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Sociedad

Los periodistas jóvenes ya no llaman a sus fuentes por teléfono: «Solo usan WhatsApp»

Para buena parte de la generación Z, mantener una conversación por teléfono resulta incómodo

Los periodistas jóvenes ya no llaman a sus fuentes por teléfono: «Solo usan WhatsApp»

Imagen generada por la IA.

En periodismo hay un gesto casi instintivo: conseguir el teléfono de una fuente, llamar, insistir y volver a llamar. La generación Z —los nacidos entre 1995 y 2010— es la primera que ha vivido íntegramente en la era digital; llegaron al mundo con el ADSL internet ya en casa y crecieron con los smartphones en la mano. Ahora, tanta red social y aplicación de mensajería los ha convertido en tímidos del teléfono: no quieren descolgar, evitan las llamadas a toda costa… y eso también está pasando entre las nuevas hornadas de informadores.

Para buena parte de la generación Z, mantener una conversación por teléfono resulta incómodo, porque prefieren los mensajes de texto o, en todo caso, la grabación de audio. Son vías por las que pueden tomarse su tiempo para responder y corregir el mensaje, si es necesario. Se llama telefobia y ya están saliendo de las universidades los primeros periodistas que llevan a cabo su trabajo sin hacer una sola llamada. Algo absolutamente impensable para las generaciones anteriores, directores de periódico incluidos.

La responsable de una escuela de periodismo australiana lo decía de manera muy directa en la revista digital The Conversation: Narelle Hopkin, directora académica en la School of Media and Communication de Murdoch University asegura que en pocas carreras es tan importante saber hacer llamadas eficaces y a tiempo. En su experiencia, los redactores que llegan ahora al oficio suelen traer más soltura técnica que generaciones anteriores, pero siguen necesitando que alguien les recuerde algo muy básico: que, para cerrar o hacer una entrevista, a menudo conviene levantar el teléfono antes que mandar un correo. En sus clases, explicaba en ese artículo, han duplicado el tiempo dedicado al arte de entrevistar y hacen practicar al menos diez llamadas, primero entre compañeros y luego con desconocidos, porque comprobaron que esa exposición rebaja la ansiedad y mejora el resultado.

No se trata de defender el teléfono por una cuestión romántica, sino que es una utilidad periodística. La misma profesora sostiene que la buena entrevista exige la seguridad suficiente para formular preguntas incómodas y salirse del guion, y por eso hay que tender a la conversación en directo, que tiene mayor potencial que un cuestionario por escrito, tan criticado en la profesión. El teléfono, aunque esté por debajo del cara a cara, conserva algo esencial: obliga a reaccionar, a repreguntar y a escuchar vacilaciones, silencios o cambios de tono que en la mensajería desaparecen o se corrigen antes de llegar al periodista. En el texto, casi todo parece más limpio; en la llamada, en cambio, aún hay margen para que aparezca lo imprevisto.

Los servicios de mensajería como WhatsApp también han demostrado su utilidad. Así, por ejemplo, se pueden llevar a cabo más gestiones al mismo tiempo. En una red de formación de periodistas, varios corresponsales explican que usan WhatsApp frecuentemente para entrevistar fuentes cuando las líneas telefónicas son malas. En las radios españolas, por ejemplo, es más útil pedir declaraciones por WhatsApp en muchos casos, así luego se adjuntan fácilmente a la crónica. Para recibir una confirmación con una fuente de confianza, también puede ser útil, y además se deja el registro por escrito, lo que facilita después encontrar las declaraciones que se desean.

Un informe del Tow Center sobre corresponsales en Hong Kong llega a una conclusión parecida: las aplicaciones de chat se han vuelto una fuente rápida de información, material multimedia y acceso a redes privadas de fuentes, especialmente allí donde hay censura, vigilancia o movimientos sociales muy apoyados en el móvil. En esos contextos, los grupos de mensajería funcionan incluso como «ruedas de prensa» permanentes: permiten seguir declaraciones, preguntas, vídeos y contactos en tiempo real. El informe subraya, sin embargo, que el proceso básico del reporteo no ha cambiado tanto como parece: sigue haciendo falta confirmar, contextualizar y, llegado el caso, rematar después por teléfono o en persona.

Los jóvenes prefieren comunicarse por escrito

La preferencia por la comunicación escrita es especialmente evidente entre los 18 y 34 años: casi dos tercios (61%) afirman que prefieren recibir un mensaje antes que una llamada. Además, más de la mitad (56%) relaciona el sonido del teléfono con la posibilidad de recibir malas noticias, lo que incrementa su incomodidad al contestar. Únicamente el 11% de los mayores de 55 años asegura preferir las redes sociales como principal vía de contacto, entre los que tienen entre 35 y 54 años, apenas un 1% elige enviar notas de voz en lugar de realizar llamadas convencionales. Se trata de una encuesta de la plataforma británica Uswitch.

Los propios periodistas citados advertían de que, cuando se usa de manera exclusiva con gente a la que nunca se ha visto cara a cara, verificar quién habla y desde dónde habla se vuelve más difícil. Uno de ellos alertaba además de otro gran problema, que la fuente piensa demasiado lo que va a contestar y las respuestas se vuelven más planas. El informe del Tow Center añade que las aplicaciones pueden dar la ilusión de una gran red de contactos cuando, en realidad, el reportero sigue dependiendo de un grupo reducido de fuentes.

Un miedo generacional

Según otra encuesta publicada en THE OBJECTIVE, el 51% de los jefes reconoce sentirse frustrado al trabajar con empleados de la generación Z —menores de 28 años—. Muchos consideran que supervisarlos requiere más tiempo y una implicación emocional superior a la habitual. Entre las críticas más repetidas aparecen el uso excesivo del móvil (50%), la supuesta falta de ética de trabajo (47%), la escasa iniciativa (45%) y las dificultades para gestionar el tiempo (44%). La generación Z ya representa entre el 15% y el 20% de la fuerza laboral.

Estudios publicados en Australia, Singapur y Reino Unido aseguran que las llamadas inesperadas se viven como algo incómodo, a veces casi agresivo, y por eso el mensaje escrito gana terreno. El 23% de los jóvenes de 18 a 34 años asegura que nunca contesta llamadas, que el 61% de ese mismo grupo prefiere recibir un mensaje antes que una llamada y que el 56% interpreta una llamada «de la nada» como posible mala noticia. Además, el 68% dice que prefiere hablar por teléfono solo si la llamada está pactada previamente. En Singapur, un amplio reportaje recogía testimonios de jóvenes que necesitaban prepararse la conversación con notas adhesivas antes de marcar; una entrevistada resumía así su lógica: por texto tiene tiempo para pensar qué quiere decir, mientras que la llamada la enfrenta a la incertidumbre. 

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