The Objective
Crónicas del caos

¡Atención al pucherazo que prepara Sánchez!

«Las últimas cuatro elecciones han constituido una llamada de atención que parece que no ha hecho mella en la derecha»

¡Atención al pucherazo que prepara Sánchez!

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Estamos todos tan ocupados con las fechorías de ese «ser angelical» (denominación para Zapatero de Bono) que Sánchez, tan tranquilo en Moncloa, se está partiendo de risa: «Esos —se dice a sí mismo— no se están enterando de nada». Y efectivamente: andamos in albis ante los auténticos propósitos que intenta perpetrar el tipejo. Por eso se está partiendo las tripas con nosotros. Como además resulta que, por más corrupción que salga en los medios independientes, esta no le afecta a sus votantes, él está ya, a estas alturas de la película, tan seguro de que va a volver a ser presidente del Gobierno.

Su propósito es simplemente este: de aquí a la venidera Semana Santa introducir no menos de millón y medio de nuevos votantes y repartirlos a discreción por toda España, preferentemente por las provincias donde la suerte de las elecciones se juega en el último escaño. De modo que sus mil asesores no solo se ocupan de excitar a los cónsules amigos nombrados por todo el mundo iberoamericano, por ejemplo, sino de diseñar el mapa propicio que debe acoger a los renacidos patriotas. Las últimas cuatro elecciones —Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía— han constituido una llamada de atención que, francamente, parece que no ha hecho mella en el Partido Popular o en Vox.

No han tomado en cuenta que el hecho de que el PSOE haya ganado en el voto por correo en estos comicios es simplemente el embrión de lo que este ser maléfico prepara para la siguiente cita en las urnas. Como dice un antiguo socialista arrepentido (ahora que se lleva tanto ese adjetivo): «Estáis encelados con las cuatro joyas de Zapatero y no os enteráis de lo que está pasando».

Y realmente es así. Si al fin Sánchez termina por salirse con la suya, puede ser que venza en las próximas elecciones. Por eso intenta llegar a ellas lo más tarde posible, cuando culmine su trabajo de anexión de los nuevos españoles. Unas personas que, en su mayoría, incluso ignoran dónde se encuentra en la geografía el país que les están dando la nacionalidad. Sánchez preparó el método de anexión en la indecente Ley de Memoria Democrática, un texto que recogía a todos aquellos individuos o individuos que, residiendo en otra nación diferente a España, quisieran reconocerse como nacionales a todos los efectos.

La sublime y espasmódica condición de entonces era que tales personas fueran sucesores de «emigrantes a la fuerza política», o sea, víctimas de la llamada represión de Franco. Aquello ya era un coladero, pero, como resulta que no era suficiente en su grandiosidad, Sánchez le ha dado otra vuelta al censo y ya admite a todos los que desean ser españoles, aunque ni siquiera presenten una prueba de que descienden de alguien que, en vida, lo pudiera ser.

La trampa es tan descomunal que puede subvertir el sesgo de las elecciones. No hay noticia de que en otro Estado cualquiera del mundo se haya producido una situación de este jaez. Hay que recordar, por supuesto, que los muchos españoles que eligieron México como refugio tras nuestra Guerra Civil (1936-1939) tardaron años, bastantes, en conseguir la nacionalidad de aquel país.

Recuerdo un caso: era el del hijo de un famoso futbolista español, Luis Regueiro, que jugó en el Real Madrid (entonces estaba suprimido el «Real») en los años treinta, que apostó por el bando republicano y que, en consecuencia, tuvo que exiliarse una vez que el conflicto acabó con la victoria de Franco. Pues bien: una vez instalado definitivamente en México, tuvo un hijo que también se declaró futbolista, quiso ser internacional con ese país, pero tuvo que esperar algún tiempo porque su padre no había sido inscrito como ciudadano a todos los efectos. Cuando se restauraron las relaciones España-México, nuestro embajador entonces allí, Eduardo Peña Abizanda, ofreció un cóctel en su residencia; allí este cronista conoció a los sucesores del hermano de Luis Regueiro, Pedro, que en un corro informal se manifestaron así: «Siempre seremos españoles, jugar contra España nos dará dolor de corazón».

No es el caso general. Fíjense: hace unos días me remitieron de una televisión local gallega un reportaje hecho en la cola de los aspirantes a conseguir nuestra visa nacional. Pues bien, en una pequeña encuesta de no más de diez personas, la mayoría, siete de cada diez, ignoraba incluso dónde habían nacido sus padres o sus abuelos. No es extraño que ahora la Iglesia manifieste que, casi en la totalidad de los casos, no se encuentra pista alguna sobre este particular.

Esto empieza a parecer, en su falsedad documental, a la que existía en los tiempos en que jugadores de procedencia hispanoamericana venían de sus países de origen certificando falsamente el origen de sus padres. Era mentira. Recuérdese, por ejemplo, el caso de Adorno, un tipo que, fichado por el Valencia, fue interrogado por el pueblo de su padre. El hombre dijo sin pestañear: «Era del Celta de Vigo». O sea, un inmenso fraude que toleró la Administración central, empeñada en no recibir futbolistas netamente extranjeros, tan indeseables como las suecas en bikini que mancillaban nuestra acrisolada moralidad, miren ustedes por dónde.

Estamos, pues, a punto de asistir al mayor pucherazo que se haya constatado nunca en un país civilizado. Más repugnante que el que perpetró Maduro en Venezuela o el que constantemente realiza Putin en las pocas elecciones que consiente. Es un cambio radical en el censo que puede modificar, con toda seguridad, el resultado de las próximas elecciones.

Volvamos al principio de la crónica: ¿se están enterando los partidos de la oposición de la enorme trampa que ha diseñado Sánchez? Las pistas apuntan a que no. La realidad es que, aunque conozcan la majestuosidad de la martingala, lo probable es que poco puedan hacer. El cuerpo diplomático actual no es de España, sino del dúo atrabiliario Sánchez-Albares y obedece lanarmente a los designios que vuelan desde Madrid. Y los pocos reticentes o abiertamente críticos no se atreven a decir ni pío porque una leve insinuación en contra les costaría el puesto.

Es el pucherazo descomunal que tiene tranquilo a Sánchez. Por eso retrasará la convocatoria de elecciones hasta que pueda asegurarlo.

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