La IA eleva dos grados la temperatura del suelo donde se instalan los centros de datos
Un estudio vinculado a Cambridge advierte de que estas instalaciones generan islas de calor en su entorno

Temperaturas Francia y España(Copernicus Sentinel-3). | Unión Europea
Investigadores vinculados a la Universidad de Cambridge aseguran que los centros de datos de IA elevan de media 2 °C la temperatura superficial del suelo tras comenzar a operar. El estudio calcula que más de 340 millones de personas están en el entorno de estos centros, por lo que podrían quedar expuestas a este aumento térmico.
La IA necesita cada vez más recursos físicos para funcionar. El Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de Naciones Unidas calcula que los centros de datos podrían consumir 945 TWh (teravatio hora) de electricidad en 2030, casi el 3% del uso eléctrico mundial previsto para ese año. A esa factura se suman otras derivadas, como agua, suelo y residuos.
La alerta aparece en pleno episodio de calor extremo. La temperatura media mundial aumentó 1,24 ºC por encima de la era preindustrial entre 2015 y 2024, según Indicators of Global Climate Change (IGCC). La Organización Meteorológica Mundial también ha advertido de una ola de calor intensa en Europa a finales de junio, con récords en España, Francia y Reino Unido.
La nube también ocupa territorio
El estudio The data heat island effect, publicado en arXiv, pone el foco en una parte menos visible de la IA, el calor que dejan sus centros de datos. Los servidores trabajan sin pausa, concentran demanda eléctrica y necesitan refrigeración constante. Parte de esa energía termina liberándose en el entorno.
Para medirlo, los autores han usado datos de satélite entre 2004 y 2024. Después los han cruzado con mapas de población y ubicaciones de centros de datos. La base inicial incluía más de 11.000 instalaciones, aunque el análisis se centró en 8.472 situadas fuera de zonas urbanas densas para reducir interferencias de fábricas, carreteras o calefacciones.
Tras el inicio de actividad de estas instalaciones, la temperatura superficial aumentó 2,07 ºC de media, con picos extremos de hasta 9,1 ºC. El efecto puede detectarse hasta 10 kilómetros, aunque pierde intensidad con la distancia. No significa que el aire de toda una ciudad suba dos grados, sino que el suelo próximo a estas infraestructuras registra una huella térmica propia.
Recursos físicos necesarios
La Universidad de Naciones Unidas ha ampliado el foco. Su informe Environmental Cost of AI’s Energy Use sostiene que medir solo las emisiones se queda corto. Cada kilovatio hora usado por la IA arrastra una huella hídrica y territorial, ligada a la refrigeración, la generación eléctrica y la construcción.
La cifra más llamativa es el agua. Para 2030, la huella hídrica asociada a la electricidad de los centros de datos podría alcanzar 9,3 billones de litros, una cantidad equivalente a las necesidades domésticas básicas anuales de 1.300 millones de personas en África subsahariana. A esto se suman 399 millones de toneladas de CO₂ y más de 14.500 kilómetros cuadrados de huella territorial.
El informe también apunta a otro problema: el uso diario pesa más que el entrenamiento inicial. Entre el 80% y el 90% de la energía vinculada a la IA se consume en la inferencia, es decir, cuando millones de usuarios piden textos, imágenes, vídeos o respuestas. Para 2030, la infraestructura de IA podría generar hasta 2,5 millones de toneladas de residuos electrónicos al año.
El límite que falta
Los centros de datos no explican por sí solos las olas de calor actuales. El principal motor sigue siendo la acumulación de gases de efecto invernadero por combustibles fósiles. Pero su expansión añade presión local en territorios que ya afrontan veranos más largos, sequías y redes eléctricas tensionadas.
Mientras las ciudades limitan coches contaminantes y trasladan parte del esfuerzo climático al ciudadano, las grandes tecnológicas todavía operan con una transparencia desigual sobre la huella real de sus centros de datos. El reto no es frenar la IA, sino poner condiciones a su despliegue físico: saber dónde se instala, cuánta agua consume, qué energía utiliza y qué impacto deja en el territorio.
