El Golpe Judicial y un chorizo sin paliativos
«Las hordas socialistas se han puesto en marcha, Peinado les ha llamado a rebato, lo que les faltaba»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Así, con mayúsculas, lo tenían pensado en la Moncloa antes incluso del auto del valeroso juez Peinado. Si todo salía como está saliendo: continuos percances en los tribunales, el proceso se daba por empezado en tres etapas: la primera, el insulto y destrozo del prestigio de los jueces; la segunda, la articulación de una respuesta consistente en señalar que la Judicatura española está presa de la fachenda nacional; la tercera, el llamamiento a los ciudadanos progres de Sánchez a la calle para mostrar su fuerza y su capacidad para acabar con todo lo que significa, en su opinión, las fuerzas de la regresión. Este es el proceso que, con certeza, empezará esta misma semana cuando, tras la convulsión creada por el auto del magistrado Peinado, se publiquen otras iniciativas judiciales que apuntan, todas, a la responsabilidad de Sánchez, su Gobierno y el Partido Socialista. Las hordas socialistas se han puesto en marcha. Peinado les ha llamado a rebato. Lo que les faltaba.
Puede ser, por otra parte, que yerre en la previsión cronológica, pero, a lo más tardar, la sentencia de las mascarillas estará lista esta semana. Se trata —lo sabemos todos— de un caso de sobornos que se va a llevar por delante a todo un ministro de Sánchez, José Luis Ábalos, a su asesor, Koldo no sé qué, y, en menor medida, según se cree, al gestor del caso, un empresario desconocido, Aldama, que ha negociado bien con la Fiscalía, ha cantado la gallina y se va a ir prácticamente de rositas gracias a su locuacidad. Una nueva algarabía judicial que el PSOE va a utilizar sin duda para justificar su asalto al poder judicial. El golpe de Estado. Por medio, en las mascarillas, están implicados hasta las cejas dos expresidentes regionales socialistas, Armengol y Torres, que las compraron a los mercaderes, pero que, al final y contra toda razón, se van a ir cantando el Aleluya. Este de las mascarillas es otro de los casos de corrupción que rodean al imperturbable Sánchez, que aprovechará como bastión para el golpe y anticipa lo que también puede verse esta semana: el escándalo de las joyas de Zapatero, que su abogado y él mismo tratan de paliar con el invento de una peripecia retorcida que, en todo caso, no va a terminar con esta impresión popular: aquel presidente del Gobierno que se presentaba al mundo como un referente de la superioridad moral de la izquierda es un chorizo sin paliativos. Eso quedará para la eternidad, termine como termine la calificación penal del caso.
Y por encima, y por debajo, claro, de estas grandes fechorías, se encuentra el aún presidente del Gobierno, Sánchez, nervioso, balbuceante, mentiroso como siempre, pero dispuesto a combatir en la calle al mismísimo Poder Judicial. Está, como se dice ahora, en otra pantalla porque ya no sabe cómo inventarse excusas para sortear la gran corrupción que se ha construido gracias a su complicidad, lo más probable, o a su indigencia política y moral, algo que nadie se cree en un tipo tan acendrado como él. A la espera de que se sepa, otra más, la conclusión penal del juicio contra su hermano, el pianista a palos, David, lo más urgente es conocer —quizá asimismo en el transcurso de esta semana— cómo se las gasta el juez correspondiente con el citado Zapatero, el sujeto que, si fuera un hombre normal, ya estaría durmiendo en Soto del Real.
Los jueces, pues, y su acoso y derribo son los protagonistas de nuestra actualidad política en las vísperas del golpe de Estado contra ellos mismos. El parlamentarismo, por más que lo siga intentando, no se va a cargar a este desaprensivo que todavía pernocta en la Moncloa. Este jueves acude Sánchez al Congreso de los Diputados para no se sabe qué, porque seguro es que no va a ofrecer ni una sola verdad sobre todos los escándalos que le circundan. Toda su gente más de confianza se encuentra al borde de la cárcel permanente y él en la complicada vicisitud de conocer cómo va a concluir su carrera política. Previsiblemente, este día que anunciamos se va a aprobar en el Parlamento una moción del Partido Popular tendente a una cuestión de confianza lo más rápido posible. El equilibrista de La Moncloa la va a lidiar como si fuera un novillo placeado, o sea, planteando alguna propuesta que disfrace la gravedad de la situación. ¿Qué puede hacer este elemento psicógeno? Pues no es descartable que en ese mismo acto parlamentario presente un anticipo de los Presupuestos Generales del Estado, en la sapiencia de que estos no gozan de recorrido alguno.
Sánchez, en todo caso, tiene sobre su cabeza una roca que le puede aplastar; a saber, la posibilidad de que, en una de las muchas causas pendientes, se detone la responsabilidad penal del Partido Socialista. O sea, su participación a título lucrativo en las muchas cerdadas de corrupción que se ventilan. Ese realmente sería el final de una etapa que ya no aguanta un metro más de bicicleta pinchada. El todavía presidente se satisface —al fin y al cabo es un psicópata— en la sabiduría de que tiene a todo el mundo en ascuas, sobre todo a su partido y, más concretamente, a los munícipes que aún se temen que una coincidencia de sus elecciones con las generales les envíe a escarbar cebollinos. Ahora mismo, las especulaciones sobre la fecha de los grandes comicios son de todo jaez, pero quédense con esta, que al cronista le parece la más sensata: Sánchez llamará a las urnas, después de asentar el golpe de Estado judicial, no después de la Semana Santa, tiempo por delante muy suficiente para que, por ejemplo, su fiel carrilero, Conde Pumpido, le arregle en el Tribunal Constitucional algún desperfecto más antes de marcharse a la jubilación, donde rumiará para siempre el deshonor y la desvergüenza con que ha actuado.
Hasta entonces nos quedará la patética imagen de dos presidentes del Gobierno —él mismo y Zapatero, próximos artífices del golpe de Estado judicial— convertidos en dos golfos para la eternidad y, lo que es aún más grave, un país, una nación antes potente, dividida en dos facciones, parece que irreconciliables. En horas empieza el baile judicial de la sentencia de las mascarillas, después de la heroica decisión del juez Peinado sobre la señora Gómez, la asténica y presunta delincuente de tantas causas. Sus colegas vienen detrás porque ya está proclamado el golpe de Estado judicial, el desmantelamiento, violento o no, de ese poder. Si alguien piensa que estamos «hipotizando», dirían estos analfabetos sectarios, que esperen únicamente un ratito.
