secaban con la toalla. Se estaba tan bien en esa casa que una noche, tumbada en una hamaca barata bajo un cielo despejado y lleno de estrellas, levantó la vista hacia la Luna y se corrió. 

A veces, las tuberías murmuraban detrás de las paredes; la madera del suelo crujía por las noches y las cortinas se hinchaban cuando entraba aire por la ventana del salón. Parecía que la casa le escuchara, le hablara y respirara. 

En los días que despertaba con una nube de nostalgia, rencor o frustración sobre la cabeza, el rincón del sofá aparecía tibio por el sol de la mañana. Al sentarse allí, el calor le acariciaba el culo como el arrullo de una nana al oído. Cuando le dolía la cabeza, la habitación parecía oscurecerse antes, como si la tarde se apresurara para alcanzarla y obligarla a descansar. Si trabajaba inmóvil hasta altas horas, una corriente fresca le sacudía los tobillos para invitarla a levantarse, beber agua y estirar los pies. 

Una noche sintió la necesidad de corresponder. Sin saber exactamente a qué, una noche la abrazó, le quiso agradecer. Puso las palmas de las manos muy abiertas sobre la pared blanca del dormitorio. Extendió los brazos y colocó la mejilla sobre el gotelé. La pared estaba fría. Permaneció así varios minutos, entregada y extendida sobre los granos de pintura abultada. Apenas en un rato le dieron ganas de llorar, pero se contuvo. Le llegó del otro lado algo que explica como una sensación. El aire varió de densidad, como si la habitación hubiera respirado hacia adentro y todo estuviera más espeso y más mullido. El techo se iluminó como si la negrura de la oscuridad fuera ahora de charol brillante. Las manos se le pegaron a la pared como imanes que quisieran atravesarla para encontrarse con fuerza con otras del otro polo. La pared, más que superficie, le pareció distancia. Un echar de menos sin rostro que se le agarró en el pecho masturbándole a latigazos el corazón. 

Se estaba bien en la cama, cuando las sábanas comenzaban una danza ritual y le mecían el sueño arriba y abajo desde el colchón. Como serpientes de agua, se le ajustaban al cuerpo con un movimiento sinuoso hasta lograr el punto máximo de precisión. 

Y en la terraza, al sentarse con cuidado sobre la hamaca, en la tela cedida por el tiempo, alzó la mirada. La Luna brillaba, estaba en todo su esplendor. El lucero del alba le señalaba como una pupila acusadora que le gritaba con su luz sobre la suerte del estar vivos y la suerte del temer morir. El resplandor se le filtró por la piel y las palabras le llenaron la boca de flores que escupió con los espasmos que le nacieron en la entrepierna y le subieron por la columna.

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